Thursday, August 28, 2008

El regreso del viaje sin retorno

[...] Dice Mastropiero en sus memorias: "Sí... ... ... ... ...", pero luego agrega [...]

Mientras escribía, me acordé de ese pasaje de Les Luthiers, ¡los cuales voy a visitar el sábado 6 con mi familia! Ja, volviendo al tema... Sí, así es, me tomé mi tiempo, pero ya está. Tanto tiempo sin escribir y después de ese lindo viaje no me puedo aguantar. Va a ser un post muy largo-(20 hojas según el word :P- porque quiero contarlo TODO y no tengo duda de que va a haber gente que no lo lea completo -como si tuvieran algo mejor que hacer jajaja, es broma-. Tenía ganas de hablar sobre la aventura extrema de subir en aerosilla -sí, esa que el tipo del hotel nos decía que lo más "al límite" que haríamos sería levantar levemente la uña del dedo índice de la mano derecha y decir "mira, mira, soy extremo!"-, la "carrera" de cuatriciclos, con el instructor adelante de nosotros, sin poder pasarlo y limitándonos la velocidad -la palabra que me sale ahora para describirlo es "aguafiestas"- ...

Y no olvidemos el extremo speed mountain, la tenebrosa noche en el cementerio, los infernales ski deslizantes -divertido pero, jah, perdí la cuenta de cuantos me llevé conmigo-, la infame guerra de bolas de nieve -una de mis mejores experiencias-, el ascenso y descenso de la cascada de la muerte -donde bautizamos a Lea- y muchas otras expediciones que quise contar desde que llegamos. Pude haber exagerado con los adjetivos de algunas que nombré pero, ¡es la emoción!

¿Cómo empezamos? Era el miércoles trece de agosto, nuestro supuesto primer día de clases después de vacaciones que pudimos evitar -gracias a las mentes del curso que lo planearon así-. A las 9:00 yo estaba ahí, con mi papá, en su taxi, esperando la llegada de algún micro que parara cerca del colegio. A las 9:30 ya había emoción, a las 9:45, desesperación. El caso es que el micro llegó, quizás a las 10:00, con nuestros dos coordinadores, China y Lea, que nos acompañarían por diez días en esta epopeya que iba a comenzar.


Tomamos posición en el micro, con varios a la delantera, otros más atrás y algunos desubicados en el medio -como su servidor-. Luego de un momento, las ruedas del micro rodaron camino a Bariloche... Eso creíamos. Poco más tarde (unas horas), estábamos en la puerta del colegio La Paz, sumando más valientes a nuestras filas. Una vez arriba, los coordinadores se presentaron, palabras más, palabras menos y emprendimos rumbo a nuestro destino: la ciudad blanca de Minas Tir... Digo, Bariloche.

Pasamos el resto del día charlando. Pasaron, bah. Yo me quedé escuchando música -Dragonforce-, aislado del resto de la gente, matando el tiempo para llegar de una vez. Hablaba con mi compañero de asiento, Sebastián Brizuela, que estoy seguro de que pocos conocerán. Le llevé un cubo de Rubik para que lo armara -corrían rumores de que podía hacer eso-.
De vez en cuando me levantaba, aburrido, buscando hablar, escuchar, hacer algo que no fuera quedarme sentado. Más tarde, ponen música saturando a más no poder; a la noche, algunas películas de mala calidad; todo digno de un viaje a la capital de los egresados.

Entrada la noche, el micro sigue a lo largo del camino. Perdón, sigue de largo su camino, pasándose algunos kilómetros (dicen que son 150). Nos damos cuenta una vez que da vuelta en U... Muy divertido, sí. Cenamos a las dos de la mañana y seguimos el viaje. Ohhh, pero la diversión no termina ahí, corren rumores de que dio otras dos vueltas en U mientras dormíamos. A partir de entonces, el micro se para de a ratos para preguntar el camino -yo ya me estaba divirtiendo con la primera vuelta, sarcasmo aparte-.

Todo muy lindo, llegamos a la ciudad y... ¡Ooosooo! El micro da otra vuelta en U y nos deja en una "isla" -un pedazo de tierra con asfalto alrededor-. Eran las cinco de la tarde del jueves 24. A esa hora almorzamos, tomamos posesión de nuestras habitaciones (nuestra querida 420 -sniff-) y nos adaptamos al lugar que sería nuestro hogar por ocho días. Lo más impresionante quizás es abrir la ventana y ver el lago Nahuel Huapi extendiéndose, casi tocando el horizonte y las montañas atrás de él, decoradas de blanco por la mano maestra de la naturaleza. De todas formas, por alguna razón, la persiana siempre estuvo baja y la ventana cerrada...

Entrada la noche, nos fuimos a bailar a Grisu, un lugar cuya entrada está decorada por lo que parecen ser cuerpos de personas. Tétrico es la palabra que me salió al verlo mientras iba pensando si los boliches de capital también eran de esa forma. Yo estaba con mi grupo, el equipo Dragón, como yo lo llamaba en secreto -muy en secreto-, vaya yo a saber por qué se me cruzó ese nombre. Nico, Douglas, Franco, Ale, Ariel, Sebi y yo lo integrábamos. Obviamente, siendo mi primera noche en un lugar así, no tenía la menor idea de cómo bailar, ni tampoco me interesaba mucho. Trataron de hacer que tomara algo que no fuera Sprite, enfrentando mi decisión de no hacerlo en todo el viaje. Ese día yo gané. Ellos lo aceptaron con la esperanza de convencerme en otro momento. Momento que nunca se dio, jah.

Fuimos a la pista principal, a saltar y hacer eso que yo antes llamaba "moverse con estilo" y que ahora no me importa definir como bailar -al fin y al cabo, es una sola palabra-. En un momento, salió un humo que empezó a expandirse hasta que no veía nada. Cuando se disipó, comenzaron los flashes, un momento con luz y otro sin ella, como imágenes que pasan por un proyector antiguo, que se muestran en un momento pero al cambiarlas la proyección queda en blanco.

Al cabo de un rato, me di cuenta de que estaba perdiendo el sentido de la audición y empecé a sentirme algo mal. Salí de la pista con Sebi y nos fuimos a la entrada. Todo lo que escuchaba era un sonido sordo, como si en realidad sonaran en un túnel a 100m de mi oído. Una experiencia inolvidable, jajaja. Unos minutos más tarde, luego de la quinta comida, estábamos en el hotel pidiendo la llave para entrar a la baticueva y dormir un rato.


Toc toc toc... Ruidos sordos por doquier. Eran como golpeteos en la madera de algo... ¿Algo como qué? Pero no, preguntar no acallaba el sonido; retumbaban los golpeteos. Toc toc toc toc. ¿Alguien intentaba romper la puerta? Me levanté de la cama y atendí: era la china. "Chicos, hay que ir a buscar la ropa de nieve", dijo. "Vístanse y nos vemos en el lobby", creo que fueron sus últimas palabras antes de desaparecer para ir a atormentar a otra habitación.

En grupo nos dirigimos a buscar la ropa de nieve. Por alguna razón, me acuerdo el camino, aunque no cuántas cuadras había que hacer. Salir del hotel, ir a la izquierda y después doblar a la derecha hasta llegar a nuestro destino. Luego de recibir la ropa, cada uno con un número -que a la que entregaba le gustaba agregar frases como "la niña bonita", "el borracho" y varios más que yo sospecho que eran de la Quiniela -yo era el agua :)-. Una vez en el hotel, almorzamos, nos pusimos las camperas Travel Rock y partimos para nuestra primera excursión.


El Circuito Chico empezó yendo a un lugar donde nos sacaron una foto con el perrito San Bernardo, que pocos -sino nadie- compraron. Llovía, había viento, hacía frío. Algunos se acercaron al lago, lo tocaron, sacaron fotos. Luego de la foto grupal de toda la gente del micro, los coordinadores y el pequeño San Bernardo -digan lo que quieran, para mi todos los perritos son pequeños jajaja-, subimos al micro y seguimos nuestro camino.


Luego de eso, llegamos a una cabaña donde supuestamente la China y Lea habían estado toda la mañana preparando chocolatada, o algo por el estilo. Apenas llegamos, tuvimos que subir por un camino hasta llegar a un arroyo. En ese lugar varios sacaron fotos y tuvimos que formarnos supuestamente de a dos para ir pasando y hablándole a la cámara qué tan bien lo estábamos pasando. Al llegar el turno del Equipo Dragón -estábamos atrás de todo, tratando de retrasar lo inevitable, esas palabras a la cámara-, en vez de ir de a dos fuimos en dos filas juntas de cuatro/cinco. Cada uno dijo su parte y al tocarle el turno a Ale, vaya uno a saber qué paso, perdimos el equilibrio y caímos varios al suelo. (suspiro) Ahhh... A continuación, hicimos fila para tomar nuestra chocolatada calentita con alfajor. Habiendo terminado de merendar, subimos al micro para dirigirnos a nuestro próximo destino.


Nos paramos en medio de la carretera, ante un paisaje algo extraño. Un cartel que decía "Libertad de Culto", con lo que me parecían dibujos de indígenas y atrás, un risco, varios árboles y un lago. Poco más lejos había tierra y hasta una casa bastante grande que varios podrían desear tener.



Finalmente, la chocolatería. Lo voy a hacer corto, un gordito simpático vestido de rey de los chocolates que nos dio la bienvenida, nos mostró combos de chocolates para comprar, hasta nos comentó de los descuentos que teníamos por haber venido con Travel Rock -y si, mucha publicidad subliminal en ese viaje-, comimos algunos chocolates gratis y pudimos ver cómo se preparaba el chocolate en ramas. Yo señé para 800g de chocolate en rama blanco y 200g de negro, de los que todavía tengo y dudo que pasen de este finde, o del otro.

Ese día fue bailar en Rocket pero yo no me sentía bien de la cabeza, así que me quedé en la habitación acostado mirando una película de Alf, durmiendo a las diez y algo de la noche.


¡Toc toc toc! Era la puerta otra vez. No me costó levantarme para abrirla y ver quién era. Si mal no recuerdo, era la China, informándonos que teníamos que ir a cambiar la ropa de ayer si nos quedaba mal, almorzar y luego disfrutar de nuestro primer día de nieve.

Ariel tenía que cambiar su ropa de nieve, así que se fue rápido. Yo pensé en acompañarlo pero llegué tarde, así que fui con Gaz y los demás -no me acuerdo bien quienes-. Mientras íbamos por la calle, en lo que parecía césped -es la palabra que me sale-, había pequeñas manchas blancas, lo que daba a pensar que era nieve. Más tarde, salgo con Ariel del lugar de la ropa. Recuerdo que con él nos pasamos del hotel por ver una patente que decía DBZ. Caminamos una cuadra de más, pero bien que valió la pena.


Después de almorzar, preparamos nuestras mochilas para sobrevivir una tarde en la nieve. Guantes, bufanda, gorra, lentes -los que trajeron, yo tuve que alquilarlos-, protector solar, crema de cacao, etc.
Una vez en la base del cerro, en el pueblito, caminamos un poco para subir hasta que llegamos a un lugar lleno de nieve. Una parte del grupo se había adelantado, mientras otra parte se había quedado atrás -buen, medio obvio que si uno se adelanta el otro quede atrás-. Sin mucho pensar, alguien tiró la primera bola de nieve.
No tardaron en llover las represalias. Algunos se pasaban un poquito de la raya y lanzaban una piedra de nieve de 30 cm de largo que caía en el suelo y se partía por la mitad. Los más valientes atrapaban las bolas de nieve del enemigo con las manos y las lanzaban. Yo me tiré al suelo y comencé a cavar para tener provisiones. Disparando al otro lado. Varios se enojaron conmigo porque decían que eran piedras pero lo único que hacía era darles la forma. La guerra se extendió unos minutos más, hasta que nos llamaron para sacar otra foto -la industria del recuerdo era dinero fácil en esos lares-.

Sacaron dos fotos del grupo entero, una común y corriente y la otra con las manos extendidas. Luego, un jamaiquino -como le decían ahí-, pidió que posáramos para una foto más descabellada. Ahora, esas dos imágenes están a mi vista, arriba y atrás del monitor, como el recuerdo de aquel momento donde todos éramos niños traviesos que disfrutaban de la magia de jugar con la nieve. Eso sí, son la una de la mañana y gracias que puedo ver el monitor.

Terminado el tema marketing, hicimos una ronda y algunos juegos que mucho no me acuerdo. Luego de ello, nuestros coordinadores nos guiaron por la que sería la máxima prueba... Sobrevivir con las botas Travel Rock.
Pasamos por un túnel, siendo una entrada fácil pero una salida resbaladiza. Yo me escabullí y aproveche a que había un árbol cerca para tomarme del tronco y sus ramas y escapar de la rampa que se llevaba continuamente a varios, repetidas veces. Cuando ya no quedaba nadie, miré el terreno: un arroyo que nacía de una cascada.

Había dos caminos, el que seguían los demás y el que seguí yo, Parka y quizás algunos más. Fui para la izquierda cuando todos iban por la derecha, cosa de poder llegar arriba tranquilo sin tener que esperar al de adelante. Hice lo que pude, agarrándome de las piedras sin confiar demasiado en las botas, yendo de piedra en piedra hasta que le erré a una y hundí la pierna entera. Tal vez no lo había mencionado, pero hacía frío. Seguí subiendo nomás, hasta que me paré en un momento para sacarle el agua a las medias y las botas lo más que podía, según había contado Bear Grylls en "A Prueba de Todo", que era preferible tomar frío en el cuerpo para secar la ropa antes que seguir aventurándose mojado. Ahí me di cuenta de que esas horas en la tele habían servido de algo.

Una vez arriba de todo, comenzaron las fotos con la cascada y los videos. Abajo, se extendía el arroyo y no se podía ver el túnel. Varias camperas naranjas esparcidas por toda la escena tapaban algo del blanco del suelo. Árboles verdes a los lados de la cascada se extendían más allá de la vista. El cielo, azul con pocas nubes.

Mientras, en el otro camino, un aventurero que no le temía a la muerte, subía sin problemas por el túnel, caminaba erguido enfrentando la adversidad, desafiando las resbaladizas leyes de la física, haciendo parecer que todo era tan fácil y tan natural. Fue entonces -según me cuentan, porque yo estaba allá arriba de todo, ¿recuerdan?- cuando bautizamos a Lea -no el coordinador, un chico de nuestro colegio para los seguramente no lo sabían- y lo nombramos Sherpa, el domador de montañas.

Cuando decidieron que fue suficiente, los coordinadores nos dieron la señal para que bajáramos. Luego de caminar un rato, -y encontrarme con el San Bernardo -llegamos a una cabaña -donde ví por la ventana otro perrito-. Mis botas estaban mojadas pese a mi intento de secarlas lo más posible. Varios sentían lo mismo según escuché. Tomamos chocolatada y comimos un alfajor. Sonaba música pero no daba levantarse y bailar -y menos que en ese momento no me gustaba-.


Volvimos, entonces, al hotel, a merendar, a cenar y a dirigirnos a la fiesta de bienvenida. En esa fiesta, nos dieron cupones de 2x1. Esa noche le pedí a Franco que me enseñara algunos pasos, como para poder divertirme más organizadamente jaja. Hicimos ronda, a veces uno de nosotros iba al centro y hacía lo que en el Guitar Hero se llama Star Power -perdón pero tenía que acotarlo :P-, una danza un poco más elaborada de la que haríamos normalmente. Para cuando dieron la señal de largarnos a Cerebro (el boliche al que teníamos que ir), yo ya estaba cansado, sin poder siquiera pensar lo que "cantaba", haciendo cualquier cosa con tal de moverme que hasta me causaba gracia. Fui a Cerebro entonces y tomé el primer micro para ir al hotel. Dormí mentalizándome que iba a despertarme temprano.


Toc toc, tocaban en otra puerta. Instintivamente, me levanté, caminé hasta la puerta y le di a Lea el tiempo necesario para que no hiciera un agujero en la puerta. "¡Vamos gente, tenemos que merendar y después ir a esquiar!" fue mi idea de lo que quiso decir. Palabras más, palabras menos, se marchó. Una vez merendado, partimos para el cerro Catedral por segunda vez, la última que lo veríamos de cerca en este viaje.

Hicimos cola para subir a la aerosilla. En el momento en que me subí -estaba con Leo-, me di cuenta que hace mucho tiempo tenía miedo de las alturas, vértigo, a pesar de haber vivido en un noveno piso los primeros 15 años de mi vida.
Voluntaria y conscientemente miré para abajo y sentí ese golpe de adrenalina al estar enfrentando y mirándole la cara al miedo que me aterraba de chico. Junté mis manos y entablé una pelea interna contra él, que no habrá durado más de cinco segundos -algo parecido a lo que decía el tipo ese de Lost que vi en el primer capítulo que contó hasta cinco para que se le fuera el temor. Ojo, no vi nada más de Lost-. El golpe de adrenalina comenzó a ceder, hasta que desapareció. Levanté la mirada y la volví a bajar. Me sentía como si estuviese mirando cualquier otra cosa. Sólo por curiosidad y por temor a que fuera casualidad, me quedé mirando abajo la mayor parte del tiempo, despreocupándome por la posible cada, observando la nieve, las marcas, las piedras, prestando atención a esos detalles. Cuando salí de la aerosilla estaba medio asombrado por haber extinguido mi miedo a las alturas tan fácil -buen, puede que fueran 20m de caída más o menos pero es un cambio-.

Antes de seguir caminando, observé el paisaje. Todo estaba completamente cubierto de nieve, salvo los árboles, que de alguna manera seguían siendo verdes.
El cielo estaba celeste con algunas nubes y en la tierra o, mejor dicho, en la nieve, había formaciones de aprendices e instructores. Fuimos a tomar el par de ski y las botas especializadas de una cabaña -parece que todo es una cabaña en estos lugares- para luego reunirnos con nuestra instructora.


Luego de la lección, de la cual creí aprender cómo frenar, me puse a tratar de andar solo. Como había muchos novatos, el lugar estaba lleno de redes para que no nos cayéramos poco más de 20m. Estuve bastante tiempo tratando de imaginar cómo frenar, lográndolo algunas veces pero sin haber entendido el secreto. Finalmente, la gente lo pedía y me lancé por la pista más larga.
Todo se volvió al revés, tratando de girar para la derecha y yendo para la izquierda, intentando frenar un poco y acelerando. Así, con los brazos cansados, levanté mi par de ski y me dirigí a la cabaña para devolverlos. Aún a pesar de no haber podido esquiar como quería, me divertí mucho tratando de hacerlo, cansándome los brazos en un desesperado intento de no irme resbalando por la pista, sosteniéndome con los bastones, cayéndome, tomando un descanso y volviéndome a levantar.

En un momento, no me acuerdo cuando, pero creo que fue mientras esquiábamos, empezó a nevar. Hasta recuerdo que antes de ir con las aerosillas empezamos una pequeña batalla de nieve, sin equipos definidos, con el solo objeto de lanzarle algo a alguien y ver cómo impactaba y se daba vuelta buscando venganza, recibir ese impacto del otro, o de alguien más y reirse juntos. Eso para mí fue algo único y muy muy divertido.

Pero eso no terminó ahí. Los encargados de la aerosillas también participaron, tirando bastantes bolas de nieve a los que subían, divirtiéndose con nosotros, hasta que todas las aerosillas se pararon y decidieron tomárselo un poco más enserio jaja. Una vez abajo, fuimos a la misma cabaña, esta vez para almorzar. La nevada no había acabado ni siquiera cuando tomamos el micro para ir al hotel.

Teníamos la tarde libre. Sin embargo, la China tenía otros planes, como ir a buscar la ropa de barro. Así que nos fuimos, la pedimos, algunos la probamos ahí y cambiamos si hacía falta, y volvimos al hotel para tener la tarde libre. Nuevamente nos sorprendimos: Lea nos contó que había un concurso, "cantando por un viaje", que nos parecía que no distaba mucho de la versión soñadora de la que se habla tanto en Capital y que tanto nos gusta ignorar. Creo que de todos los del Huergo de nuestro micro fue Fede -mi principal fuente de consulta sobre expediciones y cosas del viaje, ¡¡gracias Fede!!-. En la cena escuchamos su opinión. "Calamaro se pegó un tiro", dijo y ante la duda y desconcierto de todos nosotros agregó: "No, vos deberías haber visto cantando a Mateo. Calamaro lo ve y se pega un tiro".

Esa noche tocó el turno de Bypass, un boliche que estaba bastante cerca del hotel. Para ese entonces, el equipo Dragón ya había evaluado todas las alternativas y errores pasados, llevando dos mochilas para poner los abrigos y dejar en el guardarropas a menor precio. Ese día Ariel no se sentía muy bien de la cabeza y a mí me ardía la garganta, aunque nunca tanto como para no bailar con mis amigos. De todas formas, muchas ganas de estar ahí no tenía, así que nos volvimos acompañados con Lea al hotel, una hora o media después de llegar.


Toc toc toc toC tOC TOC TOC TOOC TOOOOC, sonaba la puerta, con sonidos intercalados de una corneta, como si fuera un tambor malvado que le había arrebatado el helado a un niño y éste buscaba su devolución inmediata mediante el empleo de la fuerza a un ritmo específico, digno del Heavy Metal. Al rato abrí la puerta, el sonido de la corneta seguía haciendo vibrar el aire, mientras Lea entraba y nos avisaba que lleváramos la ropa de barro para los Fourtracks. Luego, se marchó, continuando con su carnaval privado de varias formas -ninguna silenciosa-. Ahora que lo pienso, esa situación me hace acordar a Sam & Max, una aventura gráfica con Sam, un perro detective, y su compañero y amigo Max, el conejo diabólico, que resuelven casos apelando a la violencia innecesaria pero divertida y a una lógica muy torcida y varias veces ridícula. Totalmente recomendado para los que no jugaron a ese juego.

Marchamos, entonces, camino a nuestro destino. Una vez que llegamos nos dirigimos a -increíble, simplemente increíble- una cabaña que estaba ahí nomás. Ojo, no tengo nada en contra de las cabañas, sólo que me parece un detalle divertido que en todos los lugares a los que fuimos haya mínimo una.
Dejamos las mochilas ahí y avanzamos hasta la pista de entrenamiento, donde recuerdo que Ariel fue primero y tuvo que chocarse para detener el cuatriciclo. Ahí mismo creo que se anotó mentalmente para futuro que debía buscar los frenos de algo antes de apretar su acelerador. Con cada persona que pasaba, tenía más ganas de ir y probar yo, hasta que llegó mi turno. Revisé el freno pero no lo encontré y entre que me presionaban para salir -por más que no lo dijeran,
sentía la presión de que los demás también querían subir- y yo que estaba emocionado, decidí apretar el acelerador. Por alguna razón, sentía como pozos en la pista, que me hacían saltar un poco, aunque no me preocupaba. Gire las dos curvas con tranquilidad y seguí camino derecho, con cuidado de no apretar mucho el acelerador porque no sabía dónde estaban los frenos. Giré la última curva y bajé. Fue emocionante, pero yo quería más.

Un poco más tarde, estábamos en una pista bastante más grande, a merced de nosotros mismos.
Debíamos ir en fila, atrás de un instructor que iba bastante lento para mi gusto. Me puse el casco, busqué el freno y esta vez lo ví. Miré hacia adelante y apreté a fondo el acelerador. Tratando de no soltarlo mucho, coordinando con el freno cuando se alentencía demasiado y el de adelante se me acercaba, pase al lado de Ale que se había detenido en una curva, así como al lado de varios y hasta algunos me pasaron a mí. Creo que llegué en el mismo puesto en el que había salido aunque más emocionado. Quería repetir, pero no lo permitían... Era igual en todos lados, siempre lo mismo.

Luego de eso, fuimos a desayunar a la cabaña. Como siempre, música de fondo, lo que me recuerda a este fragmento de la introducción de la obra "Quien conociera a María, amaría a María":

[...]El conocido pensador Humberto De la Noia dijo en cierta ocación ante una numerosa y calificada audiencia lo siguiente: "La música es tal vez, de todas las artes, la que implica la mayor constelación de connotaciones plurisignificantes". Algunos comenzaron a retirarse. Un hombre le preguntó si hablaba de la música en general y una señora si se refería a la música en tanto a categoría mítica, incluso varios le preguntaron si se sentía bien. "La música", siguió imperturbable mientras la gente seguía yéndose, "está cada vez más presente. Música para hacer gimnasia, para trabajar, para comer. Algunos han llegado al extremo de poner música de fondo mientras escuchan música." Y, ofuscado, dio un golpe sobre el escritorio. En ese momento, un anciano de rostro apacible, que era el único que permanecía en su asiento, con el golpe se despertó y comenzó a dirigirse hacia la salida con De la Noia caminando por detrás, leyéndole los párrafos finales de su disertación. [...]

Luego de desayunar, volvimos al hotel para tener otra tarde libre. Inmediatamente después de comer, la China nos avisa que tenemos el Speed Mountain y propone que nos llevemos la ropa de barro -que yo ya me había sacado y andaba vestido normal-. Nos reunimos en el lugar de siempre y partimos caminando hasta nuestro destino -digo mucho la palabra destino, ¿no?-. Yendo por el camino, un grupo de caninos nos acompañó, ladrándole y tratando de morder a los autos, cortando la calle mientras cruzábamos; la verdad, un escuadrón ejemplar.

Una vez allí, esperamos a que nos dejaran entrar, mientras veíamos cómo otro grupo expedicionario de Travel Rock iba en aerosilla -debe ser una moda de ahí-. Una vez que tocó nuestro turno y logramos subir, tomamos nuestro transporte, avanzamos hasta un lugar donde había dos pistas y leímos las instrucciones, acelera para adelante y frena para atrás. Cuando llegó mi turno subí a la pista y me impulsé un poco para ganar velocidad hasta la bajada. De ahí en adelante fue acelerar y frenar a veces por el miedo a que me saliera de la pista que tenía 20 a 30 cm de alto. En un momento lo vi a Fede que se había parado, así que frené para no llevármelo puesto y mirando al de atrás le avisé que frenara un poco. No sé cómo fue el tema, él dice que el de adelante frenó, y el siguiente lo mismo. En fin, arruinó algo la diversión.

Luego de eso, subimos un puesto más por la aerosilla hasta una -no lo creo- cabaña donde merendamos churros y mate, te, chocolatada o agua -yo tomé mate cocido-. Emiliano mientras nos cuenta de su campamento de supervivencia de Taekwondo que duró un mes. Los ocho que éramos del Huergo salimos un rato de la cabaña a mirar el paisaje, árboles y más árboles que se extendían ahí abajo; más lejos, el lago, las montañas y una neblina que no dejaba ver mucho más. Ahí sacamos las que según Fede son las dos mejores fotos grupales.

Cuando tuvimos que bajar por alguna razón fuimos caminando, bajando los escalones. Por suerte, pudimos repetir el Speed Mountain, esta vez Fede grabando con la cámara el viaje. Yo me tomé un tiempo más para dejar que el de adelante hiciese su camino sin problemas y me impulsé. Esta vez pude disfrutar completamente, acelerando un poco más pero con esa sensación de precaución picándome, de no acelerar demasiado por las dudas. Una vez que terminó esa bajada, la China avisó que teníamos que irnos. Y buen, qué se le va a hacer.

Ya en el hotel Lea nos informó que nos iban a mostrar un video que seguramente querrían vender -así es la industria del recuerdo-. No era nada fuera de lo común, se notaba que estaba hecho en Premiere por el contador -que ni se dignaron en personalizar :P-, decorado con After Effects o parecido, tuneado quizás con Audition. Creo que sólo uno de nuestro micro del Huergo lo compró y parece no haberse arrepentido.

Noche de flúor en Genux. Dudando entre tener la mitad de la cara con las llamas de Sasuke -sólo para entendidos- y un tipito haciendo fuerza con llamas alrededor -estilo Dragon Ball-, me decidí por pedir que me hicieran un blanco -tres círculos, uno adentro del otro-. Emiliano pidió el Ying-Yang, ambos pintados por la China. Cuando llegó Lea las cosas cambiaron, Ariel tuvo un dibujo complicado de Ta Te Ti -podría haber dibujado cuatro líneas y listo, pero hizo simbolitos y todo- y Ale tuvo como dibujo el texto Travel Rock.

Esa noche me encantó. Pasaron muchos temas que yo -que no ando escuchando música muy seguido- conocía y hasta podía tratar de cantar -gritar bah-. Agregué nuevos pasos a mi catálogo gracias a Franco, Douglas y Nico. Estuvimos en ronda, saltamos, gritamos, nos movimos con estilo -jah, tenía que decirlo-. Ese día, Argentina había ganado 3 a 0 a Brasil en los juegos olímpicos, logrando la oportunidad de enfrentar a Nigeria por el oro el próximo sábado -que nosotros estaríamos volviendo a nuestras casas-. Show de lásers con la canción de Piratas del Caribe, un rayo que cae del cielo y va cayendo hasta llegar a Bariloche, Genux. Muy bueno. Un tipo hacia acrobacias por ahí, otro tocaba el Saxo. Igual, tanta emoción me iba a cansar y llegó un punto en que no podía pensar, en que hacía cualquier cosa -y cantaba cualquier cosa-. En ese momento decidí volver al hotel. Para mi sorpresa, estaban Ariel, Sebi y Leo durmiendo. "Jah", me sonreí, "por una noche, fui mas fiestero que ellos".


"Despierta niño. Levántate. Aquí está el desayuno. Debés estar cansado. Duerme lo que quieras, la excursión puede esperarte.", podría haber sido el diálogo de una mañana, como bien contaron en la fiesta de Despedida. Lástima que no se dio. La corneta sonando y Lea cantando mientras arremetía feroz contra la puerta, como si atrás de ella estuviera el final del arcoíris y el gnomo con la olla de oro, el genio que concedía tres deseos y kilos de chocolate en rama gratis. Tuve que abrir la puerta -no podía estar hecha de madera esa cosa, a menos que tenga refuerzos de hierro-. "¡Vamos, levántense!", sonaba la corneta, "Hoy tenemos Piedras Blancas, una excursión muy linda. Llévense la ropa de nieve, guantes, bufanda, lentes y todo eso". Una vez dado su discurso, salió al pasillo a seguir cantando en voz alta -muy muy alta-.

Mi primera pregunta fue "qué será eso de Piedras Blancas, ¿otro Circuito Chico?". Nos vestimos, nos preparamos y nos reunimos en la entrada del hotel, donde había lugar para sentarse. De ahí, caminamos a una 4x4 que nos esperaba y nos llevaría a nuestra siguiente aventura, la que creo que, de todas las que tuvimos, fue la mejor.
Una vez llegamos a nuestro objetivo -ehee, ¡no dije destino!-, bajamos y nos quedamos esperando al resto del grupo. Estando todos juntos, nos dieron una charla, un pase plastificado y un límite de una hora para disfrutar. Tomado el culipatín, entregado el pase, subimos por aerosilla hasta el lugar donde nacían todas las pistas. Explicaron brevemente como moverse y empezamos.

Para darme impulso usé la técnica número 22 de los ermitaños que andan en trineos, juntando mis dos manos lo más adelante que podía e impulsándome hacia adelante como lo haría algún animal como un tigre o león.
Hecho eso -¡Poder Puma!-, estaba bajando por la pista, guiándome con las manos y tratando de acelerar lo más posible, con cuidado de no chocarme. Varias veces estuve ahí de caerme por la curva y por alguna razón, el trineo nunca se despegó de mi, a pesar de haberse inclinado bastantes grados.

La pista 4 era la más larga de todas, parecía, pero Fede y yo no estábamos saciados de este deporte, no todavía. Subimos por aerosilla y tomamos la pista 3, una un poco más complicada por la cantidad de curvas. En cierto momento, lo perdí de vista, según él porque el trineo no se deslizaba del todo bien.

Volvimos a subir y tomamos otra vez la pista 4, porque la 2 era para bajar y la 1 no la habíamos visto. Otra vez Fede se quedó atrás y cuando nos volvimos a juntar, me comentó que alguien que no pudo evitar pasarse en una curva sí pudo lograr pasar por arriba de él, al mejor estilo de las películas de acción de Holywood -y... Pasa en las películas, pasa en la vida, pasa en TNT-.
Esa vez, tomó más tiempo hacer la cola para subir a la aerosilla porque había mucha más gente. Tanta que cuando llegamos, la China nos dijo que fuéramos por la pista 2 para salir -aguafiestas-. Yendo para ella, nos encontramos con la pista 1, que estaba guardada por una persona que parecía trabajar ahí.

El misterioso sendero blanco se desvaneció de mi mente cuando tomamos impulso. Nuevamente perdí a Fede, y esta pista parecía ser mucho más divertida, más curvas, más velocidad, más de todo que casi me salgo de la pista otra vez. En el último trayecto, que era recto hacia abajo, había tres brasileñas que se apartaron de mi camino -sí, suena a ira de carretera, pero lo hicieron por voluntad propia- y hasta pude esquivar a una y seguir acelerando aplicando la técnica número 22. Llegando al final, me frené de costado y posé para la cámara. Junté el culipatín y lo entregué según las instrucciones de Lea. Me reuní con dos personas más de mi grupo que ya habían bajado, atrás de una valla, abajo de un techo, delante de una cabaña.

A medida que pasaba el tiempo, se iban sumando más y en un momento, estalló la guerra: un grupo de gente a 7-10m de nosotros comenzó a juntar bolas de nieve y a lanzárnosla. Nosotros aceptamos el desafío, siendo siete contra unos veinte, veinticinco, cubriéndonos tras la valla, juntando nieve y lanzándola. En un momento, el mismo que nos dio la charla nos contó y yo pensé que iba a hacer una broma acerca de nuestra inferioridad numérica pero se limitó a decirnos "vengan". Y nosotros lo seguimos, esquivando las bolas de nieve del enemigo que cantaba algo acerca de Travel Rock -seguramente nada bueno-. Nos llevó a la entrada, nos invitó a entrar en una 4x4 y de ahí nos fuimos al hotel. Ese fue el último día que pude jugar con la nieve.


Almorzamos, descansamos un rato y nos fuimos a buscar los disfraces para la fiesta que se venía el día siguiente. La mayoría se disfrazó de monja. No me gustan esos disfraces y no me gustaba disfrazarme, pero buen, es un lugar para dejar todo de sí, así que quise ser creativo y elegí el disfraz que más me gustaba: el de pirata. Resultó ser un poco raro, tanto que lo empecé a llamar payaso de altamar.

Una vez en el dormitorio, la China se aparece y nos presta unas bandanas de Argentina para hacer honor a la victoria que tuvimos con los brasileros. También tratando de ser original, me puse la bandana de una forma que en el trabajo reconocerían y hasta algunos allá se dieron cuenta. Básicamente la hice una tirita, tratando de dejar de frente los colores celeste, blanco y celeste, atándola atrás de mi cabeza, haciendo honor a ese protagonista de Karate Kid que lleva mi mismo nombre -sí, el de la grulla-.

Esa noche fuimos a Rocket, yo por primera vez. Como era bastante tarde, Lea nos consiguió un sector vacío -o medianamente vacío-, como para poder hacer algo. Aprendí más lecciones del sensei Franco, Ariel se estaba muriendo de sueño, Ale que se quedaba quieto y yo que quería bailar y poner en práctica todo lo que fui aprendiendo.

En una de esas, todos quisieron ir al baño, así que los acompañé. Abajo de todo, un grupito de seis personas que me recordaban a gente de la calle me llamó por varias formas, yo sabiendo que se referían a mí, hasta que no pude ignorar más y tuve que responder. Querían hablar conmigo, vaya uno a saber por qué, traté de ser simpático como para no generar problemas pero tenía la sensación de que seguir ahí iba a causarlos. Ví como se iba la gente del equipo Dragón y yo traté de ir, excusándome con que iba con mi grupo. Ellos entendieron mal y pensaron que era coordinador. Un lío. Gracias que estuvo Nico, cuya presencia bastó para darles a entender que yo era parte de un grupo que se tenía que ir... ya... Y buen, subí con Nico. El grupito aquel parecía haberse tomado unas copas de más, por la cara de dormidos que tenían, la forma de hablar y varios otros detalles como la voz que ponían y la sensación que me hacían sentir. Pero buen, una vez superado, nos reunimos con el resto y continuamos con nuestro ritual rítmico -como decía el Doc en Volver al Futuro 1-.

Llegó un momento en que Ariel se cansó tanto que quiso irse, así que Sebi y yo nos fuimos con él. Por suerte, el grupito de antes no estaba allí, así que tuvimos una espera bastante tranquila, con el sonido retumbando, pero tranquila.


"¡Vamos, arriba! ¡Levántense Cachorros!", sonaba la voz de Lea y creo que también de la China, mientras ejercitaba sus puños karatekas contra las puertas de las habitaciones. "¡Arriba Cachorros!" Tuve tiempo de levantarme antes de que tocara nuestra puerta, así que ya lo estaba esperando ahí. Tocó tres veces -podía haber seguido tocando más- y le abrí la puerta. "Vamos a hacer la cabalgata, así que llévense la ropa de barro", dijo uno de los dos y se alejó. Si fue Lea, seguramente lo hizo cantando.

Nos reunimos en la entrada del hotel y un micro nos pasó a buscar. Una vez que llegamos a nuestro punto de inicio expedicionario -nuevamente evitando mencionar el destino, jeje-, nos agrupamos adentro de una cabaña, donde pasaban música -rarísimo-. Estábamos cerca de los parlantes, tan cerca que hasta me molestaba el ruido cuando era muy agudo y tenía que taparme los oídos. Uno de nosostros tuvo la brillante idea de salir de la cabaña pero nuestro intento de fuga se vió frustrado cuando abrimos la puerta y la China -que estaba afuera- nos hizo volver adentro. A otro se le ocurrió que convenía ponerse atrás del parlante, cosa que terminamos haciendo.

Una vez que todos los grupos llegaron al punto de encuentro, partieron para distintos lugares. A nosotros nos tocó ir a la cancha, donde jugaríamos fútbol -jugarían mejor dicho, con esas botas Travel Rock que apenas se puede caminar te la regalo andar corriendo por ahí-. Nos juntamos con la gente del Rejunte -el grupo donde iban los de Química, gente muy agradable para mi por cierto-. Nos separamos en chicos y chicas, los primeros haciendo equipos para jugar a la pelota y ellas para jugar al volley -creo-, aunque hubo varias que se quedaron viendo los partidos. Los que no jugaban subimos a las gradas para observar. De todas formas, no hubo tiempo para disfrutar ya que apenas terminaron de jugar los primeros dos equipos tuvimos que ir a almorzar.

Comimos, cerca de ahí y en vez de seguir jugando con el Rejunte tuvimos que separarnos e ir con los Ponys. Caballos, querrían decir, suspirábamos ingenuamente varios para nosotros mismos. Nos dividimos en dos grupos y Lea nos explicó el juego: consistía en subirse a un pony de juguete e ir saltando para llegar al otro lado. No tardó mucho en que uno de los equipos tirara la primera piedra, precipitándose en una serie de trampas para conseguir la victoria, como avanzar con el pony corriendo en vez de saltar, tirándole nieve al contrario, empujándolo. En fin, esas cosas que resultan divertidas y causaron varias risas.

Como el juego se había desvirtuado completamente, Lea avanzó por el campo y trazó una línea. Luego, propuso el juego del Perro y el Gato -el típico Cielo y Tierra-: cuando decía "Perro" se debía estar de un lado -adelante de la línea creo- y cuando exclamaba "Gato" teníamos que estar del otro. El juego pasó -a mi me engañó porque dijo Perra el maldito-, dejando a cinco o seis personas sobre el final, hasta que perdieron todos según Lea, -aunque en realidad se había hartado de estar cinco minutos sin que nadie pierda-.

Acto seguido, Tirolesa. Nos encontramos con la gente del Rejunte que estaba terminando. Algunos tomaron arneses y se pusieron cascos. Otros, inconscientes y totalmente fuera de lugar, seguimos la corriente y nos fuimos para el Ring de la Muerte. Después de un rato nos dimos cuenta del que no estaba ni la China ni Lea, por lo que decidimos volver, divirtiéndonos de lo tontos que fuimos jajaja.
Cuando volvimos al lugar donde estaban los arneses Franco, Nico, Ale y yo nos quedamos sin equipo, porque ya los habían tomado todos. Tuvimos que esperar a que la gente bajara y los fuera dejando.

Una vez que estuvimos listos, preparé la cámara para filmar, tratando de mantenerla lo más quieta posible para cuando me lanzara por ahí. Tambien, cuando estuviese abajo, quería tomar las fotos de algunos mientras ellos estaban descendiendo. Cuando me tiré, por alguna razón me iba de costado para la derecha, a veces volviendo a la posición original. No fue nada del otro mundo. Algo rápido, sí, pero como siempre insuficiente para saciar la sed de adrenalina. Traté de sacarle fotos a Franco y Ale, pero no llegué a tiempo. Sólo de Nico pudesacar una pasable.

Lo que siguió luego de la tirolesa fue algo inolvidable de lo que me llevé cuatro o cinco recuerdos: el Desgarrador Péndulo de la Desgracia -jeje, los adjetivos le ponen más emoción-. El juego consistía en pasar de una plataforma a otra con una soga por encima de agua muy poco profunda -al estilo Indiana Jones-, entregando en mano la cuerda al siguiente. Subieron cinco de un lado y cinco del otro y empezaron. Varios cayeron y olvidaron el tema de entregar la soga en mano. Cuando esos diez terminaron, yo ya tenía ganas de probar una de las que sería parte de mi top five de experiencias.

Una vez que tocó mi turno tomé la cuerda con la mano izquierda y traté de saltar tomarla más alto con la mano derecha. No ocurrió así porque como un tonto le erré a la soga -todavía me río de eso-, así que caí en el agua de rodillas, lo que causó varias carcajadas de todos -incluyendo las mías, ¡era algo tan divertido!-. Entregué la soga en mano y me puse en la otra plataforma. Cuando llegó mi segundo turno decidí hacerlo normal para ver si me salía. El resultado: tomé la cuerda con las dos manos, pero demasiado bajo que no me di cuenta y por algún motivo mi mano se soltó de ella, cayendo de frente -una caída cada vez más espectacular-.

La gente vitoreaba y aclamaba tanto que cuando llegó mi tercer turno ya tenía un coro gritando fuerte y emocionadamente el apodo por el que me conocen varios, exigiendo una tercera caída. Ahí me di cuenta de que me estaba divirtiendo en grande, que hacer las cosas bien no era divertido sino que lo gracioso estaba en cada caída. Me dejó de importar si llegaba al otro lado o no. Algunos filmaron ese salto, todos con una sonrisa en la cara, esperando mi próximo número. Sorprendentemente para todos -incluyéndome-, esa vez llegué al otro lado sin problemas. Todos coincidíamos que no era divertido así. Me sentía Miguel -el de la propaganda de Anaflex que se pega con todo- y lo estaba disfrutando como nunca. El cuarto y quinto lanzamiento fue con intensión de caerme y salieron como yo quería.

Cuando tuvimos que irnos, yo estaba completamente mojado. La ropa impermeable dejó de ser impermeable cuando tocó el agua, y tenía cuatro o cinco heridas, una que parecía haber sangrado y parado, otra que estaba un poco más seria y una que tenía dibujada una carita -no es broma, esta carita :), en serio-. No me importaron, seguía nuestra cabalgata con caballos de verdad-no ponys-. Me dí cuenta que el frio me estaba entumeciendo las manos, así que traté de calentarme lo más que podía. Sentía constantemente el ardor de las heridas que acababa de ganar hasta que gané control y en vez de sentir dolor, sentía una molestia, que era mucho más soportable.

Cuando llegó mi turno de cabalgar, me subí a un caballo blanco y lo comencé a acariciar para demostrarle que confiaba en él. Cuando inició el paseo, noté que a medida que avanzaba el caballito yo iba saltando y el casco que tenía se me iba para adelante. Cerca de la salida, se resbaló de cabeza en el barro y sentí por un segundo la adrenalina que precede al golpe.
Por suerte, mi Tornado versión blanca recuperó el equilibrio y me salvó. Yo lo seguí acariciando, como para demostrarle que no tenía miedo a pesar de los saltos y que confiaba plenamente en él. Al galopar, parecíamos pochoclos en Bariloche, saltando sin parar -al ritmo de Bypass :P. Era bailando, sí, ya sé, pero el rima igual-. Así me acostumbré a los saltos y antes de que me diese cuenta llegamos al principio. Al bajarme, le acarcicié la cabeza entre las orejas y le agradecí el paseo.

Lo siguiente fue un concurso de mareo. Dos equipos competían por dar diez vueltas alrededor de un poste, tomar una bota y dársela al siguiente, que debía dejarla y repetir el proceso. Nada del otro mundo, sólo puedo nombrar que cuando llegó el turno de Nico, lanzó la bota como si su vida dependiera de ello y pasó por toda la fila, con la gente doblando la cabeza para esquivarla. Yo estaba al final y no pude jugar porque había terminado antes de que llegara mi turno. Nos levantamos y emprendimos viaje hacia nuestro último juego de barro: el Tenebroso e Infernal Ring de la Muerte y la Discordia, el lugar para librar el stress acumulado por años. Me acordé de los Simpsons, cuando Homero boxea con Moe como entrenador, enseñándole el guante de Box con las púas.

Como no quiero extender esto mucho, quiero destacar un encuentro: Ale vs Emiliano. Cuando llegó el turno de ellos yo tenía la cámara lista para grabar. Les vendaron los ojos con bufandas prestadas, les cedieron sacos rellenos con algo y sumergidos maliciosamente en barro por la China y Lea. Les hicieron dar dos vueltas y los empujaron para el lado del otro. El primer movimiento de Emiliano fue mover la bolsa de forma que el barro saliera volando hacia Ale. Acto seguido, arremetió feroz contra él, blandiendo el saco como si se tratara de una maza, arrinconándolo a Ale hasta que se trabó su saco en las cuerdas del ring y se calmó un poco. El público gritaba y exclamaba ante cada golpe, como si se tratara de un encuentro de Gladiadores en el Coliseo. Al final, Ale esquivó el último sacaso de Emiliano -palabra nueva, copyright 2008, todos los derechos resevados- como si hubiese predecido ese golpe.

Lo que siguió fue volver a la cabaña para tomar la merienda. La mayoría de nosotros nos quedamos afuera. Adentro había mucho ruido y yo estaba más tranquilo afuera, con la naturaleza. Emiliano nos llamó: iba a empezar algo. Una persona -creo que era DJ de algún boliche- dio una charla sobre nosotros, a modo de regalo, que trataba más o menos de lo que habíamos experimentado en nuestras vidas hasta ese momento. Una charla que a algunos no les tocó. Yo, por mi parte, terminé derramando varias lágrimas.

Al finalizar las palabras, decidí abrazar a mis amigos; no sólo gente de mi división, sino también a varios de Química con los que me llevaba muy bien y que, por mi parte al menos, eran también mis amigos. De todos, a algunos los conocí en primer año. Me aceptaron como era, tímido, obsesionado con el colegio, quizás hasta solitario y aislado. Ellos, que se convirtieron en mis primeros amigos, con los que me juntaba a veces para jugar al Teg, al Ajedrez, a la Play, a jugar a la pelota, en el Día del Estudiante. Amigos con los que no hacía falta tener una excusa para reunirse, saludarse, hablarse, a los que no tenía miedo de pedir favores ni agradecer... Personas que conocí en segundo año, cuando decidí que quizás debería abrirme un poco más y que en tercero pude conocer mejor. Gente con la que pude no haber empezado bien y hasta pude haber terminado mal la última vez que tuve contacto, pero que no había dejado de importarme. Nada de eso detuvo mi determinación ni me impidió dar por lo menos un simple saludo y sonreirle.

Luego del encuentro emotivo, nuestro escuadrón debía enfrentarse a un ejército de muertos vivientes en un cementerio cerca de ahí. Eso temían algunos. Yo estaba temblando de frío por haberme mojado hacía cuatro/cinco horas. Cuando estuvimos cerca de nuestro destino -¡el terrible destino!-, no faltaron los sonidos de celular de películas de terror, algún que otro Tiburón, la música que pasan en el capítulo de los Expedientes Secretos Simpson cuando pasa el micro con los violinistas y yo tratando de hacer el sonido típico de las películas del Viejo Oeste que hacía años que no hacía -algunos ya deben saber de qué hablo-.

Llegamos al lugar con las cruces y pensé: ¿un cementerio mapuche tiene cruces que simbolizan el cristianismo? Un poco más lejos, una figura tenebrosa que se apoyaba en un bastón con una calavera en su parte superior -todo el look de un Necromancer y quizás un poquitín de Voldemort-. Nos reunimos abajo de un techo, alrededor de una fogata y el muchacho que habíamos presenciado un par de minutos antes apareció, sacándose la capucha y aclamándose a los cuatro vientos como el Mapuche Trucho de Travel Rock. Habló del medio ambiente, de que debíamos salvar al planeta y a la naturaleza y nos dió otro discurso emocional del que recuerdo este fragmento: "Hay cuatro palabras simples que son muy complicadas de pronunciar: te quiero -esas son dos palabras, sonreía para mi interior-, gracias, perdón y ayudame".

Cuando llegó la hora de partir, antes de irnos me acerque al muchacho y sonriendo le dí la mano para saludarlo. El medio de transporte hizo descender pasajeros y varios de nuestro grupo subieron. La mitad de la fuerza expedicionaria quedó abajo, a merced de la oscuridad, mientras el vehículo se perdía en el camino. Recordé mi primer viaje, cuando no había luz, tenía miedo y mi hermano me había calmado. "Estoy en el lugar más seguro del mundo, con mis amigos y compañeros" fue lo que me dije. Miré hacia arriba y ví el cielo estrellado. Nos pusimos en ronda para conservar el calor, hablando de cualquier cosa con tal de pasar el rato, mientras yo veía varias veces más las estrellas y la luna, que estaba casi llena me parece.

Llegó nuevamente nuestro medio de transporte y nos subimos. Había cascos, lo que me hizo dudar un poco de que el paseo de vuelta fuera tranquilo. De todas formas, todos esos pozos, charcos y demases perturbaciones en terreno -que fueron divertidos, no lo dudo- hacían que el casco saltara todo el tiempo y hasta se saliera solo. Ale iba por ahí haciendo sus comentarios del tipo: "Buenooo, ¿tenés licencia vos? ¿Dónde la sacaste?" y alguien le respondía algo como: "¿Viste el juego ese de agarrar el juguete con la mano mecánica? Bueno, de ahí."


El paseo se dio por finalizado, bajamos de la Furia del Manatí y subimos al micro para ir al hotel. Esa noche tocaba ir Bypass disfrazado. El equipo Dragón se vio dividido en ese tema. Sebi y yo de piratas; Franco, Douglas, Nico y Ale de Scream; Ariel de monja. A pesar de las diferencias, seguimos juntos todo el tiempo. Tocó Kapanga. Nico y Ale fueron a verlos, mientras Douglas y Franco tomaban algo en la barra y yo me quedé con ellos. Ya no tenía sentido pedirme que tomara, sabían que no lo iba a hacer, pero de todas formas lo intentaron aunque no insistieron tanto esta vez.

Luego de Kapanga, un grupo de coordinadores se puso de espaldas a nosotros para hacer juegos de manos al ritmo de la música, diciendo al final las palabras "Travel Rock", para luego repetir todo el proceso. Yo traté de seguirlos, tardándome un tiempito en captar el truco porque no veía bien lo que hacían. Seguí así un rato más, hasta que se fueron y quedamos libres a nuestra suerte y creatividad. El equipo Dragón subió al primer piso, bailó un poco, bajó a la planta baja, bailó otro poco, y así. Nos asombramos con el show de lásers, aunque para arruinar la atmósfera se podía ver la pantalla colgando en el medio del aire y que servía para lograr que se formaran las imágenes. Recuerdo la música de Star Wars y varias navecitas. Luego de eso, más lásers pero reflejándose esta vez en el humo, dando un efecto como de túnel luminoso que quedaba muy bien.

Siempre bailando lejos de la acción, le pedí a Ale que me acompañara a la pista central. Nos encontramos con los de Química y lo reconocí a Seba -un amigo del Rejunte- por su disfraz de Slash. Con Ale nos movimos con estilo -jajaja, me da gracia esa expresión- hasta que una voz empezó a pedir que la gente se juntara con su grupo. ¿El problema? Ale y yo estábamos un poco colgados, así que decidimos subir al primer piso. Mientras él iba con una pc a usar internet, yo me quedé mirando lo que hacía la gente de abajo. Por alguna razón, en estos lugares, uno no se preocupa demasiado y sigue las indicaciones de la voz que vibra por todos lados. Si pide que hagan una ronda, la arman. Si demanda que salten, lo hacen. Si exige que griten, el lugar entero vibra. Si ordena que se diviertan, no dudan en hacerlo. Seguir esa voz lograba una armonía con todo el resto de la gente que lo hacía, como si todos fueran uno, y todos se divertían por igual. Se sentía como si uno fuera parte de algo mucho más grande, que sólo funcionaría si todos seguían las indicaciones.

Me di vuelta para ver cómo iba Ale y descubrí que había desaparecido. Seguí observando, moviéndome un poco al ritmo de la música. En cierto momento, Douglas y Franco aparecieron ahí y decidí irme con ellos. Nos quedamos en el primer piso un buen rato y luego bajamos. Al bajar, fueron al baño. En esos últimos momentos estaba aburriéndome un poco, por lo que decidí volver al hotel.


Toc toc toc, sonaba la puerta. Toc toc toc. Bajé de la cama y la abrí. Era Lea. "Vamos cachorros, ¡arriba! Vístanse y merienden que nos vemos abajo". Ese era nuestro último día de aventuras. Sebi y Leo no quisieron venir, por lo que Ariel fue el único que vino conmigo, junto con Emiliano, Daniela y Fede. Creo que nosotros cinco eramos todos los Cachorros del Huergo que fueron ese día.

Tomamos el micro con la gente del Rejunte y nos bajamos en un lugar cerca de un lago. No había nieve en ese lugar; por lo menos, no cerca. Era todo verde y apenas bajamos, entramos a una cabaña -¿sorprendido?- Ahí, merendamos por segunda vez, mate cocido con torta frita. Luego de eso, nos adentramos en lo que parecía ser un bosque y nos dividimos en equipos, cada uno con una guía. El juego consisitía en llevar la bandera y una persona -que debía ir al final- a un lugar del bosque, pasando por obstáculos. El primer round lo perdimos, mientras que el segundo lo ganamos porque la guía nos hizo empezar antes que el otro equipo. El tercer round fue una especie de empate y finalmente alguien desempató a favor del equipo contrario.

Luego de esos juegos, tuvimos tiempo libre para disfrutar del lago. Creo que fui el primero en llegar y apenas lo hice, me senté y miré al horizonte. El sol se reflejaba en el agua, que estaba calma. Más allá, se veía la otra cara del cerro Catedral -al que fuimos en las primeras excursiones-. No tardé en tener compañía y noté cierta similitud con la película Tiempo de Valientes, cuando Emiliano apareció y empezó a hacer sapitos con las piedras. Le pedí que me enseñara y comencé a practicar. Después de un buen rato puedo decir que me salían dos de tres bien.



Nos quedamos ahí, jugando con el lago, hasta que un perrito blanco y negro con un collar azul -creo que tenía un collar por lo menos- apareció y vino a mí. Lo acaricié, le hablé y lo abracé -me encantan los perritos-. En una de esas, agarré una piedra y noté que él siguió mi mano con la mirada. Comprendí que quería jugar con la piedra, pero no cómo, así que la tiré y el trató de atraparla en el aire. Seguimos así un rato más, hasta que se cansó. Se mojó un poco las patas en el lago y salió. Traté de jugar con él con las piedras pero tratando de que no las agarrara -y... si las muerde se podía lastimar-. Cuando lo descubrió, se fue a jugar con otra persona.

Encontré una ramita chica con ramificaciones que iba cortando y tirando, sin que él me fuera a buscar y devolver alguna. Cerca del final, Michel -otro amigo del Rejunte- me prestó un palo más grande, el cual lo lancé y fue a buscar, contento. En ese momento, Lea decidió que teníamos que volver. Mientras, yo perseguía al perrito con las botas Travel Rock, así que me costaba bastante teniendo en cuenta que corría teniendo como prioridad no caerme. En cierto momento, ví que estaban todos lejos y me fui con ellos. Cerca del micro, el canino estaba acostado. Había dejado el palito y me miraba. Decidí hacer una última prueba, me acerqué, tome el palo y lo lancé. Él parece no haberlo notado, porque me saltaba y me exigia que se lo entregase. Yo le señalaba dónde lo había dejado pero no es como mi Luqui y no entendió la seña -buen, él tampoco está entrenado pero al menos es uno de los pocos seres vivientes que me entiende jaja-.

Lea lo alejó de mi -mala persona- y me hizo subir al micro. Voy a omitir detalles de lo que ocurrió dentro. Los coordinadores Lea y Tincho lograron que el viaje de vuelta fuese placentero y entretenido para varios. Por mi parte, estuve con ojos cerrados todo el camino, sin dormirme.


Apenas llegamos al hotel pensamos en almorzar. Lea tenía otros planes: nos dijo que no teníamos tiempo. Esperamos, entonces y nos fuimos en micro hacia nuestra última expedición aventurera que desafiaba a la muerte: el Canopy.

Una vez allí nos explicaron la postura que había que tener, como frenar y cómo avanzar cuando no tuviésemos impulso y nos hubiéramos quedado en el camino. Algunos partidos de metegol y apareció la gente del Rejunte. Me quedé hablando con Seba y Michel, por un lado de música como Dragonforce, Stratovarius y parecidos, por el otro, de Naruto, que también estaba viendo Michel y que a Seba no le llamaba la atención.

Nos tuvimos que dividir y quedamos como cinco o seis personas del grupo cachorril entre los que estábamos Ale y yo. Como en cada 4x4 iban nueve o diez personas, pudimos viajar con Seba, Michel y Flor. Una vez arriba, nos equipamos y sufrimos caminando... digo, subimos caminando -las botas Travel Rock convertían todo en un reto-. El Canopy fue divertido, en la primera trama frenamos un poco, en la segunda nos dijeron que no lo hagamos y la tercera fue corta. Es una especie de tirolesa pero mucho más controlada que tomaba lugar en el medio de un bosque. Como siempre, faltó poder repetir.

Bajamos los mismos y el micro que nos esperaba necesitaba a tres personas. Resultado: Ale y yo nos quedamos con Seba, Michel y Flor abajo, hablando y jugando al metegol. Me acuerdo que tenía tantas ganas de jugar que mientras comía el alfajor que nos dio Lea con una mano, con la otra jugaba.

Cuando llegó el micro, subí con Ale y Lea y partimos al hotel. Más tarde, el equipo Dragón salía de allí, cargando dos bolsas cada uno, una grande con la ropa de barro y la de nieve y otra con el disfraz. Fuimos a devolver primero lo más pesado, la ropa. A continuación entregamos, en mi caso, el traje de payaso de altamar. Luego, yo volví al hotel para preparar el bolso, mientras ellos fueron a comprar cosas.


Llegó el momento en que tuvieron que partir a la Cena de Velas los que la pagaron. En nuestro caso, la cambiamos por el Speed Mountain y hasta ahora no me arrepiento de eso. A la hora del almuerzo bajamos y comimos nuestra última cena en el hotel. Después, subimos a la habitación y esperamos; revisamos que estuviese todo listo para partir el día siguiente a las diez, luego de la Fiesta de Despedida.

Esa noche nos tocó repetir Grisu. Cuando bajamos, notamos algo raro. No había nadie esperando en la entrada del hotel. Luego nos dimos cuenta que todos se habían ido, salvo un grupo, así que sólo restaba esperar a que el coordinador y la gente a su cargo saliera. Alrededor de la una de la mañana, subimos al micro que nos llevaría a nuestra última noche. Al entrar, el ambiente tétrico que había notado en un principio no me llamó la atención. Fuimos derecho para el mismo lugar en el que habíamos estado la primera vez, la barra. Douglas y Nico tomaron cerveza.

Básicamente estaban todos muertos. Ninguno tenía ganas de nada. Siendo mi última noche en un lugar así, quería disfrutarla, pero tampoco solo. Esperé a que terminaran de tomar -me invitaron un poco y como siempre lo rechacé- y les pedí que me acompañaran arriba -pidiendo ayuda según el muchacho de las cuatro palabras-. Subimos a la pista principal. Creo que eran las tres o cuatro de la mañana para ese entonces. Nos enteramos que teníamos que despertarnos a las seis para bajar los bolsos, así que me mentalicé que esa noche no iba a dormir. Ariel mencionó algo acerca de mi vitalidad unos días atrás, algo de que no importara lo que pasara, yo era siempre igual. Esa noche iba a ponerla a prueba.

Subimos a la pista principal y yo fui el único que bailó esa noche. Bariloche había agotado y derrotado al equipo Dragón. Un rato más tarde, no tenía sentido ser el único así que les di permiso para irnos -jaja-. Llegamos al hotel y subimos a las habitaciones. Yo me quedé mirando la tele en la cama y me quedé dormido. A las seis me despertaron los golpes en la puerta. Me dí cuenta de que me había quedado dormido media hora -jah, media hora-. Me costó reunir fuerzas para levantarme. Una vez arriba, la famosa vitalidad de la que Ariel se refería volvió a mi. Para no esperar el ascensor, bajé el bolso por las escaleras.

Allá abajo de los que estaban sentados muchos estaban durmiendo. Agrupamos los bolsos y esperamos a la señal. Nuevamente, bajé por las escaleras para no esperar el ascensor. Lo dejé en el micro -hacía frio, quizás porque me había despertado un rato antes-. A continuación, subí con las mochilas y la caja de chocolates al micro y tome posición, en el medio del lado de la ventana. Lo siguiente fue desayunar y hacer la fiesta de despedida. Reímos y cantamos. Como había dicho antes, escuché la voz que vibraba en todos lados y daba indicaciones. "Así que ahora, andá y abrazá a esa persona que considerás importante, que te acompañó en el viaje, en tu vida. Con un fuerte abrazo dale entender lo que significa para vos. ¡Expresá lo que crees que sabe y te parece que está de más decir!", había dicho, o algo parecido. Nuevamente, tal como ocurrió en la cabaña el día de la cabalgata, saludé y abracé a varias personas, muchas de Química, muchas de mi división. Si había algo que pude dejar en ese viaje era la vergüenza y el miedo... y mi voz.

Nos despedimos, les agradecí el simple hecho de haber estado ahí -cumpliendo con una segunda palabra del mapuche- , de verlos después de tanto tiempo, de haber compartido ese viaje. Por todo, por tantas cosas. Pero se hacía tarde y tuvimos que irnos. El camino de vuelta a Capital lo iba a pasar durmiendo bastante tiempo, pero también observando el paisaje por la ventana a la mañana y a la tarde. A la noche, el cielo y las estrellas.


El sábado llegamos a destino -"todo concluye al fin, nada puede escapar; todo tiene un final, todo termina", como dicen algunos en sus MSNs y recuerdan esa canción-. Al bajar, mi mamá y mi hermana me recibieron. Cumplí con otra palabra más y les dije que las quería a las dos, gracias por todo. Me despedí del resto de mis compañeros y amigos del Huergo y nos fuimos a casa, a saludar a mi perrito, siempre tan cariñoso y simpático, que hacía tanto tiempo que no veía. Ahhh... Hogar, dulce hogar.


Bueno, terminando este pequeño post que me tomó algo así como doce horas de escritura nocturna, charlas en el MSN para corroborar algunos datos y no escribir cualquier cosa y mucha paciencia para recordar los detalles, sólo me resta decir esto:


Gracias por todo, gente. Gracias por haber estado ahí, por haber convertido un viaje a lo desconocido en una experiencia única. Gracias por esas horas en la nieve matándonos a más no poder, por enseñarme a bailar y aceptarme, por tantas otras cosas que ahora no puedo recordar porque son las 4:50 de la mañana y apenas decida que no necesito estar despierto voy a caer dormido


Sepan que si algún día me secuestran alienígenas, señores de otra agencia me someten a un lavado de cerebro u ocurre algo semejante, una de las cosas que voy a tratar de hacer, gastando hasta la última gota de voluntad, va a ser mantener en mi será este viaje y ustedes, todos ustedes, que estuvieron conmigo desde el principio y que al final quedaron marcados en mi memoria y en mi corazón.

Sólo me queda decir una cosa: ¡repitámoslo otra vez!

Monday, August 25, 2008

Mi primer viaje

Y así nomás, me volvieron las ganas de escribir algo. Va a ser algo complicado con este teclado, pero suerte que me acordé de todos los alt+numerito de las vocales... A ver, prueba: alt+160 = á? Sí, bien. La ene con el rulito arriba? 164 = ñ? sí, vamos bien. Igual, a este paso van a ser las tres de la mañana para cuando termine de escribir todo lo que quiero decir.

Cambio de layout a ver qué tal... A ver.. ahi esta mejor àèìòùñ, listo, me acuerdo de todo, aunque me trabo un poco. Veremos que sale...

Tenìa pensado escribir sobre mi primer viaje, aquel en el que fui con mi hermano Fernando, su novia Sabrina (ahora casados y felices, con dos gatos, una tìmida negrita Agatha y un curioso siamès Ulises y un pequeño perrito al que llamaron Niceto -tengo que decir que me gustaba màs Kenai-) y el hermanito de ella, Estefano, pero por alguna razòn no lo hice. Creo que todo empezó el sábado 17 de junio del 2006.

Voy a dedicarle estos pàrrafos entonces. Ir a mendoza, a 3000m de altura, teniendo que tomar litros y litros de agua para aclimatarse y no sufrir de fiebre y otras cosas màs agradables, teniendo el problema que tengo de la nariz que algunas veces me sangra por nada, podrìa haber hecho que el viaje fuese una pesadilla. Por algo estoy diciendo eso, y es que no lo fue para nada...

Comprendì la naturaleza, la belleza oculta que a mi hermano le hacìan brillar los ojos al preparar el siguiente viaje. Me sentì en armonìa con todas las cosas, rodeado de nieve, nubes, montañas, cerros, y todas esas cosas que uno estudia en geografìa pero que nunca comprende hasta que està ahì. Es cierto, hay gente a la que no le basta el estar ahì para entenderlo, pero para colmo yo tuve el placer de estar con esas tres maravillosas personas con las que nos cuidàbamos, comìamos y dormìamos juntos (en camas separadas pero en el mismo dormitorio). No habìa electricidad para tele o compu, pero no importaba, porque ese no era el motivo por el que estàbamos ahì.

Habìamos ido para tratar de subir (caminando por lo menos) algunos metros mas por sobre el nivel del mar, no desafiando por ello a la naturaleza, sino yendo de su mano. Caminando por donde con una mala pisada se podìa disfrutar de 80m de piedras hasta un pequeño rìo. Sentìamos el viento cuando volvìamos en un terreno en pendiente, màs grande, màs seguro, yendo para la cabaña (donde habìamos juntado madera para prender la chimenea). Una noche, el Sonda golpeò fuerte y nos hace caer al suelo, agarràndonos de lo que podìamos. Calmaba y avanzàbamos un poco màs, y luego volvìa.

Asì, nos quedamos sin luz esa noche, y yo tenìa miedo, nunca me gustò la oscuridad. Fer me dijo, con toda razòn: "estàs en el lugar màs seguro del mundo". Y yo tardè en darme cuenta del significado de esas palabras. En la montaña no hay gente mala, son todos aventureros, que comprenden y respetan a la naturaleza o, en caso contrario, por creerse que son màs que ella, caen ante sus azotes. El viento soplaba fuerte esa noche, y aunque todavìa le tenia miedo a la oscuridad y a los ruidos de afuera que azotaban la puerta más fuerte y terrible que coordinador a las ocho de la mañana tratando de despertarnos. Por alguna razòn, esa noche pude dormir. Tal vez porque comprendì las palabras, quizàs porque perdì el miedo o tal vez tenìa sueño.

Sea como fuere, un dìa tuvimos que volver, firmamos el libro de visitas con nuestros mejores saludos, y como siempre me suele ocurrir en los viajes una parte de mi se queda en aquel lugar, como regalo para la naturaleza. A cambio, yo me llevo recuerdos, sensaciones y sentimientos con los que sòlo podrìa haber soñado. Sè que una parte de mi esta ahì, recordando la oscuridad, el viento, los 80m, pero tambièn se pasea por las montañas, por la nieve, recuerda el paisaje majestuoso, la naturaleza que aprendì a comprender y respetar. Esa parte de mi, que aùn vive allì, que aùn recuerdo, que me saluda de tan lejos y a la que yo devuelvo el saludo todas las noches. Recuerdo las estrellas y la luna que apenas se pueden apreciar acà, pero que recuerdo brillaban fuerte en Vallecitos, Mendoza.

Recuerdo al dueño del lugar, que escribía, que era un soñador, con el que almorzamos en nuestro ùltimo dìa con su familia. Aprendì que la gente de la montaña... no... la gente que està cerca de la naturaleza, tiene una bondad natural con los demàs que aquel de la ciudad que nunca tocò y comprendiò la nieve, que nunca prendiò una chimenea en una cabaña alejada de lo que llamarìan civilizaciòn, que nunca tuvo un corte de luz en la noche mientras el viento azotaba la puerta, podrìa llegar a envidiar.


Espero haberme contagiado un poco de esa bondad, de esa pasiòn por la naturaleza. Espero algùn dia darme cuenta de ello y no està màs decir que me siento cada vez màs orgulloso de haber compartido esos tres dìas con esas tres maravillosas personas...