Sunday, September 28, 2008

Aventuras de Rune Midgard

Ya lo dije antes y es algo que tenía muchas ganas de relatar. Todo empezó un poco antes del verano de 2006 -octubre, noviembre de 2006-, según creo. Ariel me invitó a hacerme un personaje en cierto juego de rol online. Èl llevaba bastante tiempo en ese servidor, Atlantis-Ro. Tenía un Assassin nivel 70 creo. Mi primer personaje fue un mago al que bauticé como Manrok, haciendo honor a mi viejo mago de Argentum Online.

El Ragnarok Online es un MMORPG (Massive Multiplayer Online Role-Playing Game), un juego de Rol online que transcurre en las tierras de Rune Midgard y alrededores. Algunos quizás les suene el Dungeons & Dragons -o Calabozos y Dragones-. En este tipo de juegos uno encarna un personaje al cual sigue por todo su entrenamiento y vive sus aventuras como propias. El RO (Ragnarok Online) consta de una clase inicial de personaje -o job- llamada Novice. Uno debe entrenar y cazar enemigos para subir su experiencia -y por lo tanto su nivel- con el objeto de hacerse más fuerte.

La primera especialidad a elegir es una de estas: Mage, Archer, Acolyte, Swordman, Thief y Merchant. Estos jobs se dividen luego en otros dos: Wizzard y Sage, Hunter y Bard/Dancer -según si es hombre o mujer-, Priest y Monk, Knight y Crusader, Assassin y Rogue, Blacksmith y Alchemist. El juego tiene dos tipos de niveles, Base y Job. El nivel Base permite la mejora de los atributos del personaje, mientras que el de Job permite el aprendizaje de skills y sirve como requisito para pasar al siguiente Job.

El tema es que llegué a Wizzard y nos íbamos de aventura con Parka y nuestro compañero de armas Emiliando Pando (al cual llamaré Wizzie de ahora en más, jeje). Llegué a nivel 83 creo cuando el servidor decidió cerrar y nos tuvimos que mudar. En Angelus-Ro me hice un Sage porque podía usar hechizos y golpear físicamente a la vez. Igual que con el Wizzard, lo llevé a 83 y me cansó.

Dicen que la tercera es la vencida. En este caso, definitivamente lo fue. Fhntop nació y se entrenó en las artes del arco y flecha, pasando de Archer hasta llegar a Hunter. Lo que más me agrada de ese tipo de personaje es que uno es completamente libre: puedo ir al lugar que quiera, puedo ir solo o acompañado, no necesito plata -la moneda del juego se llama zeny- ni pociones. Con sólo tener a mano 500 flechas o más del elemento al que los enemigos eran débiles alcanzaba. Para colmo, al ser Hunter podía tener un halcón -al que me gusta llamar Pidgeotto- que cada tanto podía salir y atacar al enemigo; las únicas contras que le veo -que en realidad no son "contras"-son que no hace falta alimentarlo, que está siempre volando sobre tu cabeza y nunca descansa y que no podía interactuar con él -como sí se puede si uno tiene una mascota, que hace trucos, habla y todo-.

En cierto momento, Atlantis-Ro volvió a la vida. Fue entonces cuando Fhntop y Pidgeotto se mudaron a nuestro viejo mundo. Así, vivimos muchas aventuras. Yendo por lugares donde un mago no podría ir.

Cazando enemigos para obtener los items necesarios y hacer economía -para poder comprarle cosas a la gente-. En un principio, no usaba equipo de ningún tipo, ni pociones ni los llamados buffs -hechizos de soporte que mejoran tus habilidades temporalmente-. Más tarde me di cuenta de la efectividad que ganaba con usarlos.

Comenzaron las clases, comencé a trabajar. Mi problema no era el cansancio, pocos días me cansé de hacer ambas cosas. Dejé de tener tiempo libre para los juegos, al igual que mucha gente con la que iba de aventuras en el Ro -en mi caso la solucion fue simple y lo instalé en la pc de mi trabajo-. Mi Hunter nivel 87 se quedó solo en Rune Midgard. Más allá de poder hacer lo que quisiese estando solo, me aburría. Necesitaba hablar con alguien, hacer algo diferente cada día, viajar a lugares donde no podría estar solo por mi nivel. Fhntop colgó el arco, Pidgeotto dejó de volar: el Ro había quedado como un arcón de recuerdos en el disco rígido.

Una noche, mientras estaba en el colegio, escuché una conversacion entre Douglas, Nico, Franco y Ale. Al parecer Douglas había encontrado un juego de rol online y se había hecho un ¿Crusader? Parecía que iban a empezar -si no lo habían hecho ya- a jugar al Ro en un servidor llamado Atlantis-Ro. ¿Demasiada casualidad? Tal vez, pero ya no estaba sólo. Mi Hunter volvería a tensar el arco y su Halcón se erguiría orgulloso en su cabeza una vez más.

Douglas -Macrocode- tuvo la idea de hacer una Guild -un clan donde varios personajes pueden entrar y hallarían una cofradía o, mejor dicho, una hermandad-. Le puso de nombre New Order y obviamente todos entramos. Surgió la idea de buscar equipo.
En el Ragnarok uno tiene varias cosas. Un slot para un casco, para la cara y para la parte inferior de la cabeza, dos slots para el arma -como hunter, por usar las dos manos, el arco ocupaba ambos- un slot para la armadura superior, otro para la inferior, dos para los accesorios y uno para las botas. Equipar cosas permite mejorar ciertos aspectos del personaje. A cada item equipado, además, se le podía agregar cartas. Las cartas afectan de forma diferente cada una y van en un tipo de item de un slot específico del equipo.

Mi Hunter empezó a hacerse más efectivo una vez que consiguió botas, armadura y equipo para la cabeza. Usé pociones para incrementar la velocidad de ataque, así como cada vez que iba con Parka por el mundo él me buffeaba. Como guild, nos hablábamos por nuestro canal especial, nos reuníamos a veces en una aventura como bajar a varios bichos que tiraban cierto item, o simplemente para entrenar.

En el Ro cuando uno llega a nivel 99, se puede renacer y empezar desde el nivel 1 con un incremento del 30% a la vida y al "maná". Algo que olvidé mencionar, el juego como todo RPG no es solamente hacer clic y esperar. Cada personaje tiene lo que se conoce como Skills, algunas destrabadas por otras Skills. Un guerrero renacido al pasar al 2do trabajo Novice-Archer-Hunter, recibe un nombre diferente -Sniper- y tiene skills nuevas y mucho más poderosas, además de mejoras en sus atributos, como Agilidad o Inteligencia.

















Douglas renació antes que todos, luego Franco. El tercero fui yo. Pasar de enfrentar bichos de tres metros de altura que si te tocan te pueden matar de un golpe a pelear contra gelatinas rosadas saltarinas fue un gran cambio. Incluso costaba mucho más pasar de un job al otro porque se incrementaba la experiencia necesaria para subir de nivel.

Una vez que llegué a Sniper obtuve a mi amigo volador nuevamente. Él era diferente, siendo violeta en vez de marrón, lo que logró el apodo de Pidgeot -sólo por ser un halcón de un personaje renacido-. Conseguí primero las skills nuevas propias del Sniper antes de seguir con las de Hunter. Continué con mi búsqueda de equipo y logré obtener todo lo que siempre quise. Mi Sniper nivel 91 hacía estragos. Con Parka juntábamos decenas de bichos y los bajaba a todos con una skill.

Bastante antes de llegar a 91, Fhntop, Brigadier Z -Franco- y Parka caminábamos alegres por los alrededores una ciudad muy reciente llamada Rachel. En ese momento, vimos que un hombre lobo enorme con un hacha gigante y tres hienas negras nos perseguía. El horror: el bicho más grande tenia un millón de vida, mientras que sus tres acompañantes tenían algo así como 22.000 -22k en la jerga del MMORPG-.

Quizás pocos saben que me encantan los retos y definitivamente eliminar a un bicho como ese entraba en la categoría. Elaboramos un plan. Siendo yo un atacante a distancia podía detener al gigante mientras Briga se encargaba de sus amigos. Parka curándonos cuando era necesario. Noté algo importante, faltaba música de fondo. En una de esas nos replegamos, sabiendo que al Atroce -ese bicho grande- le quedaban 500k de vida o menos. Entré a Deezer y puse Stratovarius y Dragonforce en una playlist.

Una vez que nos curamos de hp -vida- y sp -maná-, Parka nos buffeó y volvimos al ataque, soltando una ráfaga de Double Strafe -skill de Hunter que hacía 380% de daño- aumentando su potencia por una skill de Sniper llamada Falcon Eyes -20% mas de daño por 30 segs, lo que daba un total de 456% de daño, que luego se multiplicaba por dos al atacar al monstruo con el elemento al que era débil-. Briga se encargaba de mantener quieta a la única hiena que quedaba. El tema de bajar a las tres hienas era que el Atroce iba a llamar a tres más. Por eso, Franco aguantó los golpes del bichito mientras Parka lo curaba y yo me encargaba del gigante. Fueron tres intensos minutos en los que el Atroce varias veces nos mató con una skill de área, pero llegó el momento esperado y Pidgeot dio el golpe de gracia. El hombre lobo se arrodilló ante mi y luego cayó en el suelo. Se escuchó una música de victoria y sobre Fhntop se dibujo una palabra: MVP.

Los MVP son los llamados Bosses del Ro. Bichos más fuertes que la mayoría, que dan mucha más experiencia. La primera baja de uno detonó mis ansias de más y más retos como ese. Con algo más de práctica, logré enfrentarlo con Parka y, finalmente, solo. Así fue que todo tomó un segundo lugar y yo empecé a disfrutar con la gente de la guild de la caza de los MVPs. A los únicos que pude bajar son: Atroce, Garm, Moonlight Flower, Golden Thief Bug, Lady Tanee, Drake, Eddga, Mistress, Orc Hero, Tao Gunka -los estoy buscando por internet, no es que me los acuerde a todos, jeje-.

Drácula fue al que más ganas le tenía. Varias veces nos juntamos toda la guild para cazarlo -Nico, Ale, Emiliano, Franco, Douglas, Parka, Wizzie y una o dos personas que no son del colegio, quizás ni de Argentina-. El tema con Drácula es que hace una skill de área que nos mata a todos de un golpe, estemos como estemos de vida. La caída de Douglas, el mejor de nuestra guild provocaba siempre un descenso abrupto en la moral de algunos -que abandonaban-, no tanto de mi -no soy de rendirme tan fácil-, por lo que la cacería siempre se daba por finalizada sin poder reclamar premio alguno.

Douglas dejó de jugar, por lo que la guild se separó y Franco creó una nueva bajo el estandarte de "Omega Elite". Sin embargo, él y yo teníamos distintos conceptos de diversión. Mientras que yo prefería el enfrentamiento con los MVPs, él quería participar en la WoE -War of Emperium, donde la guild ataca y conquista de castillos de otras guilds-. En cierto momento, decidió eliminar el clan y unirse a uno que sí iba a WoE. El resto nos agrupamos y formamos la tercera guild -después de horas y horas de delirios al pensar el nombre-. The Shinning Force había nacido.

Para ese entonces, ya estaba en 91. Faltaba poco para que todos dejaran Atlantis por aburrimiento. Para mi no es tan divertido ir solo por ahí, ya sea entrenando, haciendo quests, buscando items o bajando MVPs. Con Parka nos íbamos al pueblito de Niffelheim a mobear -juntar muchos bichos-, con la única contra de que en Atlantis hay 1.800 personas conectadas todo el tiempo y muchas de esas personas pensaban igual que nosotros dos. Demasiada gente = pocas víctimas = aburrimiento. Llegó la segunda vez en que Fhntop colgó el arco y Pidgeot se había retirado por tiempo indeterminado como cuando Harry le pedía a Hedwig enviar un mensaje.

Vacaciones de invierno de 2008. Luego de probar el Lineage y haberme aburrido, nos pusimos de acuerdo en volver al Ro, a un server distinto, con menos gente, cosa de poder hacer presión en la WoE. Tales of Midgard fue al que caímos luego de mucha prueba y error.
Hice mi Novice y me tomé una semana para hacer lo que antes me habría tomado meses: renací a Sniper. La otra semana busqué el equipo que más o menos tenía en Atlantis, con algunos cambios. Me faltaba sólo una cosa cuando nos fuimos de viaje a Bariloche. Cuando volví, lo que menos pensaba era en jugar al Ro, hasta que lo encontré por ahí y de vez en cuando me metía. Emiliano era el único que entraba, a veces también Parka.

Un par de semanas después, Parka borró el Ro y se negó a instalarlo otra vez. Yo me cansé de la soledad y la rutina del entrenamiento y aunque aún sigue en mi pc y en esta -la del trabajo-, ya no lo abro.

Creo que lo que me enseñó este juego es a tener paciencia para poder conseguir algo, mucha paciencia; a pensar antes de hablar o hacer algo, aunque a veces se me pase por alto, jaja. Seguramente hay muchas cosas más, que ahora no me acuerdo. El Ro -junto con ese otro juego llamado Space Cowboys al que luego le dedicaré un post- me recuerda un montón de experiencias de camaradería, adrenalina, liderazgo y amistad que sé que no voy a dejar que se borren. No me gusta olvidar: para mi perder un recuerdo, ya sea bueno o malo, es algo imperdonable.

Definitivamente el Ro, que está impregnado de buenas memorias, no se me va a ir tan fácil.

Tuesday, September 16, 2008

El grupo K

Esta historia nació como inspiración del relato de Tom, explicado un par de posts antes. Érase 3er año en el colegio. Nos habían pedido escribir un cuento policial -creo-. Lo primero en lo que pensé fue en aquel textito que relataba mi mundo de la mafia, y tal vez por ello decidí hacer un cuento situado varios años antes de que empezara. Cuando lo entregué, tenía como seis hojas nro 3 escritas de ambos lados. A la profesora le gustó; hasta me preguntó si estaba haciendo algun taller o algo.
Pasé el relato a la compu, arreglando errores, agregando cosas -puliéndolo es la palabra-, y lo presenté en el taller. Forma parte de los textos que incluye mi Club de cien hojas, y es una de las cosas que escribí que más me gusta :)



La oscuridad nocturna envolvía las calles ausentes. Parecía una, ¿cómo diría? “Noche normal”, pero de esas en las que todo se sale fuera de control, y al final queda lo inverso de lo que se definiría como normal.
Las luces observaban lo que otros no veían: un auto viejo, sin matrícula, que corría, escapando de una sirena que resonaba en el silencio. Un móvil policial alumbraba su camino y corría al vehículo viejo como un zorro a una liebre en tiempo de caza. Y luego los cazadores persiguen al zorro, pero esa es otra historia. El caso es que este conejo veloz no tenía posibilidades de escapar al duro brazo de la ley. El auto con luces rojas y azules se aproximaba más al viejo vehículo que intentaba escapar. Fue entonces cuando, en un intento de escape, y utilizando una maniobra insegura e impredecible, gira para seguir escapando en sentido contrario. Pero la técnica, que parecía una señal de conducción profesional, resulta ser lo inverso de lo que se definiría como “método que otorga más soluciones que problemas”. Al final del día, porque para ese entonces eran las 23:59, el automóvil se colisiona con la pared de un restaurante lujoso, que se hallaba cerrado.
Cuando despertó, el conductor, o la liebre, se hallaba en una sala de interrogatorios típica, con el espejito que no deja ver del otro lado, pero permite ver del otro a éste.
-Quisiera ver cómo te escapás de ésta, criminal. –dijo un oficial borroso, con una vestimenta marrón y un lindo sombrero azul.
-Oh, no. ¡Al Don no le va a gustar esto! –comentó para sí el detenido.
-Parecen interesantes –señaló, haciendo que leía unos papeles. –Así que el Grupo K se ha reunido en una calle poco transitada para discutir el próximo blanco. ¡Y mirá! Los nombres de las víctimas. Son muy interesantes. Al Juez le gustaría leerlos.
El detenido no habló, así como un aire acondicionado apagado no provee de aire fresco, o como una lámpara rota no ilumina. El interrogador supo que debía contarle la situación, y lo que podría pasar, pero decidió retrasarlo un poco.
-Mi estimado detenido, creo que debería saber que el Grupo K ha cometido otro asesinato hoy. John Cart no aparece en esta lista. Supongo que usted ya se ha enterado de ello. Tiene buenos informantes. ¿Quiénes son? ¿Pertenecen al grupo?
Así como un globo no flota sin aire, el prisionero quedó en silencio.
-Creo que fue una mala idea iniciar la carrera criminal de pequeño. No deja tiempo para mucho, y de ello sólo queda una mente trastornada. Hubiera sido un buen ciudadano si no se hubiera metido con la pandilla de su barrio, y tal vez hubiera podido aportar esos conocimientos sobre artefactos.
El detenido no sabía qué decir. ¿Cómo lo supo?
-Si nos ayuda, tal vez se lo cuente.
Y bajó la cabeza, dando señales de que no iba a cooperar.
Entonces, el interrogador se retiró. Fuera de la sala, dijo a los que estaban allí que no podía hacer más. Fue en ese momento cuando un oficial vino con un teléfono. Dijo que era una persona importante. La voz de alguien conocido llegó a sus oídos.
-Alfredo, tenés que soltar a Sam. Él es inocente. Andamos tras la misma pista. El Grupo K ha cometido un asesinato que no nos benefició en nada. John Cart era un buen contacto político dentro del sistema judicial. Mi amigo, yo lo envié para que buscara a nuestro informante del barrio y nos dijera lo que sabía. Según él, Sam corrió al verlos ya que pondría en peligro los papeles, que no debieron caer en tus manos. No es un ladrón.
-Antonio, no es mi trabajo dejar pasar cualquier delito de cualquier criminal sólo por pertenecer a tu agencia.
-Sam no es un ladrón, y no te estoy pidiendo que dejes pasar el delito. Él no cometió ninguno.
-Seguro que trabajando para vos comete demasiados.
-Bien, te tengo un trato que podría darte confianza.
-Soy todo oídos.
-Si dejás a Sam libre, haré todo lo que pueda para encontrar al Grupo K.
-Eso ya lo estabas haciendo.
-Un policía debe respetar la ley y castigar al que la pasa por alto. Sam no lo hizo. El Grupo K sí. Dejalo ir, y él trabajará a tu lado.
-De acuerdo. No lo hago por usted, sino por el bien común.
-Claro, mi amigo. Decile las siguientes palabras: “El Don te pide que ejecutes la ley antisocial número tres.” –dijo, y cortó.
-¿Qué pasó? Le preguntó el oficial McGiff, quien se hallaba observando al detenido.
El detective Alfredo no le respondió. Entró directamente a la sala, y le dijo al interrogado que podía irse, y que su Don había hecho un trato con él.
-No le creo.
-Yo supongo que debería ejecutar la ley antisocial número tres.
El detenido no podía creer que su jefe haya hecho un trato con la policía. Murmuró para sí que eso rompía un código, pero también se dijo que no tenía otra salida. Estrechó la mano con el policía, diciendo su nombre:
-Sam Duergar.
-Alfredo Volvar. Mirá, voy a mandar que te lleven a tu casa, donde descansarás hasta mañana. Espero que tu jefe no rompa su palabra, y que trabajes a mi lado.
Así, saliendo de la comisaría, el ex-detenido fue escoltado hasta un auto policial, el cual lo llevó a su “hogar, dulce hogar”, donde fue echado del automóvil por su conductor, que parecía estar de muy mal humor. Volvar tenía miedo de que le tomaran el pelo, y pidió en secreto a unos policías que patrullaban el lugar que vigilaran al liberado. Si de verdad el Don quería ayudar, él vendría al día siguiente a la comisaría.

La mañana no trajo más que sol y nubes. Sam se despertó a las 9:30, horario de su despertador. El Don le había pedido personalmente por teléfono, unos minutos después de haber llegado a su casa, que ayudara a los polis. Tenía el informe en la mesa de luz, y decidió llevárselo con él. Podría ayudarle.
Dejó su hogar y tomó un taxi en dirección a la comisaría. Sam iba a ese lugar por su propia voluntad. ¡Qué extraño! Pero finalmente apareció algo que era de todos los días, un taxista contando su vida a su pasajero:
-Y finalmente llegamos a Carlos, es un buen muchacho. Juega béisbol, y le gustan mucho las matemáticas. Tiene 10 años, ¿sabía? ¡Ah! Me acuerdo que cuando tenía esa edad no me gustaban los deportes. Miraba a veces el patio, pero los deberes del colegio eran demasiados. ¡Oh! También viene a mi memoria una escena épica y original: El Ramírez volvía de una fiesta, donde fue arrojado a una piscina vestido de ropa formal… Jaja, nos reímos bastante. Hablando de reirse, ¿sabe cuándo fue que Carlos comenzó a hablar, y cuál fue su primera palabra?
-Lo imagino. –Dijo Sam, bostezando. –Seguramente al año, y su primera palabra fue “payaso”. Es muy inteligente, y demasiado interesante esta conversación para mi gusto. Hablemos de... Cultura, y sociedad. Un tema muy habitual en las charlas de caballeros. ¿Sabía usted que el colegio 5to fue fundado por la misma persona que fundó el 6to?
Lo próximo que pasó fue que el pasajero salió disparado del taxi, y que su conductor lo abandonó en el medio de la calle.
-Mirá el lado bueno, mi Sam: -dijo para sí, levantándose y limpiando su traje negro– no pagaste el transporte.
Desde esa calle, siguió caminando derecho hasta que llegó a la comisaría, justo cuando Volvar estaba por irse. Éste lo invitó a su auto, y su antiguo interrogado aceptó.
-Creí que no vendrías.
-Ah, no es nada. Un problema con los taxistas de hoy. ¿Adónde vamos?
-Se han oído disparos cerca de un estacionamiento. Los móviles ya están allí, y han encontrado a un hombre asesinado... Vamos a la escena del crimen.
Sam no respondió, pero tampoco habló durante todo el trayecto. Cuando llegaron, no se levantó de su asiento hasta que el oficial se lo pidió, como prueba de que no quería estar aquí.
Mientras caminaban hasta la escena del crimen, el detective inició una conversación.
-¿Qué decía el informe?
-Que es un servidor de la justicia. Con lo que el informante describía, el secuestrador se hacía llamar “El Justiciero”. Con algunos contactos extra, averiguamos que las víctimas son todas personas que trabajaban en los juicios: abogados, jueces, usted sabe.
Llegaron entonces a una escena de tortura total. Luego de haber cortado a la víctima con un cortaplumas, como detectó Sam, quien claramente veía en sus brazos y piernas, “El Justiciero” le disparó en el estómago y el hombro. Al final de todo, lo ató con unas esposas largas alrededor de una de las columnas que sostenía el lugar. A la izquierda de ese soporte, había un solo auto con la puerta abierta que mostraba señales de lucha en forma de sangre.
-Esta sangre no es de la víctima. -dijo Volvar. –Claramente se ve que intentaba cerrar la puerta y huir, pero el victimario no lo permitió, poniendo su mano impidió que se cerrara, pero le dejó una gran herida.
-Detective. –llamó un oficial. –Tenemos una pista.
-Yo diría varias. Por cierto, señor Duergar, este es mi amigo y compañero McGiff.
Sam le estrechó la mano, pero hubiera jurado que lo conocía.
-¿Lo conozco? –preguntó el oficial.
-Su cara me suena. ¿Fue a un juicio alguna vez?
Volvar soltó unas risas al aire.
-Él no atestiguó contra usted ni nada, si eso quiere decir.
-Pero su cara me sigue pareciendo conocida.
-Y la suya a mí.
El detective los interrumpió:
-¿La pista era?
-Ah, sí... Síganme.
Siguieron a McGiff hasta el cuerpo de la víctima y, con guantes puestos, éste sacó una tarjeta blanca con letras negras de su bolsillo. Decía “Muerto en un acto de Justicia”.
-Varios son los homicidios, y esta tarjeta se ha repetido en todos. Es obvio que el que comete todos estos crímenes es el mismo grupo de personas.
-Ya sabemos eso, McGiff... ¿Es la única pista?
-Mire alrededor... Esto es una sopa de pistas, pero ninguna nos lleva a algún lado.
Volvar dio vuelta la mirada hacia Sam.
-Tal como yo lo veo. –dijo este último –Este torturador y asesino tiene algo en contra de la Ley. En cierta forma, la ata con sus propias esposas, y se cree superior a cualquiera.
-Interesante. –comentó el detective –Muy interesante. McGiff, ¿podés hacer un reporte de la escena mientras acompaño a nuestro amigo hasta la comisaría?
-Por supuesto.
Cuando comenzaron a avanzar hacia la salida, oyeron un ruido de pasos, como si alguien se moviera por los ductos del aire. Volvar sacó su arma y, mediante señas, le pidió a su nuevo compañero que hiciera lo mismo. Sam tenía una y poseía licencia, así que la elevó para colocarla en posición de disparo con precisión...
El sonido avanzaba hacia el exterior. Subieron la rampa de acceso y perdieron al hombre. El detective pidió que revisaran esos lugares en busca de alguien. Si el asesinato se produjo hace pocos minutos, podía ser que el hombre aún estuviera en el lugar cuando el primer móvil policial llegó. Su conductor, el primer policía en pisar terreno peligroso, era McGiff. Volvar pidió los datos sobre lo que había oído.
-Oí un disparo y vine corriendo, es decir, a toda velocidad con el móvil hasta aquí. Habré tardado tres minutos, pero cuando llegué reporté el homicidio.
-¿No viste una sombra moviéndose?
-En realidad sí, pero cuando me fijé era sólo una de las columnas que se movía con la luz de mi linterna.
-Esto es muy sospechoso. Una sombra que se mueve en la oscuridad, rodeada de culpa y por policías, intenta escapar. No ve otra salida que la ya vista. Ahí viene nuestro informante.
-Detective, no hay rastros en los ductos de ventilación. Debió haber oído mal.
McGiff sacó su arma y salió corriendo hacia la entrada, gritando que vio algo. Volvar y Sam lo siguieron. Afuera, vieron a su hombre correr. Alfredo pidió que lo siguieran con una patrulla mientras el compañero del inspector y su ayudante lo perseguían.
-Ya no estoy para estas corridas. –se dijo.
La calle estaba vacía, y el objetivo iba corriendo a una velocidad sorprendente. Sam y McGiff se separaron en un callejón. Sólo había dos salidas, y esas dos comunicaban a dos callejones sin posible escape.
El trabajador poco legal del llamado Don debía capturar al desconocido criminal para los polis. El callejón elegido estaba oscuro y podía ser presa fácil de aquella a la que perseguía. Levantó su arma y, alerta, avanzó. Afinó los oídos para escuchar mejor y siguió con su marcha lenta. Miró a la izquierda, un edificio poco conocido y muy antiguo. Se acercó e intentó abrirlo. –Puerta cerrada– Uno menos... Miró a la derecha. Veía la parte trasera de una casa de video. Cerrada también. Avanzó más y, mirando la última puerta de la izquierda, comprobó que estaba con llave. También, a su derecha, no halló mejor suerte en aquellos otros lugares. Miró al cielo, pensando que su enemigo podía caer de allí, y se extrañó... ¿Debería estar con el otro policía?
McGiff ya había revisado todos los lugares, y se proponía a volver, cuando Volvar le llamó al celular. La llamada lo entretuvo, pero no dejó de estar alerta. No era nada. Sólo quería saber si estaban vivos aún.
-El Grupo K sólo se digna a matar a la gente en su lista. –se dijo.
Sam Duergar salió corriendo buscando al hombre azul, sin prestar la más mínima atención por si en verdad su presa caía del cielo y se convertía en el cazador. Estaba llegando al final. Si el policía ya estaba muerto, no sería su culpa; por lo menos habría intentado salvarlo. Algo grande cayó sobre él, como un saco de arena, y lo hizo tirarse al piso, antes de salir del callejón. Como si fuera la muerte misma, el victimario cayó prácticamente del cielo y avanzó hacia él, con su arma lista para disparar.
-No permitiremos que te entrometas en los asuntos del Grupo K.
-Pequeño Sam, no deberías haberte metido en esos asuntos. –se dijo a sí mismo.
Cuando ya el victimario estuvo a punto de disparar, McGiff apareció de la oscuridad y apretó su gatillo. Su blanco esquivó las balas como si fuera en verdad una sombra, y desapareció en las tinieblas que rodeaban el lugar. El policía ayudó al caído quitándole el saco de arena. Éste no vio a la cara de su enemigo, porque había caído boca abajo, pero reconoció su voz, aunque no sabía su nombre.
El móvil policial llegó. Preguntando por la tardanza, se excusaron porque hubo un pequeño tráfico en la salida del establecimiento por los autos policiales. Subieron y volvieron a la escena del crimen.
Volvar les pidió los hechos, y ellos se los contaron. Sam incluso comentó que reconoció la voz del hombre, y que tenía una idea de quién era el culpable. Se conocieron hace mucho, y era un ex-presidiario. Fue su amigo en la cárcel, pero debía ayudar a los polis, y eso significaba averiguar si era en verdad él. No tenía la menor idea de su nombre, pero estaba seguro de que éste ex-presidiario era el causante de todo.
El Detective y su ayudante decidieron volver al Cuartel General de los Azules (CGA) para comentar todo y ver si podrían encontrar al enemigo buscado.
No hablaron durante todo el trayecto, y cuando llegaron a destino, Sam no corrió para terminar con todo eso de una vez. Entraron a la comisaría y pidieron revisar el archivador. El detective le preguntó por la persona que tenía en mente.

-El líder del grupo es un ex-presidiario. Lo conocí hace un par de años. Había robado una joyería con su hermano menor. Un policía los vio y los detuvo. Les declararon seis años en la cárcel. Eso fue lo que oí. Pero fue dentro donde supe y viví la historia oscura que pasaría: su hermano fue interrogado por los guardas de la cárcel, hubo un guarda que creyó que le tomaba el pelo, y le dijo al director de la cárcel que planeaba hacer un motín. Lo torturaron hasta matarlo, y el que ahora comete estos delitos es este hombre que perdió a su hermano. Les hace revivir lo que él pasó.
-Sorprendente. ¿Cómo sabe todo eso?
-Estaba en una misión para la misma pandilla que usted mencionó. Lo conocí como un amigo, y supe de su trágica historia.
-¿Por qué debería ser él? Podría ser otro, a quien le hubieran hecho algo parecido.
-Simple. En prisión, luego de la muerte de su hermano y por la noche, robaba las matrículas en blanco que les hacían hacer, y escribía en letras más pequeñas “Muerto en un Acto de Justicia”.
-Impresionante. ¿Pero no sabe el nombre?
-No tengo idea. Sé que ahora, aunque parezca irónico es policía.
-¿Sabe cómo era?
-Creo que tenía ojos verdes, el pelo cortado, una nariz corta, y orejas grandes.
-El pelo cortado lo tienen todos los presidiarios.
-No todos... –dijo y se señaló a sí mismo.
Un hombre hacía señas afuera de la oficina, y Volvar las contestaba. En cierto momento le dijo a su ayudante:
-Bien, espéreme acá que debo atender unos asuntos.
Sam no sabía qué hacer, ni qué lo había llevado hasta ahí. Pero, de todas formas salió de la comisaría. No le gustaba el olor a Ley, ni fraternizar con su enemigo. El Don lo había querido así por algo, y él se limitaba a cumplir órdenes.
Cuando Volvar salió de la comisaría, su ayudante no se acercó ni alejó. Éste fue a él, diciéndole que lo estaba buscando por toda la comisaría:
-Otro asesinato. Esta vez cayó un guarda de la cárcel, quizás el mismo que usted cree que torturó al hermano del victimario. Tenemos a nuestro hombre, pero nos falta el nombre. Vamos a la escena del crimen a ver qué podemos sacar de esto.
Y partieron a la escena del crimen, en una heladería, más precisamente en el congelador gigante que esa heladería poseía.

En el lado exterior parecería común si los autos policiales no estuvieran allí. Caminaron hasta el gran congelador, guiados por el encargado. Abrieron la puerta del enorme bicho congelante. Así, la escena del crimen se mostró ante ellos.
-Todo está tal y como yo lo hallé. –dijo el guía –Dejé al hombre congelándose debido a que los helados se derretirían si apagaba el congelador.
-¡Excelente! –exclamó Volvar -Ahora, por favor, puede sacar su mano de esa puerta.
-¡Oh! Disculpe. –dijo el encargado, quitando la mano rápidamente.
-Si fuera tan amable, ¿podría dejarme aquí con mi ayudante?
-Por supuesto. Estoy adelante, si me necesita.
El hombre tenía algo raro. Cuando se iba, murmuraba cosas como “esto no está nada bien” y metía palabras como “polis” y “dinero” en la misma oración. Dijo, todo en voz baja, que odiaba a un dictador en Arabia, que prefería las obras de teatro a las películas, y que los demócratas tenían la culpa de todo. Finalmente, se alejó.
Fue entonces cuando pudieron ver el interior del lugar. Volvar pasó polvo policial (de esos que obtienen las huellas digitales) sobre la puerta de la heladera, para luego poner un papel especial y guardar la huella en una bolsa de pistas. Miró a Sam y dijo que podría servirles.
Un hombre estaba tirado en el suelo, congelado y desangrado en sus muñecas y piernas, con una herida de bala en el hombro derecho y otra en el estómago. La misma tarjeta de siempre tenía escritas las mismas palabras “Muerto en un acto de Justicia”.
Examinaron de cerca la escena del crimen y encontraron, para su sorpresa, el documento de la víctima. En todas las otras escenas de un crimen no se hallaron documentos que facilitaran la búsqueda de los asesinados. Siempre el Grupo K hacía las cosas discretamente, o bien dejaban un mar de pistas que los desorientaban de una manera tal que nunca sabían bien cómo se había cometido el crimen. En el estacionamiento nadie supo explicar por qué sólo había pistas que conducían en un camino, y no en varios. Quizás fuera porque el Grupo estaba terminando su sucio trabajo, o porque se cansaron de hacer las cosas bien. Sea lo que sea, a Volvar no le gustó para nada.
-No parece que el Grupo K haya cometido este delito.
El guarda no estaba atado con esposas a nada, ni siquiera a una caja. Los asesinos se las habían arreglado en todos los lugares (posibles e imposibles) para cumplir con su señal de dejar atada a la ley con sus propias esposas.
Sam revisó el documento:
-Jack Than, de Inglaterra, nacido en 1975. Conozco a este hombre...
-¿Es el que mató al hijo del líder del grupo?
-¿Hijo?
-Hijo no, hermano. Vos me entendés.
-Cada segundo me cuesta más.
-Bien, aprendé a entenderme. Así vas a tener menos problemas.
-Dejemos esto. Interroguemos al encargado.
-Bien, vamos. Pero, ¿es en verdad el que mató al hermano de este grupo?
-Creo que sí. A ver... –pensó Sam –Jack Than... Jack Than... Guardia... No, no recuerdo claramente, pero es él. Estoy seguro.
Cerraron la puerta del congelador, y Volvar tomó un teléfono celular. Lo utilizó unos minutos, hasta llegar al punto de sonreír. Luego, marcó un número.
-¿Marlon? Dile a tu madre que llegaré tarde al almuerzo, y que es posible que no vaya.
Una voz le respondió, y Volvar continuó la conversación hasta que el encargado se acercó para ver si necesitaban algo. Entonces, colgó:
-Llamaré luego... –y dirigiéndose al hombre: -Caballero, ¿cuál era su nombre?
-Earl Poss.
-¿De dónde vino usted?
-De Francia.
-¿Y su edad?
-Veintiséis.
-Eso significa que nació cerca de 1976, ¿verdad?
-El siete de febrero, más precisamente... ¿Tiene alguna razón este interrogatorio, señor?
-Claro que sí. No hay que descartar nada.
-¿Pero de qué le sirve saber de dónde vengo, mi edad o la fecha de mi nacimiento?
-Me ayuda a conocerlo. Ahora, por favor, ¿podría describir las condiciones en las que encontró a este pobre hombre?
-Por supuesto. Estaba atendiendo a unos clientes cuando decidí revisar la nueva mercancía.
-¿Mercancía? -preguntó Sam.
-Sí, unos litros de helado artesanal recién hechos, que había llegado hace poco. Fue entonces...
-¿De qué sabor? –quiso saber Volvar.
-Varios, vainilla, frutilla, ananá, manzana... Ehmm... Creo que también había limón...
-Me gusta el limón. ¿Tiene un poco de ese helado? –interrogó el detective.
-Ahora no. Se descongeló cuando entré a ver al hombre, a ver su estado cardíaco, y esas cosas. Pero no había nada que hacer.
-¿Es médico? –inquirió Sam.
-No, pero cualquiera puede saber si alguien está vivo o muerto tomándole el pulso.
-Continúe, por favor.
-Bien... Fue entonces, decía, cuando me acerqué a este... Lugar. Y escuchaba voces... Cosas como “tú lo mataste” o “recuerda ese nombre en el infierno”. Y luego un grito aterrador. Y... Y la gente se asustaba y corría de mi negocio. Y entonces entré para ver qué había pasado, y vi a este señor tirado en el suelo, desangrado... Intentando sobrevivir... Pero cuando fui al teléfono a llamar a emergencias oí un disparo de pistola. Entré para ver qué había pasado y hallé al pobre hombre que, en su dolor, se había suicidado.
-Ahá. Espéreme un momento fuera del negocio. –dijo Volvar al encargado y, cuando se fue, a Sam: -Revisá cuántas salidas tiene este lugar. Yo tengo que ordenar algunos datos.
Sam hizo lo que le pidió. Investigó cada corredor de esa pequeña heladería y no halló más salidas que la que había en el frente del negocio. Volvió con el detective y le informó de lo sucedido.
-Si hay una sola entrada, -respondió el policía -y por tanto, una sola salida, es claro que el asesino entro y salió por el mismo lugar, o sigue adentro. Investigué unos informes de testigos, que decían que oyeron un disparo... –hizo una pausa –Tenemos un sospechoso, pero debemos oír la historia de él. Acompáñame a la salida, donde nuestro encargado nos espera.
Allí fueron. El encargado los esperaba afuera. Volvar tomó unas esposas, y le dijo que no opusiera resistencia. Luego de decirle sus derechos, lo llevó a un auto policial, diciéndole al conductor que lo llevara a la comisaría. Tras esto, se metió en su propio auto, junto con Sam y fueron hasta allí.
Una vez en la sala de interrogatorios, el encargado se hallaba sentado en una silla, atado, nervioso, rezando a un Dios de una religión que nadie conocía. El detective y su ayudante temporal lo miraban desde el vidrio que no dejaba ver.
-Nunca creí que podría ver a alguien de este lado.
-Pero ahora lo ve. Si me permite... –dijo Volvar, y entró a la sala –Señor Poss, ¿verdad? ¿Por qué nos ha mentido?
-¿De qué habla? –Preguntó, siempre nervioso.
-No había gente en ese negocio a esas horas, y lo confirman testigos cercanos al lugar. Oyeron un disparo, pero nadie salió de la heladería.
-Debieron ver mal. ¡Les digo que salieron!
-Segundo punto... Dijo usted que no se podía comer helado porque estaba descongelado... A lo que vino una pregunta a mi mente. ¿Puede el helado descongelarse en cinco minutos, diez como mucho? Es el tiempo máximo que usted podría haber tardado en tomarle el pulso al hombre y confirmar su fallecimiento. Y luego debió llamar a la policía, para confirmar el crimen. Para ese entonces, el helado debió haberse congelado nuevamente. Además, ¿Impide que “el helado esté medio descongelado” el poder comérselo?
-¡Pero el hombre! ¡Pudo haberse suicidado! ¡No es mi culpa!
-Continuando el segundo punto, revisé la mercadería dentro, y no había helado de limón. Tenía ganas de probarlo, pero no lo hallé. Luego, investigando, averigüé que no pasó ningún camión que llevara helados por esta zona.
-Pero...
-Tercer punto. El hombre fue asesinado y cortado. Encontré un pequeño objeto cortante y me fijé en las huellas digitales. Cuando usted apoyó su mano en la puerta, dejó otra huella. Envié ambas a una central de policía y recibí el informe de que coincidían.
-¡Pero yo toqué el objeto cuando fui con el hombre!
-¿Tiene algo que decir a su favor?
-¡¿Cómo podría saber yo el diálogo que hubo dentro del congelador?! –exclamó.
-Pudo no haber diálogo.
El detenido se quedó con la boca abierta. Luego de un tiempo, Volvar insistió en que lo llevaran a la cárcel, tras lo cual, se negó, pataleó y gritó:
-¡Confieso!
Volvar se acercó y pidió que lo soltaran. Entonces, le pidió que dijera lo que tenía que decir.
-Un hombre entró al negocio, y dijo que sabía que ese guardia venía seguido. Me ofreció dinero por matarlo en el congelador. Yo me negué. Pero él tuvo sus técnicas de persuasión:
“-Si no aceptás el trato, tendré que tomar medidas desesperadas: matarlos a ambos.” -Tras lo cual pensé que me convendría: -¿Qué... tengo que hacer?
-Lo llevás al congelador y nos dejas solos. Primero, lo apagás, y haces todo lo posible por retrasarlo hasta que esté a temperatura normal. Te estaré vigilando. No hagas nada raro.”
-Fue entonces cuando entró el guarda. Dijo que quería un helado, pero yo le respondí que se estaban congelando en el congelador. Lo distraje hasta que pasaron 30 minutos. En ese momento, lo llevé a que me acompañara, y allí vio al asesino. Él lo llevó adentro, y lo iba torturando. Se oían frases como “tú lo mataste” y “Carl, recuerda ese nombre en el infierno” mientras yo me estaba traumatizando afuera. Luego de un largo tiempo, oí dos disparos, y el hombre salió del congelador. Me pidió que lo prendiera y que hiciera como si todo pareciera normal, y que llamara a la policía diciendo que hubo un asesinato. Me pidió una salida y le señalé un pasadizo secreto en la heladería que tenía por si los ladrones estuvieran afuera sitiando mi negocio. Salió por ahí y no lo volví a ver.
Volvar hizo un gesto, y se lo llevaron. El encargado gritaba que no era culpable del asesinato, y que el verdadero homicida lo había obligado a ocultar todo, diciéndole que sabía dónde vivía (Sí todo eso le gritó). Entonces volvieron a la oficina de Volvar, y allí conversaron:
-El hombre es inocente. –dijo –Este asesino no dejó la tarjeta ni robó el documento para inculparlo y desviar el rastro. Una jugada típica de este Grupo M... Deberían llamarse así, por Misterioso...
-No es un grupo. Es una sola persona.
-¿Y cómo dedujiste eso?
-Carl es el nombre de uno de los dos hermanos, y el otro es Conrad. No sé cuál está vivo, pero es algo. Sus nombres son Carl Neill y Conrad Thompson. Él se hace llamar “Grupo K” porque el espíritu de ambos está en la K, que tiene igual fonética, o parecida que la C... Así es, la K no es nada más que una letra que reemplaza a la C. Eran hermanos, y tenían diferentes padres, pero eran muy unidos, como un Grupo... El Grupo K. – (Si, si. Tranquilo Sam. No te alteres, ya te entendimos.)
-Excelente. Tenemos nombres. Ahora, ¡hacia al archivo penal! –
Revisaron los archivos de la computadora mediante un buscador. Un perrito vestido de Sherlock Holmes caminaba por la pantalla y sacaba como pistas de un suelo color pantalla. Lo examinaba con una lupa y lo dejaba. Al final de la búsqueda, dos archivos aparecieron destellando: Carl Neill y Conrad Thompson. Volvar entró en uno de ellos y comenzó a revisar el de Neill. Buscando minuciosamente, encontró algo, y leyó en voz alta:
-“Fue hallado muerto de hemorragia en su celda la mañana del 28 de agosto del año 2000, dos años antes de que terminara su condena. Un examen forense detectó un tiro de una calibre 22 en el hombro y otro en el estómago, y varios cortes graves en los brazos y piernas debido, según el especialista, a la influencia de un cortaplumas...”
-Thompson es el culpable. –dijo Sam. –Ahora lo recuerdo, cuando halló a su hermano así al despertarse por la mañana. No fue un espectáculo muy bonito que digamos. Él sabía que lo habían llevado por la noche en secreto cuando ya era muy tarde. Yo era su compañero de celda. Fui su amigo desde entonces, pero nunca supe bien su nombre.
-Dijo que era policía, ¿verdad?
-Sí.
-¿Cómo lo sabe?
-Salí un par de días después de él. Me dijo que dejaría su carrera criminal, y que les enseñaría a los practicantes de la Ley cómo se debería comportar un verdadero azul. No lo vi desde entonces.
Volvar volvió su atención a la computadora. Volvió a buscar el nombre Thompson, y halló dos archivos: el penal y el actual. Antes de que hiciera algo, McGiff se le reportó y pidió el irse a su casa. El detective aceptó:
-Te lo debía. Ya no quiero ningún problema, ni saber nada sobre los calamares, ¿de acuerdo?
-Sí, mi amigo.
Entonces se retiró, y el policía compañero de Sam volvió a la computadora, abrió el documento, y dijo:
-¡Comisaría número 12! ¡Es el comisario!
Sin apagar la máquina, salió corriendo del lugar. Sam esperó hasta que el documento se imprimió y lo siguió, sin ganas, como siempre.
-¡Vamos, rápido! ¡Debemos irnos! –gritó el detective –¡Son las 15:38! ¡Todavía podemos detenerlo!
Subieron al auto policial y emprendieron el camino hacia su destino. Pero no veían lo que ocurría, o tal vez no les interesaba: una pequeña camioneta roja los seguía.

Fueron las 15:49 cuando llegaron a la CGA. El que parecía seguirlos siguió su camino, y si lo vieron, sólo les pareció un auto más. Volvar entró a la comisaría muy apurado, y pidió que el oficial Thompson se le reportara.
Un hombre vestido de comisario (¡qué extraño!), con el pelo corto, unos ojos celestes, una nariz corta y orejas grandes se le acercó, y pidió la razón de ese llamado.
-Señor Thompson, necesito que venga a ver una escena del crimen. Puede que le interese. –dijo Volvar.
El oficial lo siguió, con el aspecto más natural del mundo. Subieron al auto y viajaron hasta la heladería, que se hallaba casi vacía. Un móvil policial hacía guardia en el lugar.
Descendieron, y entraron al lugar. Abrieron el enorme congelador y hallaron las líneas blancas propias de los asesinatos.
-Llegamos muy tarde. –dijo Sam.
-¿Qué quería mostrarme, detective?
-Había aquí un hombre, llamado Jack Than, ¿lo conoce?
-No creo.
-Revisando su archivo, encontré que tenía usted un hermano.
-Sí. Lo asesinaron cuando estábamos en prisión.
-¿Qué lo llevó allí? –preguntó Sam.
-Es mi ayudante. Responda la pregunta, por favor.
-¿A prisión? Es un capítulo vergonzoso de mi vida...
-¿Qué lo llevó a prisión? –repitió.
-Robamos una joyería. Un oficial nos vio y nos detuvo.
-¿Cómo murió su hermano?
-¿¿Acaso debo responder a esto?? ¿¿Me trajo para hacerme preguntas dolorosas de mi vida??
-Responda, comisario.
Hubo una pausa.
-Lo mataron en la cárcel. Fue un guarda.
-Este hombre era un guarda de la cárcel, ¿sabía?
-¿Than dijo que se llamaba?
-Sí.
-Bien. Si le interesa escarbar en mi doloroso pasado, él mató a mi hermano.
-¿Por qué no lo dijo en un principio?
-A ver, ¿tiene padres usted? ¿¿Cómo murieron??
-Limítese a contestar, comisario. –dijo Volvar.
-Amigo mío... No quiero tener que recurrir a la violencia... Lo conocí en la prisión, era su compañero de celda.
-¿Entonces para qué pregunta todo esto?
-¿Por qué se hizo policía?
-¡Para hacer ver cómo debería comportarse un verdadero hombre de la Ley! ¡Para demostrarle a estos... asesinos... que se puede aplicar la ley sin torturar, ni matar a nadie!
Sam no reconocía a este hombre. No era Conrad Thompson, y de eso estaba seguro.
-¿Sabés quién soy? ¿Te acordás de tu compañero de celda?
-No... Pero veo que también te hiciste policía.
-No estoy tan acuerdo con eso. Mirá, lamento lo de Carl, fue un buen hermano menor.
-Sí. Lamentarlo no basta.
-Lamentar la pérdida de un hermano no es suficiente. ¿Pero de qué te lamentás vos?
-¿Qué quiere decir?
-Amigo mío. Conocía a Conrad Thompson, una persona como usted. Pero un hombre con ojos verdes...
-Jah, sos de esos que sólo me vieron con los lentes de contacto.
-Conrad Thompson me dijo bien claro que no utilizaba lentes, y que prefería quedarse ciego a utilizarlos, y vos no sos Conrad Thomson.
-¿Cómo podés decir eso?
-Porque, simplemente, el informe que tengo –dijo Sam, sacando el informe que había impreso en la oficina de Volvar -dice bien claro que Conrad Thompson tiene ojos verdes, y el informe médico de la cárcel dice que no ha necesitado nunca, ni necesitará en un largo tiempo el uso de lentes. Todo esto apunta a que mentís, y que sólo sos un peón en el juego del Grupo K.
-¡Yo no pertenezco a ningún Grupo K!
-¿Quién fue tu padre?
-John Thompson, ¡el mismo que el de mi hermano! ¡Te contestaré hasta el hartazgo todo lo que me preguntes hasta que me creas inocente!
Volvar se interpuso entre los dos:
-Queda arrestado. Conrad Thompson era hermano de Carl, pero no tenían los mismos padres.
-¡¡QUE YO SOY CARL THOMPSON!!
Sam sonrió:
-No existe tal persona, impostor. –Dijo. (Bueno, tal vez si busca en la guía. Pero no está dentro del relato.)
-¡Arréstenlo y llévenselo! –gritó Volvar a los policías que hacían guardia.
El hombre gritaba con voz fuerte que no era culpable, pero de nada servía. Todo estaba en su contra. Cuando se lo llevaron bien lejos, el detective felicitó a Sam por su comportamiento. Pero lo que estaban intentando evitar no había terminado aún. Eran las 16:02, y Volvar se dijo que no había tiempo. No conocían el blanco, y tardarían varios minutos valiosos saber cuál era. Para entonces, Conrad Thompson habría completado su venganza.
Sam abrió su traje y sacó un informe: el mismo que había recogido de la mesa en su casa, el mismo que el informante del Don le había dado y, tal vez, el único que podría salvar el día.
-Están tachados los nombres del juicio en que todas las víctimas participaron, menos los dos que quedaron. –dijo –Veamos... Jack Than ya no está con nosotros, por tanto no puede ser la próxima víctima. Sólo queda un nombre... ¡Ahá! El oficial que los vio robar la joyería, el mismo que atestiguó contra los hermanos.
-¡McGiff! –ladró Volvar.
-¡Ya sabía yo que lo conocía de algún otro lado! ¡Del juicio! ¡Por supuesto! Mi caso seguía luego del de Thompson, me pusieron 6 años y 20 días, ¡qué error en el sistema judicial!
-Si no le importa, mi amigo, son las 16:07 y me gustaría atrapar al culpable.
-Descuide.
-Entonces... –dijo Volvar cuando emprendieron las corridas al auto –McGiff vive a 30 minutos de este lugar, en su casa, claro está. Si Conrad continúa con sus 6 horas de diferencia entre los asesinatos, éste ocurrirá a las 16:30.
-¡Imposible! ¡No llegaríamos! –gritaba Sam.
Volvar le ordenó que condujera el vehículo. Gritaba que había una opción, y que ésta era algo que no le gustaría mucho.
-¡No, no, no! ¡¡No quiero problemas con eso de pasarse las luces rojas y andar a 120 km/h!!
-¡Es la única forma!
Sam prendió el auto, y comenzó a andar en la calle a velocidad normal. Pasó un minuto hasta que se decidió, apretó el acelerador y dijo:
-De acuerdo, lo haré.
Iban corriendo por la carretera, cuando Volvar le mencionó algo sobre evitar el hacer una “Maniobra profesional de conducción”, que Sam ignoró. El reloj de Volvar marcaba las 16:10 cuando la velocidad del auto llegó a los 80 km/h...

McGiff escuchó un ruido fuera de su casa. No fue a investigar, ¿y si era el asesino? Quedaba él, sólo él... Todavía no entendía por qué se fue a su casa.
Ese psicópata lo iba a torturar y asesinar en la heladera, como a ese pobre guardia, o tal vez lo encierre en su auto y haga explotar una bomba. ¡O peor! Lo cortaría en trocitos y luego lo vendería como carne por la calle. Mientras más lo pensaba, más se asustaba. Era mejor quedarse en casa, quieto.
No había sol, sólo un cielo nublado. No quería morir, no podía... ¡Era muy joven!
Olvidó el ruido, todo, incluyendo al asesino, y miró al reloj. Marcaba las 15:58... Tenía poco más de media hora de vida. Fue a buscar su arma, y la cargó. Esperó allí, en el sillón. Luego, una idea brillante le iluminó el día: había comida en la heladera. ¡Comida! Caminó hasta allí y se sirvió un vaso de agua. ¡NO! ¡Si iba a morir, moriría con un sabroso Whisky en las venas!! Sí, ¡¡Whisky y una comida de reyes!! No había tiempo para calentar, pero no le importaba: o comida caliente o la muerte. Pero dado que la segunda era segura, y no le gustaba para nada, McGiff puso a calentar su comida... Comida, comida de reyes... Sí, y moriría como un rey. Ese asesino lo mataría, ¡¡pero él moriría como un rey!! ¡¡Habría ganado la batalla, y la guerra!!
Tomó los mejores alimentos que tenía en su heladera, y los mezcló con otros. A todos los puso a calentar. Buscó sal, y pimienta, ¡y azúcar! (¿Azúcar? ¿Está loco éste?) ¿¿Cubiertos?? ¡¡Los cubiertos, McGiff!!
Puso la mesa, y se llevó todo lo ya dicho, un vaso vacío y un Whisky de la mejor cosecha. El reloj marcaba las 16:15. Ahora tenía quince minutos para terminar su “última cena”.
Buscó la “merienda” calentada, y se sirvió. Empezó a comer su comida de reyes, y se acordó de que un auto rojo parecía seguirlo. ¿Y si era el asesino? ¿Por qué no lo había matado todavía? ¿Tal vez porque él se apegaba a sus estrictas reglas sobre los asesinatos en un lapso de 6 horas? ¿O para tener una venganza más dulce? ¡Pobre McGiff! ¡Iba a morir! Pensando en el pasado, lamentó estar cuando el Grupo K robó la joyería, y se arrepintió de haber atestiguado contra ellos.
Eran las 16:25. Estaba terminando su comida. Imaginó lo que podría hacer si sobreviviera por milagro, y rió. Cuando terminó, se recostó en un sillón y puso la alarma. Continuó imaginando, viajando al pasado. Trataba de recordar lo bueno, su infancia, sus amigos... Su familia...
El aviso de muerte de la alarma sonó a las 16:29. Le quedaba un minuto de libertad, de vida, antes de que llegara el fin. Sonó el timbre, a eso de las 16:29:32, pero no se molestó en contestar. Si lo iban a matar, ¿qué les costaba ir a él?
Se acercó a la mini-ventana de la puerta trasera y miró el cielo. Se veía que las nubes desaparecían, poco a poco. Miró el cielo, y su mirada se desvió a un naranjo, en su jardín. Un pájaro se subió allí, y un gato lo siguió. Juntos, formaban una sombra siniestra.
Se oyó un ruido silencioso proveniente de ella, y se repitió. McGiff sintió como si le hubieran pinchado con una jeringa, una vez en el estómago y otra en el hombro. Dejó caer su arma, pasó la mano, y vio sangre. ¡Eran balas!
Otro despertador en su casa sonó, y le indicó gentilmente a su dueño que eran las 16:30... El timbre sonó nuevamente. Todo se volvió oscuro; la sombra gato-pájaro bajó del árbol, y se acercó al oficial con un cortaplumas en la mano.
-Carl pasó por esto... Fue tu culpa... –dijo una voz siniestra como su sombra, mientras sonaba el timbre nuevamente –Pagada será ésta... Te presento a mi cortaplumas, el que mató ya a tantos en su vida llena de justicia... Carl... Esta... Es... MI... ¡¡VENGANZA!!
La puerta se abrió con un ruido, y tres disparos sonaron. Todos acertaron al victimario, y este cayó al suelo. Soltó el arma, y no tuvo fuerzas. McGiff se levantó, con dolor, ayudado por Volvar. Sam no dejaba de ver a su compañero de cárcel ya vencido.
-Queda arrestado por asesinato y tortura... Y otros cargos. –gritó.
El victimario gimió, tratando de decir algo como “¿No me va a decir mis derechos?”.
-Lo siento, amigo. No soy policía. –dijo Sam, tomando la pistola de su viejo compañero, y descargándola.
Fue entonces cuando Conrad Thompson supo con quién hablaba. El detective, sin embargo, le dio la espalda, y llevó a su amigo fuera de la casa. Éste intentó levantarse, ayudado por él.
-Tranquilo, todo va a estar bien. Una ambulancia viene en camino.
Sam volteó para verlo. Ahora lo reconocía: era el mismo oficial que atestiguó contra el Grupo K. Otro disparo sonó, pero no le dio a ninguno de los presentes. El enviado del Don volteó y observó a Conrad Thompson con el arma del oficial, apuntando al detective. Pateó la pistola apenas la vio, pero no a tiempo para detener el segundo tiro. McGiff, en el acto heroico de salvar a su amigo, se metió entre él y la bala mortal.
Dio el proyectil en el corazón cuando cayó al suelo, y vio que Volvar le devolvía el fuego. Luego, sus ojos no vieron más. El victimario también recibió disparos mortales, que lo dejaron tendido sin un rastro de vida. Puede que el Grupo K haya perdido la batalla, pero consiguió una victoria mayor: obtuvo su venganza, y ganó la guerra.
-¡McGiff, no! –bramó Volvar.
-No llegué a tiempo de detenerlo. –dijo Sam –Lo siento.
En pocos minutos llegaron los refuerzos. El detective dejó el trabajo en manos del resto de la policía. La ambulancia arribó, y se llevó a los dos, víctima y victimario. Ambos fallecieron, y decretaron la hora de la defunción a las 16:30. Volvar pidió un poco de consideración: que la hora mortal de su amigo fuera a las 16:31, como muestra de que el Grupo no ganó esa batalla.

Pasó el día sin más novedades. A la mañana siguiente, el Don recibía el diario de siempre. Estaba hablando con Sam, diciéndole el buen trabajo que realizó.
-Fue un muy buen trabajo, Sam. Venite mañana. Tengo que recompensarte. –rió, y colgó el teléfono. Puso su atención en el diario y miró los titulares y copetes de las noticias que más le interesaron:



El Grupo K, ¿el líder?
El ya conocido grupo de asesinos seriales ya tiene un líder identificado, de nombre Conrad Thompson.

El fin del Terror
En el día de ayer, a las 16:31, terminó el reinado de terror de este grupo de asesinos.

El héroe
El oficial Marcos McGiff dio su vida por el detective que halló al culpable de los misteriosos asesinatos seriales. Mañana sus compañeros despiden su alma en el cementerio de JorkStyred.

Accidente en la carretera
Un irrespetuoso auto policial que viajaba a 140 km/h fue el causante de un accidente y estancamiento de tráfico en la calle más transitada de la ciudad. Todavía se busca al conductor, y se le tiene una gran multa preparada.

Agente abandona
El detective Alfredo Volvar, investigador de la policía renunció ayer, luego de su aventura con el Grupo K. Comentó a la prensa que prefería trabajar fuera de la policía, siendo su propio jefe.

Policía arrestado
Un oficial de policía que utilizaba un nombre falso fue arrestado por ser cómplice del Grupo K en sus asesinatos. Se le juzgará en una semana, y la sentencia será dura.

-Un muy buen trabajo, Sam. –dijo para sí el Don –Un muy buen trabajo...
Cerró el diario, y procedió a atender una llamada de un teléfono que sonaba. Era un amigo suyo:
-Antonio, –dijo la voz del otro lado –necesito ayuda.
-¿Qué tipo de ayuda, mi compañero?
-He decidido que podríamos trabajar juntos. No quiero tener un jefe: te pido que seamos socios en tu negocio.
-¿Así que optaste por entrar en mi mundo?
-No lo haría si no tuviera otra razón.
-Bien, te veo mañana, en el lugar. Allí hablaremos. De ahora en adelante, no quiero problemas con los calamares, ¿de acuerdo?
-Yo tampoco, de eso no hay duda. Te veré ahí.
-¿Me vas a decir qué te hizo cambiar de opinión, Alfredo?
-Amigo, tal vez un día, cuando conozcas mi mundo, lo sabrás. Hasta entonces, ¡buena suerte!
Y colgó...

Saturday, September 13, 2008

Charlie

Así es el nombre del texto que estrené ante el mundo en el segundo cierre -mi segundo cierre- del taller literario Siempre de Viaje, en diciembre de 2005. Por alguna razón que escapa a mi conciencia, me acordé de él y sentí la necesidad de subirlo. Tengo otro textito por ahí, un poco bastante más absurdo y divertido para mi: se llama ¡Huelgas!, que si no tienen mucho para hacer pueden pasar y leer en http://www.siempredeviaje.com.ar/generos/dragon.htm. No se me ocurre mucho más para decir, así que sin más preámbulos, los dejo leyendo a Charlie.


Nota: leer en tono tranquilo de hipnotizador medio dormido. A la gente le gustó jeje.

    Olvídese del futuro bonito con los autos voladores, la familia Robinson siempre sana y salva y, especialmente, de la comida rápida.
    Olvídese de los animales, el perro lindo que venía a recibirlo, el loro que picoteaba el silencio con sus repeticiones y el típico “cierra el pico”.
    ¿Pensaba en robots, tal vez? Amigo mío, eso quedó en el pasado, pasó a la historia, chau, hasta nunca.
    Probablemente lea usted esto y se asombre al ver que no hay ninguna Matrix, o se impresione al descubrir que no va poder oír nunca el tan querido “Mr. Anderson” de un Smith real.
    Para los artistas, la música se habrá perdido, no habrá comics, la famosa Mona Lisa y las otras obras de arte serán cenizas del pasado. Las películas no se volverán realidad y todo papel con tinta o escritura en él arderá en llamas.
    La verdad más terrible es para el capitalismo, la política y el sistema judicial: no habrán políticos, ni abogados. El comunismo estará por doquier, pese a lo que el tío Sam hizo, haga o hará.
    Los hippies ganarán todas las guerras... No habrán guerras.
    Las arañas tejerán telas más resistentes... No habrán arañas.
    Las personas comerán en restaurantes lujosos... No existirá el lujo, no habrán restaurantes, y las personas serán cosa del pasado.
    La contradicción será eterna mientras no haya contradicción, y si esto contradice a la idea original de la contradicción, será cierto que hay una contradicción.
    Tal vez usted, lector carismático, leyendo esto, se harte de lo que va a haber, pero no va a haber, y pida respuestas concretas que tengan algo de sentido. Eso sería lógico, y puede usted tomar el simple camino de la triste sabiduría o el de la feliz ignorancia.
    Tal vez usted elija el último, y eso sería lógico, así que se deberán resolver unos cuantos interrogantes más.
    Si preguntaba por Elvis, le diré que nadie lo conocerá en un futuro.
    Si lo que quería saber era si habría mariposas, yo le diré que sí y que no.
    En un análisis detallado, usted se dará cuenta de que el futuro es mucho tiempo, por lo que lo puede haber mariposas, pero no habrán luego. Si el lector especificara un poco más, tal vez podríamos guiarlo por un mejor camino.
    Recuerde que en el pasado no había mariposas, y sí habían, pero no estamos acá para discutir el pasado, sino el futuro. El futuro en un futuro próximo o lejano será como el pasado en un pasado próximo o lejano. Verá usted, el tiempo es como un círculo. Un círculo podría ser un segmento cerrado en sí mismo, ¿verdad? Si tomamos a ese segmento como el tiempo, y a sus extremos como pasado y futuro, en la realidad, el tiempo se cierra en sí mismo, por lo que un futuro será igual a un pasado. El inicio será igual al final. Pero como no conocemos ni el principio ni el fin, no podemos saber si eso es cierto.
    Usted dirá ahora que sí conocemos al inicio: el Big Bang, el gong chino del universo, pero yo ahora le pregunto: ¿por qué sucedió? ¿Había algo antes del Big Bang? ¿Está seguro de ello? Y luego usted dirá que todo fue porque Dios quiso que fuera, que no podía haber nada antes del Big Bang porque fue el inicio de todo y que sí está seguro de ello. Entonces yo le presentaré una teoría que en un futuro podría comprobarse (recordemos que yo hablo del futuro y el lector carismático está del lado del pasado): Dicen que el Big Bang es el inicio del universo. Bien, es el inicio del universo... ¿Había algo antes del universo? ¿Tal vez otro universo? Ahora mire los agujeros negros. ¿No cree usted que pueden ser mini-universos? Su respuesta será probablemente un duro y seco “No”, pero yo le haré preguntas para demostrarlo, que usted no va a poder responder del todo, y se quedará con la duda.
    Entonces ahora comprende: El futuro es una eterna duda, así como el pasado. Pero no estoy yo aquí para hablar del pasado, sino del futuro. Ha tomado el camino de la feliz ignorancia, y ahora es tiempo de ir a una triste sabiduría.
    Sugiero que usted se preocupe más por el presente que por el futuro. El futuro está por verse, mientras que el presente se está viviendo. Deje que el tiempo mueva sus cuerdas y lo haga actuar como una marioneta, o lo deje como un maniquí inmóvil.
    Si usted elige este camino, notará que el futuro es una muerte o vida eterna, donde todo es para bien o para mal. Por esa razón usted, lector carismático, aprenderá una lección muy importante, y no estoy hablando de círculos que forma el tiempo consigo mismo, sino del presente.
    Aunque mi misión haya sido la de advertirlo del futuro, yo le daré a usted un consejo amistoso: Si se preocupa tanto por el futuro que vendrá, vaya a dormir que, cuando despierte, estará ahí.
Si no tiene ganas de dormir, entonces será claro que un buen libro puede llevarlo rápidamente al futuro con una dosis de entretenimiento. Si no le gusta leer, entonces no tengo idea de qué hace leyendo este párrafo número veintidós, y lo más probable es que usted vaya a mirar la tele y sintonice el partido de los domingos, o vea Susana en Telefé como hará todos los días. Así que vaya y participe de los concursos a ver si gana algo en algún momento
    Si nada de lo anterior usted tiene ganas de hacer, o no puede hacer por motivos específicos, entonces tome un sobre y coloque en él unos mil pesos (si es más, mejor) y deposítelos en una cuenta de Suiza que luego le diré.
    Si usted ha sido capaz de realizar tal cosa, entonces saldrá a la luz quién es en realidad, y este pedazo de papel le servirá de catarsis y posible psicólogo. Así que siéntese en un sillón con un cuaderno de considerables hojas y comience a autorelatarse su vida.
    En caso contrario, salte con las puntas de los pies y trate de tocar el techo. Si lo logra, participe en un torneo de salto en alto, que capaz pueda ganar algo. Si no quiere saltar, entonces es claro que usted ha perdido el niño que llevaba dentro, y no valdrá la pena seguir leyendo. Si no puede alcanzar el techo, entonces hágase un poco de trampa y ponga una silla, así se sentirá mejor.
    Usted pensará ahora por qué estoy dándole estos consejos. El tema es claro, lo que yo intento es hacer que pueda ir al futuro mediante el entretenimiento de este divertido proceso que le estoy explicando. Si no ha entendido nada hasta ahora, le sugiero que vea a un especialista en psicología.
    Esos son mis consejos. Tómelos o déjelos, pero ya le advertí de que el futuro será muy malo como para tenerlo en un presente. Deje que el tiempo continúe jugando que algún día usted podrá vengarse y reírsele en la cara. Si piensa en eso, entonces es claro que debe ir a dormir ahora... Por eso, lector carismático, siga soñando... Siga soñando.

Saturday, September 6, 2008

La llama que arde en mi

Generalmente cuando me pongo a escribir, pierdo conciencia de la realidad, a veces también de lo que sea que esté escribiendo. Simplemente me dejo llevar y llega el momento en que mi mano se detiene, mis ojos vuelven a tener sentido, recupero la conciencia, y el relato está escrito.

Empecé a escribir en la primaria, historias sin sentido, un volcán que quema una ciudad y la gente que pelea contra él. Un vengador del futuro, Howard se llamaba, con un arma congelante que intenta detener a los malvados volcanes alrededor del mundo.

Ése fue mi primer relato y la inspiración surgió de usar el Word. Un botón mágico que decía Wordart, el cual tenía efectos locos de colores y formas de texto. Lo primero que escribí fue con una gradiente que recordaba al fuego: Volcan. Varios textos más siguieron a éste, cada vez con mayor sentido.

Si había algo que claramente marcaba el próximo relato, eran los juegos que me atrapaban. Prisioner of Ice me mostró criaturas malvadas, prisioneros del hielo, que despertaban y despedazaban todo. Más tarde, el protagonista adquiría un arma congelante y viajaba por el tiempo para conocer su pasado.

Pero hubo un juego que realmente me marcó, por su forma de contar la historia, una obra de arte. Mafia: the City of Lost Heaven. Un taxista llamado Thomas Angelo descansaba una noche luego de dejar a un pasajero y se encuentra con dos mafiosos que escapan de otros, Sam y Paulie. El protagonista evade y pierde a los perseguidores y se sumerge sin intención en el mundo de la Mafia, siendo perseguido por el rival de Don Salieri, Morello.

El juego transcurre mientras él aprende que el camino de la Mafia no está lleno de rosas, que debe ensuciarse las manos para seguir viviendo en el infierno que se estaba desatando. Al mismo tiempo, su conciencia le impide matar a la gente que conoce y aprecia. Traicionando sus órdenes, deja vivir a quienes debía asesinar, teniendo presente que de enterarse, su jefe Don Salieri podría ponerle fin a su propia vida.

Entonces, no podía evitarlo. Tuve que escribir algo acerca de ese mundo, el mundo de la Mafia. Creo que mi historia transcurría en el año 2000, o cerca de él y era una parodia. Mi protagonista, Tommarcelo Cleruzio, apodado como Tom, un nombre que me encantó desde que lo escuché, era conductor de limusinas. Había comprado un arma recientemente con el fin de protegerse en las calles. Mientras caminaba por ahí, escucha ruidos y golpes en un callejón. Era alguien pidiendo ayuda.

Allá por Julio de 2004. Transcurría mi segundo año de secundaria. Eran vacaciones de invierno y recuerdo que Fer me había invitado a un taller literario. Nos encontramos en el abasto, donde fuimos caminando hasta un lugar con varias torres. Tocamos el timbre con un código creo que era 2113 -torre 2, piso 11, departamento 3-. Nos abrieron la puerta, caminamos a la torre dos, tomamos el ascensor hasta el piso once y llamamos al departamento tres.

Karina nos saludó y nos invitó adentro. Nos introducimos -en el sentido de entrar y en el de presentarse-, hablamos un poco y luego Fer y yo empezamos a leer nuestros textos. ¿El mío? Aquel primer capítulo de las aventuras de Tom. ¿El de Fer? Un relato de un montañista preparándose para subir.

Los días pasaron y tuve que volver al colegio. Los jueves, a las 19:30 hs creo. Fer no pudo seguir yendo, ergo, tuve que empezar a ir solo. Me junté con un grupo y cada semana leíamos algo nuevo. Yo continuaba con el relato de Tom.

Llegó el fin de año y había que ir a leer a un lugar. Para ese momento hice un cuento en especial, llamado El Club, que básicamente era cómo me imaginaba que podía ser ese lugar y cómo iba ser leer ahí.

El año siguiente creo que cambiaron el horario a 19:00. Para ese entonces, hacía relatos variados. No me los acuerdo ahora, pero en algún lado están. Ese año, continué el "cuento" del Club, hasta terminarlo con 100 hojas. Haberlo terminado fue sacarse un peso de encima y me dio a entender lo que significaba haber cumplido un sueño. Ese relato espera a que un día lo vuelva a leer para darme cuenta de cuánto cambié desde el momento en que terminé de escribirlo.

Luego del taller literario, ese año empecé a hacer Taekwondo en el Club Almagro, bastante cerca de ahí. Iba martes y jueves, este último día entrando más tarde. Me levantaba a las 6:20 para ir al colegio a las 7:30, quedarme todo el día ahí hasta las 17:20, cuando salía, volvía a mi casa para dejar las cosas del colegio, tomaba un descanso y luego partía para el taller. Apenas salía de ahí, iba al Club Almagro y tipo 9:00 estaba volviendo para casa. Me cansaba tanto que tuve que dejar de ir a Taekwondo y seguí yendo al taller.

Ese año aprendí a programar en Inform y me hice una aventura de texto en la que un ladrón se escapaba de una prisión de máxima seguridad. Era una aventura que continuaba después del colegio, en el laboratorio de JJ -un profesor que me hizo conocer el Inform-, poniéndole más items, más enigmas, más cosas más complicadas, tratando de mantener algo de humor -jeje, ese humor del que varias veces sólo yo me río-.

Una tarde, conocí a Lucio -otro profesor del colegio, un grande que enseña con humor, el mejor que jamás tuve y los halagos no terminan ahí- y nos quedamos hablando del juego, de que él pensaba que yo tenía algo con la escritura para poder describir las cosas, las situaciones; para poder relatar de la forma que relataba. Él también escribía, así que desde ese momento, nos intercambiábamos por mail nuestros textos.

2006 fue mi último año. Cursaba 4to año en el colegio, con Lucio ya siendo profesor en mi curso. El horario cambió cerca de mitad de año para las 18:30. Yo salía a las 17:20 y no me daba el tiempo para ir a mi casa y luego al taller, así que una de dos, o me quedaba en en el buffet del Huergo esperando hasta las 18:00 e iba taller, o salía para el abasto y me quedaba caminando sin sentido aparente, sólo para matar el tiempo.

El 15 de julio, creo, tuvimos una lectura masiva. Íbamos a un lugar donde podíamos leer, poner diapositivas, etc. Me tomé una semana entera para modificar un texto que tenía de dos conductores de un programa, Romeo y Eduardo. Hice un powerpoint a modo de fondo de pantalla mientras Agustín -un chico del taller que hacía de Eduardo- y yo -Romeo-, leíamos de un papel los diálogos y las diapositivas se sincronizaban con éstos. Ese día fueron mi mamá, Fer, Sabri, Vale -mi hermana-, Hernán -novio de Vale-, Seba, Ariel, Mariano -el primo de Ariel- y Michel.

Para los que creían que nunca me había disfrazado antes. Ese sábado por la noche iba vestido como un integrante de Les Luthiers -ya se imaginarán que son mis ídolos jaja-, con un moño rojo, más al estilo de presentador. Arranqué muchas risas, logré silencio en donde quería, pasé un par de videos que muchos disfrutaron. Y luego, los aplausos al final de todo. Jamás sentí nada igual, sintiéndome tan respetado y hasta diría admirado por tanta gente. Ví las sonrisas en sus caras y recordé al grupo de humor musical que tanto me gustaba. "Así debe de sentirse", me dije, con una sonrisa cruzando mi cara.

Pero como algunos ya saben. Cuando llegó el quinto año tuve que ir a la noche. No tuve más opción que dejar el taller, que no podía hacer a la mañana. Incluso empecé a trabajar a la tarde, a fines de enero. Cuando empecé el colegio, tuve que ir a la mañana, en el horario que tengo todavía.

Algunas noches que tenía libre, escribía, pero no tanto como antes. Parecía ser que el fuego de inspiración que tenía se había extinguido. Pero no, ardía levemente. Todo viaje que me llena de nuevas experiencias revive el fuego. Bariloche hizo que ardiera como nunca.


Hoy es un sábado 6 de septiembre. En un rato voy a estar sentado en el Gran Rex, esperando a que los genios musicales inicien su obra. Seguramente recuerde ese sábado 15 y cuando los aplauda como toda la gente del teatro, quizás vuelvan a mi los sonidos y sensaciones de cuando yo estaba adelante de todos, actuando y leyendo, haciéndolos reir como hacen ellos.

Esta noche voy a ser parte de los aplausos y sonrisas del público. Voy a hacerles sentir como aquella vez...

Aquella vez en la que me sentí respetado y admirado por mis seres queridos y, especialmente, por mucha gente que no conocía...