Saturday, September 6, 2008

La llama que arde en mi

Generalmente cuando me pongo a escribir, pierdo conciencia de la realidad, a veces también de lo que sea que esté escribiendo. Simplemente me dejo llevar y llega el momento en que mi mano se detiene, mis ojos vuelven a tener sentido, recupero la conciencia, y el relato está escrito.

Empecé a escribir en la primaria, historias sin sentido, un volcán que quema una ciudad y la gente que pelea contra él. Un vengador del futuro, Howard se llamaba, con un arma congelante que intenta detener a los malvados volcanes alrededor del mundo.

Ése fue mi primer relato y la inspiración surgió de usar el Word. Un botón mágico que decía Wordart, el cual tenía efectos locos de colores y formas de texto. Lo primero que escribí fue con una gradiente que recordaba al fuego: Volcan. Varios textos más siguieron a éste, cada vez con mayor sentido.

Si había algo que claramente marcaba el próximo relato, eran los juegos que me atrapaban. Prisioner of Ice me mostró criaturas malvadas, prisioneros del hielo, que despertaban y despedazaban todo. Más tarde, el protagonista adquiría un arma congelante y viajaba por el tiempo para conocer su pasado.

Pero hubo un juego que realmente me marcó, por su forma de contar la historia, una obra de arte. Mafia: the City of Lost Heaven. Un taxista llamado Thomas Angelo descansaba una noche luego de dejar a un pasajero y se encuentra con dos mafiosos que escapan de otros, Sam y Paulie. El protagonista evade y pierde a los perseguidores y se sumerge sin intención en el mundo de la Mafia, siendo perseguido por el rival de Don Salieri, Morello.

El juego transcurre mientras él aprende que el camino de la Mafia no está lleno de rosas, que debe ensuciarse las manos para seguir viviendo en el infierno que se estaba desatando. Al mismo tiempo, su conciencia le impide matar a la gente que conoce y aprecia. Traicionando sus órdenes, deja vivir a quienes debía asesinar, teniendo presente que de enterarse, su jefe Don Salieri podría ponerle fin a su propia vida.

Entonces, no podía evitarlo. Tuve que escribir algo acerca de ese mundo, el mundo de la Mafia. Creo que mi historia transcurría en el año 2000, o cerca de él y era una parodia. Mi protagonista, Tommarcelo Cleruzio, apodado como Tom, un nombre que me encantó desde que lo escuché, era conductor de limusinas. Había comprado un arma recientemente con el fin de protegerse en las calles. Mientras caminaba por ahí, escucha ruidos y golpes en un callejón. Era alguien pidiendo ayuda.

Allá por Julio de 2004. Transcurría mi segundo año de secundaria. Eran vacaciones de invierno y recuerdo que Fer me había invitado a un taller literario. Nos encontramos en el abasto, donde fuimos caminando hasta un lugar con varias torres. Tocamos el timbre con un código creo que era 2113 -torre 2, piso 11, departamento 3-. Nos abrieron la puerta, caminamos a la torre dos, tomamos el ascensor hasta el piso once y llamamos al departamento tres.

Karina nos saludó y nos invitó adentro. Nos introducimos -en el sentido de entrar y en el de presentarse-, hablamos un poco y luego Fer y yo empezamos a leer nuestros textos. ¿El mío? Aquel primer capítulo de las aventuras de Tom. ¿El de Fer? Un relato de un montañista preparándose para subir.

Los días pasaron y tuve que volver al colegio. Los jueves, a las 19:30 hs creo. Fer no pudo seguir yendo, ergo, tuve que empezar a ir solo. Me junté con un grupo y cada semana leíamos algo nuevo. Yo continuaba con el relato de Tom.

Llegó el fin de año y había que ir a leer a un lugar. Para ese momento hice un cuento en especial, llamado El Club, que básicamente era cómo me imaginaba que podía ser ese lugar y cómo iba ser leer ahí.

El año siguiente creo que cambiaron el horario a 19:00. Para ese entonces, hacía relatos variados. No me los acuerdo ahora, pero en algún lado están. Ese año, continué el "cuento" del Club, hasta terminarlo con 100 hojas. Haberlo terminado fue sacarse un peso de encima y me dio a entender lo que significaba haber cumplido un sueño. Ese relato espera a que un día lo vuelva a leer para darme cuenta de cuánto cambié desde el momento en que terminé de escribirlo.

Luego del taller literario, ese año empecé a hacer Taekwondo en el Club Almagro, bastante cerca de ahí. Iba martes y jueves, este último día entrando más tarde. Me levantaba a las 6:20 para ir al colegio a las 7:30, quedarme todo el día ahí hasta las 17:20, cuando salía, volvía a mi casa para dejar las cosas del colegio, tomaba un descanso y luego partía para el taller. Apenas salía de ahí, iba al Club Almagro y tipo 9:00 estaba volviendo para casa. Me cansaba tanto que tuve que dejar de ir a Taekwondo y seguí yendo al taller.

Ese año aprendí a programar en Inform y me hice una aventura de texto en la que un ladrón se escapaba de una prisión de máxima seguridad. Era una aventura que continuaba después del colegio, en el laboratorio de JJ -un profesor que me hizo conocer el Inform-, poniéndole más items, más enigmas, más cosas más complicadas, tratando de mantener algo de humor -jeje, ese humor del que varias veces sólo yo me río-.

Una tarde, conocí a Lucio -otro profesor del colegio, un grande que enseña con humor, el mejor que jamás tuve y los halagos no terminan ahí- y nos quedamos hablando del juego, de que él pensaba que yo tenía algo con la escritura para poder describir las cosas, las situaciones; para poder relatar de la forma que relataba. Él también escribía, así que desde ese momento, nos intercambiábamos por mail nuestros textos.

2006 fue mi último año. Cursaba 4to año en el colegio, con Lucio ya siendo profesor en mi curso. El horario cambió cerca de mitad de año para las 18:30. Yo salía a las 17:20 y no me daba el tiempo para ir a mi casa y luego al taller, así que una de dos, o me quedaba en en el buffet del Huergo esperando hasta las 18:00 e iba taller, o salía para el abasto y me quedaba caminando sin sentido aparente, sólo para matar el tiempo.

El 15 de julio, creo, tuvimos una lectura masiva. Íbamos a un lugar donde podíamos leer, poner diapositivas, etc. Me tomé una semana entera para modificar un texto que tenía de dos conductores de un programa, Romeo y Eduardo. Hice un powerpoint a modo de fondo de pantalla mientras Agustín -un chico del taller que hacía de Eduardo- y yo -Romeo-, leíamos de un papel los diálogos y las diapositivas se sincronizaban con éstos. Ese día fueron mi mamá, Fer, Sabri, Vale -mi hermana-, Hernán -novio de Vale-, Seba, Ariel, Mariano -el primo de Ariel- y Michel.

Para los que creían que nunca me había disfrazado antes. Ese sábado por la noche iba vestido como un integrante de Les Luthiers -ya se imaginarán que son mis ídolos jaja-, con un moño rojo, más al estilo de presentador. Arranqué muchas risas, logré silencio en donde quería, pasé un par de videos que muchos disfrutaron. Y luego, los aplausos al final de todo. Jamás sentí nada igual, sintiéndome tan respetado y hasta diría admirado por tanta gente. Ví las sonrisas en sus caras y recordé al grupo de humor musical que tanto me gustaba. "Así debe de sentirse", me dije, con una sonrisa cruzando mi cara.

Pero como algunos ya saben. Cuando llegó el quinto año tuve que ir a la noche. No tuve más opción que dejar el taller, que no podía hacer a la mañana. Incluso empecé a trabajar a la tarde, a fines de enero. Cuando empecé el colegio, tuve que ir a la mañana, en el horario que tengo todavía.

Algunas noches que tenía libre, escribía, pero no tanto como antes. Parecía ser que el fuego de inspiración que tenía se había extinguido. Pero no, ardía levemente. Todo viaje que me llena de nuevas experiencias revive el fuego. Bariloche hizo que ardiera como nunca.


Hoy es un sábado 6 de septiembre. En un rato voy a estar sentado en el Gran Rex, esperando a que los genios musicales inicien su obra. Seguramente recuerde ese sábado 15 y cuando los aplauda como toda la gente del teatro, quizás vuelvan a mi los sonidos y sensaciones de cuando yo estaba adelante de todos, actuando y leyendo, haciéndolos reir como hacen ellos.

Esta noche voy a ser parte de los aplausos y sonrisas del público. Voy a hacerles sentir como aquella vez...

Aquella vez en la que me sentí respetado y admirado por mis seres queridos y, especialmente, por mucha gente que no conocía...

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