La oscuridad nocturna envolvía las calles ausentes. Parecía una, ¿cómo diría? “Noche normal”, pero de esas en las que todo se sale fuera de control, y al final queda lo inverso de lo que se definiría como normal.
Las luces observaban lo que otros no veían: un auto viejo, sin matrícula, que corría, escapando de una sirena que resonaba en el silencio. Un móvil policial alumbraba su camino y corría al vehículo viejo como un zorro a una liebre en tiempo de caza. Y luego los cazadores persiguen al zorro, pero esa es otra historia. El caso es que este conejo veloz no tenía posibilidades de escapar al duro brazo de la ley. El auto con luces rojas y azules se aproximaba más al viejo vehículo que intentaba escapar. Fue entonces cuando, en un intento de escape, y utilizando una maniobra insegura e impredecible, gira para seguir escapando en sentido contrario. Pero la técnica, que parecía una señal de conducción profesional, resulta ser lo inverso de lo que se definiría como “método que otorga más soluciones que problemas”. Al final del día, porque para ese entonces eran las 23:59, el automóvil se colisiona con la pared de un restaurante lujoso, que se hallaba cerrado.
Cuando despertó, el conductor, o la liebre, se hallaba en una sala de interrogatorios típica, con el espejito que no deja ver del otro lado, pero permite ver del otro a éste.
-Quisiera ver cómo te escapás de ésta, criminal. –dijo un oficial borroso, con una vestimenta marrón y un lindo sombrero azul.
-Oh, no. ¡Al Don no le va a gustar esto! –comentó para sí el detenido.
-Parecen interesantes –señaló, haciendo que leía unos papeles. –Así que el Grupo K se ha reunido en una calle poco transitada para discutir el próximo blanco. ¡Y mirá! Los nombres de las víctimas. Son muy interesantes. Al Juez le gustaría leerlos.
El detenido no habló, así como un aire acondicionado apagado no provee de aire fresco, o como una lámpara rota no ilumina. El interrogador supo que debía contarle la situación, y lo que podría pasar, pero decidió retrasarlo un poco.
-Mi estimado detenido, creo que debería saber que el Grupo K ha cometido otro asesinato hoy. John Cart no aparece en esta lista. Supongo que usted ya se ha enterado de ello. Tiene buenos informantes. ¿Quiénes son? ¿Pertenecen al grupo?
Así como un globo no flota sin aire, el prisionero quedó en silencio.
-Creo que fue una mala idea iniciar la carrera criminal de pequeño. No deja tiempo para mucho, y de ello sólo queda una mente trastornada. Hubiera sido un buen ciudadano si no se hubiera metido con la pandilla de su barrio, y tal vez hubiera podido aportar esos conocimientos sobre artefactos.
El detenido no sabía qué decir. ¿Cómo lo supo?
-Si nos ayuda, tal vez se lo cuente.
Y bajó la cabeza, dando señales de que no iba a cooperar.
Entonces, el interrogador se retiró. Fuera de la sala, dijo a los que estaban allí que no podía hacer más. Fue en ese momento cuando un oficial vino con un teléfono. Dijo que era una persona importante. La voz de alguien conocido llegó a sus oídos.
-Alfredo, tenés que soltar a Sam. Él es inocente. Andamos tras la misma pista. El Grupo K ha cometido un asesinato que no nos benefició en nada. John Cart era un buen contacto político dentro del sistema judicial. Mi amigo, yo lo envié para que buscara a nuestro informante del barrio y nos dijera lo que sabía. Según él, Sam corrió al verlos ya que pondría en peligro los papeles, que no debieron caer en tus manos. No es un ladrón.
-Antonio, no es mi trabajo dejar pasar cualquier delito de cualquier criminal sólo por pertenecer a tu agencia.
-Sam no es un ladrón, y no te estoy pidiendo que dejes pasar el delito. Él no cometió ninguno.
-Seguro que trabajando para vos comete demasiados.
-Bien, te tengo un trato que podría darte confianza.
-Soy todo oídos.
-Si dejás a Sam libre, haré todo lo que pueda para encontrar al Grupo K.
-Eso ya lo estabas haciendo.
-Un policía debe respetar la ley y castigar al que la pasa por alto. Sam no lo hizo. El Grupo K sí. Dejalo ir, y él trabajará a tu lado.
-De acuerdo. No lo hago por usted, sino por el bien común.
-Claro, mi amigo. Decile las siguientes palabras: “El Don te pide que ejecutes la ley antisocial número tres.” –dijo, y cortó.
-¿Qué pasó? Le preguntó el oficial McGiff, quien se hallaba observando al detenido.
El detective Alfredo no le respondió. Entró directamente a la sala, y le dijo al interrogado que podía irse, y que su Don había hecho un trato con él.
-No le creo.
-Yo supongo que debería ejecutar la ley antisocial número tres.
El detenido no podía creer que su jefe haya hecho un trato con la policía. Murmuró para sí que eso rompía un código, pero también se dijo que no tenía otra salida. Estrechó la mano con el policía, diciendo su nombre:
-Sam Duergar.
-Alfredo Volvar. Mirá, voy a mandar que te lleven a tu casa, donde descansarás hasta mañana. Espero que tu jefe no rompa su palabra, y que trabajes a mi lado.
Así, saliendo de la comisaría, el ex-detenido fue escoltado hasta un auto policial, el cual lo llevó a su “hogar, dulce hogar”, donde fue echado del automóvil por su conductor, que parecía estar de muy mal humor. Volvar tenía miedo de que le tomaran el pelo, y pidió en secreto a unos policías que patrullaban el lugar que vigilaran al liberado. Si de verdad el Don quería ayudar, él vendría al día siguiente a la comisaría.
La mañana no trajo más que sol y nubes. Sam se despertó a las 9:30, horario de su despertador. El Don le había pedido personalmente por teléfono, unos minutos después de haber llegado a su casa, que ayudara a los polis. Tenía el informe en la mesa de luz, y decidió llevárselo con él. Podría ayudarle.
Dejó su hogar y tomó un taxi en dirección a la comisaría. Sam iba a ese lugar por su propia voluntad. ¡Qué extraño! Pero finalmente apareció algo que era de todos los días, un taxista contando su vida a su pasajero:
-Y finalmente llegamos a Carlos, es un buen muchacho. Juega béisbol, y le gustan mucho las matemáticas. Tiene 10 años, ¿sabía? ¡Ah! Me acuerdo que cuando tenía esa edad no me gustaban los deportes. Miraba a veces el patio, pero los deberes del colegio eran demasiados. ¡Oh! También viene a mi memoria una escena épica y original: El Ramírez volvía de una fiesta, donde fue arrojado a una piscina vestido de ropa formal… Jaja, nos reímos bastante. Hablando de reirse, ¿sabe cuándo fue que Carlos comenzó a hablar, y cuál fue su primera palabra?
-Lo imagino. –Dijo Sam, bostezando. –Seguramente al año, y su primera palabra fue “payaso”. Es muy inteligente, y demasiado interesante esta conversación para mi gusto. Hablemos de... Cultura, y sociedad. Un tema muy habitual en las charlas de caballeros. ¿Sabía usted que el colegio 5to fue fundado por la misma persona que fundó el 6to?
Lo próximo que pasó fue que el pasajero salió disparado del taxi, y que su conductor lo abandonó en el medio de la calle.
-Mirá el lado bueno, mi Sam: -dijo para sí, levantándose y limpiando su traje negro– no pagaste el transporte.
Desde esa calle, siguió caminando derecho hasta que llegó a la comisaría, justo cuando Volvar estaba por irse. Éste lo invitó a su auto, y su antiguo interrogado aceptó.
-Creí que no vendrías.
-Ah, no es nada. Un problema con los taxistas de hoy. ¿Adónde vamos?
-Se han oído disparos cerca de un estacionamiento. Los móviles ya están allí, y han encontrado a un hombre asesinado... Vamos a la escena del crimen.
Sam no respondió, pero tampoco habló durante todo el trayecto. Cuando llegaron, no se levantó de su asiento hasta que el oficial se lo pidió, como prueba de que no quería estar aquí.
Mientras caminaban hasta la escena del crimen, el detective inició una conversación.
-¿Qué decía el informe?
-Que es un servidor de la justicia. Con lo que el informante describía, el secuestrador se hacía llamar “El Justiciero”. Con algunos contactos extra, averiguamos que las víctimas son todas personas que trabajaban en los juicios: abogados, jueces, usted sabe.
Llegaron entonces a una escena de tortura total. Luego de haber cortado a la víctima con un cortaplumas, como detectó Sam, quien claramente veía en sus brazos y piernas, “El Justiciero” le disparó en el estómago y el hombro. Al final de todo, lo ató con unas esposas largas alrededor de una de las columnas que sostenía el lugar. A la izquierda de ese soporte, había un solo auto con la puerta abierta que mostraba señales de lucha en forma de sangre.
-Esta sangre no es de la víctima. -dijo Volvar. –Claramente se ve que intentaba cerrar la puerta y huir, pero el victimario no lo permitió, poniendo su mano impidió que se cerrara, pero le dejó una gran herida.
-Detective. –llamó un oficial. –Tenemos una pista.
-Yo diría varias. Por cierto, señor Duergar, este es mi amigo y compañero McGiff.
Sam le estrechó la mano, pero hubiera jurado que lo conocía.
-¿Lo conozco? –preguntó el oficial.
-Su cara me suena. ¿Fue a un juicio alguna vez?
Volvar soltó unas risas al aire.
-Él no atestiguó contra usted ni nada, si eso quiere decir.
-Pero su cara me sigue pareciendo conocida.
-Y la suya a mí.
El detective los interrumpió:
-¿La pista era?
-Ah, sí... Síganme.
Siguieron a McGiff hasta el cuerpo de la víctima y, con guantes puestos, éste sacó una tarjeta blanca con letras negras de su bolsillo. Decía “Muerto en un acto de Justicia”.
-Varios son los homicidios, y esta tarjeta se ha repetido en todos. Es obvio que el que comete todos estos crímenes es el mismo grupo de personas.
-Ya sabemos eso, McGiff... ¿Es la única pista?
-Mire alrededor... Esto es una sopa de pistas, pero ninguna nos lleva a algún lado.
Volvar dio vuelta la mirada hacia Sam.
-Tal como yo lo veo. –dijo este último –Este torturador y asesino tiene algo en contra de la Ley. En cierta forma, la ata con sus propias esposas, y se cree superior a cualquiera.
-Interesante. –comentó el detective –Muy interesante. McGiff, ¿podés hacer un reporte de la escena mientras acompaño a nuestro amigo hasta la comisaría?
-Por supuesto.
Cuando comenzaron a avanzar hacia la salida, oyeron un ruido de pasos, como si alguien se moviera por los ductos del aire. Volvar sacó su arma y, mediante señas, le pidió a su nuevo compañero que hiciera lo mismo. Sam tenía una y poseía licencia, así que la elevó para colocarla en posición de disparo con precisión...
El sonido avanzaba hacia el exterior. Subieron la rampa de acceso y perdieron al hombre. El detective pidió que revisaran esos lugares en busca de alguien. Si el asesinato se produjo hace pocos minutos, podía ser que el hombre aún estuviera en el lugar cuando el primer móvil policial llegó. Su conductor, el primer policía en pisar terreno peligroso, era McGiff. Volvar pidió los datos sobre lo que había oído.
-Oí un disparo y vine corriendo, es decir, a toda velocidad con el móvil hasta aquí. Habré tardado tres minutos, pero cuando llegué reporté el homicidio.
-¿No viste una sombra moviéndose?
-En realidad sí, pero cuando me fijé era sólo una de las columnas que se movía con la luz de mi linterna.
-Esto es muy sospechoso. Una sombra que se mueve en la oscuridad, rodeada de culpa y por policías, intenta escapar. No ve otra salida que la ya vista. Ahí viene nuestro informante.
-Detective, no hay rastros en los ductos de ventilación. Debió haber oído mal.
McGiff sacó su arma y salió corriendo hacia la entrada, gritando que vio algo. Volvar y Sam lo siguieron. Afuera, vieron a su hombre correr. Alfredo pidió que lo siguieran con una patrulla mientras el compañero del inspector y su ayudante lo perseguían.
-Ya no estoy para estas corridas. –se dijo.
La calle estaba vacía, y el objetivo iba corriendo a una velocidad sorprendente. Sam y McGiff se separaron en un callejón. Sólo había dos salidas, y esas dos comunicaban a dos callejones sin posible escape.
El trabajador poco legal del llamado Don debía capturar al desconocido criminal para los polis. El callejón elegido estaba oscuro y podía ser presa fácil de aquella a la que perseguía. Levantó su arma y, alerta, avanzó. Afinó los oídos para escuchar mejor y siguió con su marcha lenta. Miró a la izquierda, un edificio poco conocido y muy antiguo. Se acercó e intentó abrirlo. –Puerta cerrada– Uno menos... Miró a la derecha. Veía la parte trasera de una casa de video. Cerrada también. Avanzó más y, mirando la última puerta de la izquierda, comprobó que estaba con llave. También, a su derecha, no halló mejor suerte en aquellos otros lugares. Miró al cielo, pensando que su enemigo podía caer de allí, y se extrañó... ¿Debería estar con el otro policía?
McGiff ya había revisado todos los lugares, y se proponía a volver, cuando Volvar le llamó al celular. La llamada lo entretuvo, pero no dejó de estar alerta. No era nada. Sólo quería saber si estaban vivos aún.
-El Grupo K sólo se digna a matar a la gente en su lista. –se dijo.
Sam Duergar salió corriendo buscando al hombre azul, sin prestar la más mínima atención por si en verdad su presa caía del cielo y se convertía en el cazador. Estaba llegando al final. Si el policía ya estaba muerto, no sería su culpa; por lo menos habría intentado salvarlo. Algo grande cayó sobre él, como un saco de arena, y lo hizo tirarse al piso, antes de salir del callejón. Como si fuera la muerte misma, el victimario cayó prácticamente del cielo y avanzó hacia él, con su arma lista para disparar.
-No permitiremos que te entrometas en los asuntos del Grupo K.
-Pequeño Sam, no deberías haberte metido en esos asuntos. –se dijo a sí mismo.
Cuando ya el victimario estuvo a punto de disparar, McGiff apareció de la oscuridad y apretó su gatillo. Su blanco esquivó las balas como si fuera en verdad una sombra, y desapareció en las tinieblas que rodeaban el lugar. El policía ayudó al caído quitándole el saco de arena. Éste no vio a la cara de su enemigo, porque había caído boca abajo, pero reconoció su voz, aunque no sabía su nombre.
El móvil policial llegó. Preguntando por la tardanza, se excusaron porque hubo un pequeño tráfico en la salida del establecimiento por los autos policiales. Subieron y volvieron a la escena del crimen.
Volvar les pidió los hechos, y ellos se los contaron. Sam incluso comentó que reconoció la voz del hombre, y que tenía una idea de quién era el culpable. Se conocieron hace mucho, y era un ex-presidiario. Fue su amigo en la cárcel, pero debía ayudar a los polis, y eso significaba averiguar si era en verdad él. No tenía la menor idea de su nombre, pero estaba seguro de que éste ex-presidiario era el causante de todo.
El Detective y su ayudante decidieron volver al Cuartel General de los Azules (CGA) para comentar todo y ver si podrían encontrar al enemigo buscado.
No hablaron durante todo el trayecto, y cuando llegaron a destino, Sam no corrió para terminar con todo eso de una vez. Entraron a la comisaría y pidieron revisar el archivador. El detective le preguntó por la persona que tenía en mente.
-El líder del grupo es un ex-presidiario. Lo conocí hace un par de años. Había robado una joyería con su hermano menor. Un policía los vio y los detuvo. Les declararon seis años en la cárcel. Eso fue lo que oí. Pero fue dentro donde supe y viví la historia oscura que pasaría: su hermano fue interrogado por los guardas de la cárcel, hubo un guarda que creyó que le tomaba el pelo, y le dijo al director de la cárcel que planeaba hacer un motín. Lo torturaron hasta matarlo, y el que ahora comete estos delitos es este hombre que perdió a su hermano. Les hace revivir lo que él pasó.
-Sorprendente. ¿Cómo sabe todo eso?
-Estaba en una misión para la misma pandilla que usted mencionó. Lo conocí como un amigo, y supe de su trágica historia.
-¿Por qué debería ser él? Podría ser otro, a quien le hubieran hecho algo parecido.
-Simple. En prisión, luego de la muerte de su hermano y por la noche, robaba las matrículas en blanco que les hacían hacer, y escribía en letras más pequeñas “Muerto en un Acto de Justicia”.
-Impresionante. ¿Pero no sabe el nombre?
-No tengo idea. Sé que ahora, aunque parezca irónico es policía.
-¿Sabe cómo era?
-Creo que tenía ojos verdes, el pelo cortado, una nariz corta, y orejas grandes.
-El pelo cortado lo tienen todos los presidiarios.
-No todos... –dijo y se señaló a sí mismo.
Un hombre hacía señas afuera de la oficina, y Volvar las contestaba. En cierto momento le dijo a su ayudante:
-Bien, espéreme acá que debo atender unos asuntos.
Sam no sabía qué hacer, ni qué lo había llevado hasta ahí. Pero, de todas formas salió de la comisaría. No le gustaba el olor a Ley, ni fraternizar con su enemigo. El Don lo había querido así por algo, y él se limitaba a cumplir órdenes.
Cuando Volvar salió de la comisaría, su ayudante no se acercó ni alejó. Éste fue a él, diciéndole que lo estaba buscando por toda la comisaría:
-Otro asesinato. Esta vez cayó un guarda de la cárcel, quizás el mismo que usted cree que torturó al hermano del victimario. Tenemos a nuestro hombre, pero nos falta el nombre. Vamos a la escena del crimen a ver qué podemos sacar de esto.
Y partieron a la escena del crimen, en una heladería, más precisamente en el congelador gigante que esa heladería poseía.
En el lado exterior parecería común si los autos policiales no estuvieran allí. Caminaron hasta el gran congelador, guiados por el encargado. Abrieron la puerta del enorme bicho congelante. Así, la escena del crimen se mostró ante ellos.
-Todo está tal y como yo lo hallé. –dijo el guía –Dejé al hombre congelándose debido a que los helados se derretirían si apagaba el congelador.
-¡Excelente! –exclamó Volvar -Ahora, por favor, puede sacar su mano de esa puerta.
-¡Oh! Disculpe. –dijo el encargado, quitando la mano rápidamente.
-Si fuera tan amable, ¿podría dejarme aquí con mi ayudante?
-Por supuesto. Estoy adelante, si me necesita.
El hombre tenía algo raro. Cuando se iba, murmuraba cosas como “esto no está nada bien” y metía palabras como “polis” y “dinero” en la misma oración. Dijo, todo en voz baja, que odiaba a un dictador en Arabia, que prefería las obras de teatro a las películas, y que los demócratas tenían la culpa de todo. Finalmente, se alejó.
Fue entonces cuando pudieron ver el interior del lugar. Volvar pasó polvo policial (de esos que obtienen las huellas digitales) sobre la puerta de la heladera, para luego poner un papel especial y guardar la huella en una bolsa de pistas. Miró a Sam y dijo que podría servirles.
Un hombre estaba tirado en el suelo, congelado y desangrado en sus muñecas y piernas, con una herida de bala en el hombro derecho y otra en el estómago. La misma tarjeta de siempre tenía escritas las mismas palabras “Muerto en un acto de Justicia”.
Examinaron de cerca la escena del crimen y encontraron, para su sorpresa, el documento de la víctima. En todas las otras escenas de un crimen no se hallaron documentos que facilitaran la búsqueda de los asesinados. Siempre el Grupo K hacía las cosas discretamente, o bien dejaban un mar de pistas que los desorientaban de una manera tal que nunca sabían bien cómo se había cometido el crimen. En el estacionamiento nadie supo explicar por qué sólo había pistas que conducían en un camino, y no en varios. Quizás fuera porque el Grupo estaba terminando su sucio trabajo, o porque se cansaron de hacer las cosas bien. Sea lo que sea, a Volvar no le gustó para nada.
-No parece que el Grupo K haya cometido este delito.
El guarda no estaba atado con esposas a nada, ni siquiera a una caja. Los asesinos se las habían arreglado en todos los lugares (posibles e imposibles) para cumplir con su señal de dejar atada a la ley con sus propias esposas.
Sam revisó el documento:
-Jack Than, de Inglaterra, nacido en 1975. Conozco a este hombre...
-¿Es el que mató al hijo del líder del grupo?
-¿Hijo?
-Hijo no, hermano. Vos me entendés.
-Cada segundo me cuesta más.
-Bien, aprendé a entenderme. Así vas a tener menos problemas.
-Dejemos esto. Interroguemos al encargado.
-Bien, vamos. Pero, ¿es en verdad el que mató al hermano de este grupo?
-Creo que sí. A ver... –pensó Sam –Jack Than... Jack Than... Guardia... No, no recuerdo claramente, pero es él. Estoy seguro.
Cerraron la puerta del congelador, y Volvar tomó un teléfono celular. Lo utilizó unos minutos, hasta llegar al punto de sonreír. Luego, marcó un número.
-¿Marlon? Dile a tu madre que llegaré tarde al almuerzo, y que es posible que no vaya.
Una voz le respondió, y Volvar continuó la conversación hasta que el encargado se acercó para ver si necesitaban algo. Entonces, colgó:
-Llamaré luego... –y dirigiéndose al hombre: -Caballero, ¿cuál era su nombre?
-Earl Poss.
-¿De dónde vino usted?
-De Francia.
-¿Y su edad?
-Veintiséis.
-Eso significa que nació cerca de 1976, ¿verdad?
-El siete de febrero, más precisamente... ¿Tiene alguna razón este interrogatorio, señor?
-Claro que sí. No hay que descartar nada.
-¿Pero de qué le sirve saber de dónde vengo, mi edad o la fecha de mi nacimiento?
-Me ayuda a conocerlo. Ahora, por favor, ¿podría describir las condiciones en las que encontró a este pobre hombre?
-Por supuesto. Estaba atendiendo a unos clientes cuando decidí revisar la nueva mercancía.
-¿Mercancía? -preguntó Sam.
-Sí, unos litros de helado artesanal recién hechos, que había llegado hace poco. Fue entonces...
-¿De qué sabor? –quiso saber Volvar.
-Varios, vainilla, frutilla, ananá, manzana... Ehmm... Creo que también había limón...
-Me gusta el limón. ¿Tiene un poco de ese helado? –interrogó el detective.
-Ahora no. Se descongeló cuando entré a ver al hombre, a ver su estado cardíaco, y esas cosas. Pero no había nada que hacer.
-¿Es médico? –inquirió Sam.
-No, pero cualquiera puede saber si alguien está vivo o muerto tomándole el pulso.
-Continúe, por favor.
-Bien... Fue entonces, decía, cuando me acerqué a este... Lugar. Y escuchaba voces... Cosas como “tú lo mataste” o “recuerda ese nombre en el infierno”. Y luego un grito aterrador. Y... Y la gente se asustaba y corría de mi negocio. Y entonces entré para ver qué había pasado, y vi a este señor tirado en el suelo, desangrado... Intentando sobrevivir... Pero cuando fui al teléfono a llamar a emergencias oí un disparo de pistola. Entré para ver qué había pasado y hallé al pobre hombre que, en su dolor, se había suicidado.
-Ahá. Espéreme un momento fuera del negocio. –dijo Volvar al encargado y, cuando se fue, a Sam: -Revisá cuántas salidas tiene este lugar. Yo tengo que ordenar algunos datos.
Sam hizo lo que le pidió. Investigó cada corredor de esa pequeña heladería y no halló más salidas que la que había en el frente del negocio. Volvió con el detective y le informó de lo sucedido.
-Si hay una sola entrada, -respondió el policía -y por tanto, una sola salida, es claro que el asesino entro y salió por el mismo lugar, o sigue adentro. Investigué unos informes de testigos, que decían que oyeron un disparo... –hizo una pausa –Tenemos un sospechoso, pero debemos oír la historia de él. Acompáñame a la salida, donde nuestro encargado nos espera.
Allí fueron. El encargado los esperaba afuera. Volvar tomó unas esposas, y le dijo que no opusiera resistencia. Luego de decirle sus derechos, lo llevó a un auto policial, diciéndole al conductor que lo llevara a la comisaría. Tras esto, se metió en su propio auto, junto con Sam y fueron hasta allí.
Una vez en la sala de interrogatorios, el encargado se hallaba sentado en una silla, atado, nervioso, rezando a un Dios de una religión que nadie conocía. El detective y su ayudante temporal lo miraban desde el vidrio que no dejaba ver.
-Nunca creí que podría ver a alguien de este lado.
-Pero ahora lo ve. Si me permite... –dijo Volvar, y entró a la sala –Señor Poss, ¿verdad? ¿Por qué nos ha mentido?
-¿De qué habla? –Preguntó, siempre nervioso.
-No había gente en ese negocio a esas horas, y lo confirman testigos cercanos al lugar. Oyeron un disparo, pero nadie salió de la heladería.
-Debieron ver mal. ¡Les digo que salieron!
-Segundo punto... Dijo usted que no se podía comer helado porque estaba descongelado... A lo que vino una pregunta a mi mente. ¿Puede el helado descongelarse en cinco minutos, diez como mucho? Es el tiempo máximo que usted podría haber tardado en tomarle el pulso al hombre y confirmar su fallecimiento. Y luego debió llamar a la policía, para confirmar el crimen. Para ese entonces, el helado debió haberse congelado nuevamente. Además, ¿Impide que “el helado esté medio descongelado” el poder comérselo?
-¡Pero el hombre! ¡Pudo haberse suicidado! ¡No es mi culpa!
-Continuando el segundo punto, revisé la mercadería dentro, y no había helado de limón. Tenía ganas de probarlo, pero no lo hallé. Luego, investigando, averigüé que no pasó ningún camión que llevara helados por esta zona.
-Pero...
-Tercer punto. El hombre fue asesinado y cortado. Encontré un pequeño objeto cortante y me fijé en las huellas digitales. Cuando usted apoyó su mano en la puerta, dejó otra huella. Envié ambas a una central de policía y recibí el informe de que coincidían.
-¡Pero yo toqué el objeto cuando fui con el hombre!
-¿Tiene algo que decir a su favor?
-¡¿Cómo podría saber yo el diálogo que hubo dentro del congelador?! –exclamó.
-Pudo no haber diálogo.
El detenido se quedó con la boca abierta. Luego de un tiempo, Volvar insistió en que lo llevaran a la cárcel, tras lo cual, se negó, pataleó y gritó:
-¡Confieso!
Volvar se acercó y pidió que lo soltaran. Entonces, le pidió que dijera lo que tenía que decir.
-Un hombre entró al negocio, y dijo que sabía que ese guardia venía seguido. Me ofreció dinero por matarlo en el congelador. Yo me negué. Pero él tuvo sus técnicas de persuasión:
“-Si no aceptás el trato, tendré que tomar medidas desesperadas: matarlos a ambos.” -Tras lo cual pensé que me convendría: -¿Qué... tengo que hacer?
-Lo llevás al congelador y nos dejas solos. Primero, lo apagás, y haces todo lo posible por retrasarlo hasta que esté a temperatura normal. Te estaré vigilando. No hagas nada raro.”
-Fue entonces cuando entró el guarda. Dijo que quería un helado, pero yo le respondí que se estaban congelando en el congelador. Lo distraje hasta que pasaron 30 minutos. En ese momento, lo llevé a que me acompañara, y allí vio al asesino. Él lo llevó adentro, y lo iba torturando. Se oían frases como “tú lo mataste” y “Carl, recuerda ese nombre en el infierno” mientras yo me estaba traumatizando afuera. Luego de un largo tiempo, oí dos disparos, y el hombre salió del congelador. Me pidió que lo prendiera y que hiciera como si todo pareciera normal, y que llamara a la policía diciendo que hubo un asesinato. Me pidió una salida y le señalé un pasadizo secreto en la heladería que tenía por si los ladrones estuvieran afuera sitiando mi negocio. Salió por ahí y no lo volví a ver.
Volvar hizo un gesto, y se lo llevaron. El encargado gritaba que no era culpable del asesinato, y que el verdadero homicida lo había obligado a ocultar todo, diciéndole que sabía dónde vivía (Sí todo eso le gritó). Entonces volvieron a la oficina de Volvar, y allí conversaron:
-El hombre es inocente. –dijo –Este asesino no dejó la tarjeta ni robó el documento para inculparlo y desviar el rastro. Una jugada típica de este Grupo M... Deberían llamarse así, por Misterioso...
-No es un grupo. Es una sola persona.
-¿Y cómo dedujiste eso?
-Carl es el nombre de uno de los dos hermanos, y el otro es Conrad. No sé cuál está vivo, pero es algo. Sus nombres son Carl Neill y Conrad Thompson. Él se hace llamar “Grupo K” porque el espíritu de ambos está en la K, que tiene igual fonética, o parecida que la C... Así es, la K no es nada más que una letra que reemplaza a la C. Eran hermanos, y tenían diferentes padres, pero eran muy unidos, como un Grupo... El Grupo K. – (Si, si. Tranquilo Sam. No te alteres, ya te entendimos.)
-Excelente. Tenemos nombres. Ahora, ¡hacia al archivo penal! –
Revisaron los archivos de la computadora mediante un buscador. Un perrito vestido de Sherlock Holmes caminaba por la pantalla y sacaba como pistas de un suelo color pantalla. Lo examinaba con una lupa y lo dejaba. Al final de la búsqueda, dos archivos aparecieron destellando: Carl Neill y Conrad Thompson. Volvar entró en uno de ellos y comenzó a revisar el de Neill. Buscando minuciosamente, encontró algo, y leyó en voz alta:
-“Fue hallado muerto de hemorragia en su celda la mañana del 28 de agosto del año 2000, dos años antes de que terminara su condena. Un examen forense detectó un tiro de una calibre 22 en el hombro y otro en el estómago, y varios cortes graves en los brazos y piernas debido, según el especialista, a la influencia de un cortaplumas...”
-Thompson es el culpable. –dijo Sam. –Ahora lo recuerdo, cuando halló a su hermano así al despertarse por la mañana. No fue un espectáculo muy bonito que digamos. Él sabía que lo habían llevado por la noche en secreto cuando ya era muy tarde. Yo era su compañero de celda. Fui su amigo desde entonces, pero nunca supe bien su nombre.
-Dijo que era policía, ¿verdad?
-Sí.
-¿Cómo lo sabe?
-Salí un par de días después de él. Me dijo que dejaría su carrera criminal, y que les enseñaría a los practicantes de la Ley cómo se debería comportar un verdadero azul. No lo vi desde entonces.
Volvar volvió su atención a la computadora. Volvió a buscar el nombre Thompson, y halló dos archivos: el penal y el actual. Antes de que hiciera algo, McGiff se le reportó y pidió el irse a su casa. El detective aceptó:
-Te lo debía. Ya no quiero ningún problema, ni saber nada sobre los calamares, ¿de acuerdo?
-Sí, mi amigo.
Entonces se retiró, y el policía compañero de Sam volvió a la computadora, abrió el documento, y dijo:
-¡Comisaría número 12! ¡Es el comisario!
Sin apagar la máquina, salió corriendo del lugar. Sam esperó hasta que el documento se imprimió y lo siguió, sin ganas, como siempre.
-¡Vamos, rápido! ¡Debemos irnos! –gritó el detective –¡Son las 15:38! ¡Todavía podemos detenerlo!
Subieron al auto policial y emprendieron el camino hacia su destino. Pero no veían lo que ocurría, o tal vez no les interesaba: una pequeña camioneta roja los seguía.
Fueron las 15:49 cuando llegaron a la CGA. El que parecía seguirlos siguió su camino, y si lo vieron, sólo les pareció un auto más. Volvar entró a la comisaría muy apurado, y pidió que el oficial Thompson se le reportara.
Un hombre vestido de comisario (¡qué extraño!), con el pelo corto, unos ojos celestes, una nariz corta y orejas grandes se le acercó, y pidió la razón de ese llamado.
-Señor Thompson, necesito que venga a ver una escena del crimen. Puede que le interese. –dijo Volvar.
El oficial lo siguió, con el aspecto más natural del mundo. Subieron al auto y viajaron hasta la heladería, que se hallaba casi vacía. Un móvil policial hacía guardia en el lugar.
Descendieron, y entraron al lugar. Abrieron el enorme congelador y hallaron las líneas blancas propias de los asesinatos.
-Llegamos muy tarde. –dijo Sam.
-¿Qué quería mostrarme, detective?
-Había aquí un hombre, llamado Jack Than, ¿lo conoce?
-No creo.
-Revisando su archivo, encontré que tenía usted un hermano.
-Sí. Lo asesinaron cuando estábamos en prisión.
-¿Qué lo llevó allí? –preguntó Sam.
-Es mi ayudante. Responda la pregunta, por favor.
-¿A prisión? Es un capítulo vergonzoso de mi vida...
-¿Qué lo llevó a prisión? –repitió.
-Robamos una joyería. Un oficial nos vio y nos detuvo.
-¿Cómo murió su hermano?
-¿¿Acaso debo responder a esto?? ¿¿Me trajo para hacerme preguntas dolorosas de mi vida??
-Responda, comisario.
Hubo una pausa.
-Lo mataron en la cárcel. Fue un guarda.
-Este hombre era un guarda de la cárcel, ¿sabía?
-¿Than dijo que se llamaba?
-Sí.
-Bien. Si le interesa escarbar en mi doloroso pasado, él mató a mi hermano.
-¿Por qué no lo dijo en un principio?
-A ver, ¿tiene padres usted? ¿¿Cómo murieron??
-Limítese a contestar, comisario. –dijo Volvar.
-Amigo mío... No quiero tener que recurrir a la violencia... Lo conocí en la prisión, era su compañero de celda.
-¿Entonces para qué pregunta todo esto?
-¿Por qué se hizo policía?
-¡Para hacer ver cómo debería comportarse un verdadero hombre de la Ley! ¡Para demostrarle a estos... asesinos... que se puede aplicar la ley sin torturar, ni matar a nadie!
Sam no reconocía a este hombre. No era Conrad Thompson, y de eso estaba seguro.
-¿Sabés quién soy? ¿Te acordás de tu compañero de celda?
-No... Pero veo que también te hiciste policía.
-No estoy tan acuerdo con eso. Mirá, lamento lo de Carl, fue un buen hermano menor.
-Sí. Lamentarlo no basta.
-Lamentar la pérdida de un hermano no es suficiente. ¿Pero de qué te lamentás vos?
-¿Qué quiere decir?
-Amigo mío. Conocía a Conrad Thompson, una persona como usted. Pero un hombre con ojos verdes...
-Jah, sos de esos que sólo me vieron con los lentes de contacto.
-Conrad Thompson me dijo bien claro que no utilizaba lentes, y que prefería quedarse ciego a utilizarlos, y vos no sos Conrad Thomson.
-¿Cómo podés decir eso?
-Porque, simplemente, el informe que tengo –dijo Sam, sacando el informe que había impreso en la oficina de Volvar -dice bien claro que Conrad Thompson tiene ojos verdes, y el informe médico de la cárcel dice que no ha necesitado nunca, ni necesitará en un largo tiempo el uso de lentes. Todo esto apunta a que mentís, y que sólo sos un peón en el juego del Grupo K.
-¡Yo no pertenezco a ningún Grupo K!
-¿Quién fue tu padre?
-John Thompson, ¡el mismo que el de mi hermano! ¡Te contestaré hasta el hartazgo todo lo que me preguntes hasta que me creas inocente!
Volvar se interpuso entre los dos:
-Queda arrestado. Conrad Thompson era hermano de Carl, pero no tenían los mismos padres.
-¡¡QUE YO SOY CARL THOMPSON!!
Sam sonrió:
-No existe tal persona, impostor. –Dijo. (Bueno, tal vez si busca en la guía. Pero no está dentro del relato.)
-¡Arréstenlo y llévenselo! –gritó Volvar a los policías que hacían guardia.
El hombre gritaba con voz fuerte que no era culpable, pero de nada servía. Todo estaba en su contra. Cuando se lo llevaron bien lejos, el detective felicitó a Sam por su comportamiento. Pero lo que estaban intentando evitar no había terminado aún. Eran las 16:02, y Volvar se dijo que no había tiempo. No conocían el blanco, y tardarían varios minutos valiosos saber cuál era. Para entonces, Conrad Thompson habría completado su venganza.
Sam abrió su traje y sacó un informe: el mismo que había recogido de la mesa en su casa, el mismo que el informante del Don le había dado y, tal vez, el único que podría salvar el día.
-Están tachados los nombres del juicio en que todas las víctimas participaron, menos los dos que quedaron. –dijo –Veamos... Jack Than ya no está con nosotros, por tanto no puede ser la próxima víctima. Sólo queda un nombre... ¡Ahá! El oficial que los vio robar la joyería, el mismo que atestiguó contra los hermanos.
-¡McGiff! –ladró Volvar.
-¡Ya sabía yo que lo conocía de algún otro lado! ¡Del juicio! ¡Por supuesto! Mi caso seguía luego del de Thompson, me pusieron 6 años y 20 días, ¡qué error en el sistema judicial!
-Si no le importa, mi amigo, son las 16:07 y me gustaría atrapar al culpable.
-Descuide.
-Entonces... –dijo Volvar cuando emprendieron las corridas al auto –McGiff vive a 30 minutos de este lugar, en su casa, claro está. Si Conrad continúa con sus 6 horas de diferencia entre los asesinatos, éste ocurrirá a las 16:30.
-¡Imposible! ¡No llegaríamos! –gritaba Sam.
Volvar le ordenó que condujera el vehículo. Gritaba que había una opción, y que ésta era algo que no le gustaría mucho.
-¡No, no, no! ¡¡No quiero problemas con eso de pasarse las luces rojas y andar a 120 km/h!!
-¡Es la única forma!
Sam prendió el auto, y comenzó a andar en la calle a velocidad normal. Pasó un minuto hasta que se decidió, apretó el acelerador y dijo:
-De acuerdo, lo haré.
Iban corriendo por la carretera, cuando Volvar le mencionó algo sobre evitar el hacer una “Maniobra profesional de conducción”, que Sam ignoró. El reloj de Volvar marcaba las 16:10 cuando la velocidad del auto llegó a los 80 km/h...
McGiff escuchó un ruido fuera de su casa. No fue a investigar, ¿y si era el asesino? Quedaba él, sólo él... Todavía no entendía por qué se fue a su casa.
Ese psicópata lo iba a torturar y asesinar en la heladera, como a ese pobre guardia, o tal vez lo encierre en su auto y haga explotar una bomba. ¡O peor! Lo cortaría en trocitos y luego lo vendería como carne por la calle. Mientras más lo pensaba, más se asustaba. Era mejor quedarse en casa, quieto.
No había sol, sólo un cielo nublado. No quería morir, no podía... ¡Era muy joven!
Olvidó el ruido, todo, incluyendo al asesino, y miró al reloj. Marcaba las 15:58... Tenía poco más de media hora de vida. Fue a buscar su arma, y la cargó. Esperó allí, en el sillón. Luego, una idea brillante le iluminó el día: había comida en la heladera. ¡Comida! Caminó hasta allí y se sirvió un vaso de agua. ¡NO! ¡Si iba a morir, moriría con un sabroso Whisky en las venas!! Sí, ¡¡Whisky y una comida de reyes!! No había tiempo para calentar, pero no le importaba: o comida caliente o la muerte. Pero dado que la segunda era segura, y no le gustaba para nada, McGiff puso a calentar su comida... Comida, comida de reyes... Sí, y moriría como un rey. Ese asesino lo mataría, ¡¡pero él moriría como un rey!! ¡¡Habría ganado la batalla, y la guerra!!
Tomó los mejores alimentos que tenía en su heladera, y los mezcló con otros. A todos los puso a calentar. Buscó sal, y pimienta, ¡y azúcar! (¿Azúcar? ¿Está loco éste?) ¿¿Cubiertos?? ¡¡Los cubiertos, McGiff!!
Puso la mesa, y se llevó todo lo ya dicho, un vaso vacío y un Whisky de la mejor cosecha. El reloj marcaba las 16:15. Ahora tenía quince minutos para terminar su “última cena”.
Buscó la “merienda” calentada, y se sirvió. Empezó a comer su comida de reyes, y se acordó de que un auto rojo parecía seguirlo. ¿Y si era el asesino? ¿Por qué no lo había matado todavía? ¿Tal vez porque él se apegaba a sus estrictas reglas sobre los asesinatos en un lapso de 6 horas? ¿O para tener una venganza más dulce? ¡Pobre McGiff! ¡Iba a morir! Pensando en el pasado, lamentó estar cuando el Grupo K robó la joyería, y se arrepintió de haber atestiguado contra ellos.
Eran las 16:25. Estaba terminando su comida. Imaginó lo que podría hacer si sobreviviera por milagro, y rió. Cuando terminó, se recostó en un sillón y puso la alarma. Continuó imaginando, viajando al pasado. Trataba de recordar lo bueno, su infancia, sus amigos... Su familia...
El aviso de muerte de la alarma sonó a las 16:29. Le quedaba un minuto de libertad, de vida, antes de que llegara el fin. Sonó el timbre, a eso de las 16:29:32, pero no se molestó en contestar. Si lo iban a matar, ¿qué les costaba ir a él?
Se acercó a la mini-ventana de la puerta trasera y miró el cielo. Se veía que las nubes desaparecían, poco a poco. Miró el cielo, y su mirada se desvió a un naranjo, en su jardín. Un pájaro se subió allí, y un gato lo siguió. Juntos, formaban una sombra siniestra.
Se oyó un ruido silencioso proveniente de ella, y se repitió. McGiff sintió como si le hubieran pinchado con una jeringa, una vez en el estómago y otra en el hombro. Dejó caer su arma, pasó la mano, y vio sangre. ¡Eran balas!
Otro despertador en su casa sonó, y le indicó gentilmente a su dueño que eran las 16:30... El timbre sonó nuevamente. Todo se volvió oscuro; la sombra gato-pájaro bajó del árbol, y se acercó al oficial con un cortaplumas en la mano.
-Carl pasó por esto... Fue tu culpa... –dijo una voz siniestra como su sombra, mientras sonaba el timbre nuevamente –Pagada será ésta... Te presento a mi cortaplumas, el que mató ya a tantos en su vida llena de justicia... Carl... Esta... Es... MI... ¡¡VENGANZA!!
La puerta se abrió con un ruido, y tres disparos sonaron. Todos acertaron al victimario, y este cayó al suelo. Soltó el arma, y no tuvo fuerzas. McGiff se levantó, con dolor, ayudado por Volvar. Sam no dejaba de ver a su compañero de cárcel ya vencido.
-Queda arrestado por asesinato y tortura... Y otros cargos. –gritó.
El victimario gimió, tratando de decir algo como “¿No me va a decir mis derechos?”.
-Lo siento, amigo. No soy policía. –dijo Sam, tomando la pistola de su viejo compañero, y descargándola.
Fue entonces cuando Conrad Thompson supo con quién hablaba. El detective, sin embargo, le dio la espalda, y llevó a su amigo fuera de la casa. Éste intentó levantarse, ayudado por él.
-Tranquilo, todo va a estar bien. Una ambulancia viene en camino.
Sam volteó para verlo. Ahora lo reconocía: era el mismo oficial que atestiguó contra el Grupo K. Otro disparo sonó, pero no le dio a ninguno de los presentes. El enviado del Don volteó y observó a Conrad Thompson con el arma del oficial, apuntando al detective. Pateó la pistola apenas la vio, pero no a tiempo para detener el segundo tiro. McGiff, en el acto heroico de salvar a su amigo, se metió entre él y la bala mortal.
Dio el proyectil en el corazón cuando cayó al suelo, y vio que Volvar le devolvía el fuego. Luego, sus ojos no vieron más. El victimario también recibió disparos mortales, que lo dejaron tendido sin un rastro de vida. Puede que el Grupo K haya perdido la batalla, pero consiguió una victoria mayor: obtuvo su venganza, y ganó la guerra.
-¡McGiff, no! –bramó Volvar.
-No llegué a tiempo de detenerlo. –dijo Sam –Lo siento.
En pocos minutos llegaron los refuerzos. El detective dejó el trabajo en manos del resto de la policía. La ambulancia arribó, y se llevó a los dos, víctima y victimario. Ambos fallecieron, y decretaron la hora de la defunción a las 16:30. Volvar pidió un poco de consideración: que la hora mortal de su amigo fuera a las 16:31, como muestra de que el Grupo no ganó esa batalla.
Pasó el día sin más novedades. A la mañana siguiente, el Don recibía el diario de siempre. Estaba hablando con Sam, diciéndole el buen trabajo que realizó.
-Fue un muy buen trabajo, Sam. Venite mañana. Tengo que recompensarte. –rió, y colgó el teléfono. Puso su atención en el diario y miró los titulares y copetes de las noticias que más le interesaron:
El Grupo K, ¿el líder?
El ya conocido grupo de asesinos seriales ya tiene un líder identificado, de nombre Conrad Thompson.
El fin del Terror
En el día de ayer, a las 16:31, terminó el reinado de terror de este grupo de asesinos.
El héroe
El oficial Marcos McGiff dio su vida por el detective que halló al culpable de los misteriosos asesinatos seriales. Mañana sus compañeros despiden su alma en el cementerio de JorkStyred.
Accidente en la carretera
Un irrespetuoso auto policial que viajaba a 140 km/h fue el causante de un accidente y estancamiento de tráfico en la calle más transitada de la ciudad. Todavía se busca al conductor, y se le tiene una gran multa preparada.
Agente abandona
El detective Alfredo Volvar, investigador de la policía renunció ayer, luego de su aventura con el Grupo K. Comentó a la prensa que prefería trabajar fuera de la policía, siendo su propio jefe.
Policía arrestado
Un oficial de policía que utilizaba un nombre falso fue arrestado por ser cómplice del Grupo K en sus asesinatos. Se le juzgará en una semana, y la sentencia será dura.
-Un muy buen trabajo, Sam. –dijo para sí el Don –Un muy buen trabajo...
Cerró el diario, y procedió a atender una llamada de un teléfono que sonaba. Era un amigo suyo:
-Antonio, –dijo la voz del otro lado –necesito ayuda.
-¿Qué tipo de ayuda, mi compañero?
-He decidido que podríamos trabajar juntos. No quiero tener un jefe: te pido que seamos socios en tu negocio.
-¿Así que optaste por entrar en mi mundo?
-No lo haría si no tuviera otra razón.
-Bien, te veo mañana, en el lugar. Allí hablaremos. De ahora en adelante, no quiero problemas con los calamares, ¿de acuerdo?
-Yo tampoco, de eso no hay duda. Te veré ahí.
-¿Me vas a decir qué te hizo cambiar de opinión, Alfredo?
-Amigo, tal vez un día, cuando conozcas mi mundo, lo sabrás. Hasta entonces, ¡buena suerte!
Y colgó...