Wednesday, January 21, 2009

El cantinero y el elixir

         El cantinero lava los vasos. Él sabe muy bien cuál es su deber. Sirve a la gente cada día. Siempre que uno se acerca y pide "¡Cantinero! ¡Deme un trago de whisky!", el hombre recibe lo que busca. Ése es su trabajo.
         -¡Me estás haciendo trampa!
         Ocurre el sonido de una mesa volteándose y cayendo al suelo, con los vasos que él sirvió a cuatro hombres hechos añicos, sin olvidar el martilleo de un revólver y la imagen de cartas flotando como hojas en el aire.
         -¡No soy ningún tonto! ¡No podés tener póker de cuatro ases! ¡Yo también lo tengo!
         La última carta toca el suelo. El reflejo de los pedazos de vidrio permite ver a algunos con la cabeza baja la cara del caballero enojado. Esos conflictos sólo traen problemas. Nunca es bueno para el negocio. El cantinero lo sabe, y está preparado para ponerle un fin a este tipo de situaciones.
         -Señor, ¡se calma o lo calmo!
         Una escopeta recortada, regalo de un siciliano, cargada y lista para la ejecución es claramente visible en las manos del dueño del bar. Tiene la mitad de largo de una escopeta normal, y logra más estragos. Es más imprecisa y mata a más de los que debe, pero todos comprenden rápidamente el mensaje, en especial el involucrado. Él guarda su arma, y levanta la mesa del suelo.
         -Largáte de mi bar, y no te atrevas a volver con ese humor.
         El hombre se acerca a donde está el cantinero y tira al aire un par de monedas de oro. Una de ellas cae en un vaso sin mucho hacer ruido.
         -Siento los problemas, Bernardo.
         Acto seguido, sale del bar.

         El cantinero se prepara una bebida. Mezcla varias cosas y se sirve en un vaso el resultado. El resto lo guarda abajo del mostrador. Él sabe que le va a servir. Es la bebida especial del bar, la que la mayoría busca. Tiene un sabor muy peculiar, pero lo que más atrae a la gente es la sensación que genera. Muchos creen que es el elixir de la vida, y muchos más intentan día a día descubrir su receta. A eso vine yo. Estoy acá para encontrar la respuesta a muchas dudas, para saciar la curiosidad humana.
         -Cantinero, ¡un elixir!
         Ante el pedido, el dueño del bar busca un vaso y lo llena con la mezcla que acaba de realizar. Luego de eso, lo lanza por el mostrador hasta donde está el nuevo cliente: un lanzamiento perfecto.
         Se abren las puertas del lugar, y entra un hombre bien vestido. Se acerca al mostrador, saluda al cantinero y entra por una puerta atrás de él. Luego de un par de minutos vuelve a aparecer a la vista de todos. Se acerca a un rincón al lado de un mueble negro. Usa una llave para abrir un cajón y comienza a tocar el mueble, que casi nadie tarda en descubrir que es en realidad un piano.
         Hace cinco días que observo el bar, el mostrador, el cantinero y, en especial, las botellas que utiliza para hacer su famoso elixir. Pero hasta el momento no descubro ninguna pista. Trato de ser lo más cerrado posible, lo menos importante, el más callado, el que menos llama la atención.

         El cantinero mira fijamente una ventana de su bar. Por algún extraño motivo, sale del mostrador y se acerca a la puerta. Esta tan bien vestido como el pianista. Tiene un pantalón negro y una especie de traje de cocinero blanco impecable y lleno de detalles lujosos. Hace recordar a los vestidos que usa la Guardia Real de alguna monarquía. Abre la puerta de un golpe como si sus cincuenta años fueran los de un joven de veinte, como si la edad no le pesara tanto como lo haría.
         -¡Francisco! ¡Delia! ¡Bienvenidos! Acérquense, sientense en esta mesa para tres.
         -¡Qué te dije, Delia! Si se habla en el pueblo de buena hospitalidad, es porque Bernardo tiene abierto su bar.  Ja ja ja -ríe Francisco, el nuevo Sheriff del pueblo, sentándose. -Vuelvo de una intensa persecución cerca del desierto, pienso en pasar por acá y me encuentro con la señorita en el camino.
         -¡Una mera casualidad! Agradecida por el paseo, Francisco. -sonríe ella, tomando asiento.
         -Hay mucho para hablar, estoy seguro. -Dice el cantinero, sirviendo dos vasos de su bebida especial, para luego acercarse y dejarles el suyo a cada uno, agarrar el propio, que no tomó desde que se sirvió, y sentarse -Acá tenés, Francisco, o debería decir Sheriff García, para que no decaiga ese sentimiento de cumplir con el deber. Delia, para que esa belleza juvenil no se borre de tu sonrisa. Y a mi, ¡para que no me muera siendo tan joven! Ja ja. ¡Brindo a su salud, amigos!
         -Bernardo tenés una moneda en tu vaso. -le comenta la señorita.
         -Tenés razón, Delia, gracias. -responde él, sacando la moneda con la mano, y dejándola en la mesa. Contempla su vaso un momento, y luego bebe.
         Miro mi bebida, la que todavía no probé. Viéndose como el agua clara de las montañas, el elixir fácilmente puede confundirse con ésta, aunque tiene un olor peculiar que lo diferencia. Manzana creo, o naranja, no estoy seguro, pero es de alguna fruta seguramente. Para muchos, yo incluído, lo importante no es el olor en sí, sino lo que éste causa en la gente. Cuando uno huele el elixir, si cierra los ojos, puede ver un sueño, puede lograr concentrarse en él y puede llegar a descubrir la manera de hacerlo realidad. Pero el verdadero poder del brabaje está en beberlo.
         Vuelvo a mirar el vaso, y observo de reojo a los tres brindando. Decido que es momento de probarlo de una vez por todas.

         El cantinero sabe quién soy, sabe a qué vengo, puede sentirse claramente. Está en su mirada y en su forma de mover los ojos, en las palabras que pronuncia y las que piensa y no dice, en el simple y confiado movimiento de dejar la bebida en la mesa, en su manera de caminar. Todo habla mucho de él. Intento concentrarme en el sueño. Necesito ayuda, sólo tengo que encontrar la solución. Puedo oler el elixir, puedo pensar en ese sueño, puedo concentrarme en él. ¡Pero no veo la respuesta! Contestame, respondeme, ¡exclamame, gritame!.. Decime, ¿qué hace el elixir? ¿Cómo se prepara?
         Tomo un trago... Siento frío. Largo el aire por la boca. Sale una especie de vapor. Para hallar la receta tengo que hacerme amigo del tal Bernardo, pero no puedo acercarme así como así, no sería prudente, ¿qué puedo llegar decir?
         Tomo otro trago... Es invierno para mi otra vez. Suelto el aire en mi interior. Otra vez vapor. Voy a acercarme a la mesa. Conozco al Sheriff, él puede ayudarme pero, ¿cómo se lo puedo pedir?
         Tomo un tercer trago... ¡Está helado! Comienzo a toser. Me recuerdo a una locomotora largando aire. El Sheriff puede presentarme al cantinero, eso no debe ser un problema. Eso sí, tengo que hacerme amigo del tal Bernardo, sólo así puedo... Vuelvo a toser. Sólo así puedo...

         Ocurre un sonido sordo, como de un cuerpo cayéndose al suelo de madera. Lo escucho, todos lo escuchan. Diversas voces repiten las mismas palabras: "¿Qué pasó? ¿Está bien? ¡Sabía que iba a llegar el día! No se ve bien. ¿Quién sería capaz?".

         El cantinero yace en el suelo de su bar.
         -¡Su corazón ya no late!
         Ante aquella frase, Delia ahoga un grito y Francisco anota los nombres de todos los presentes en una lista.
         -¡Él sostiene un vaso!
         -¿Es eso un elixir?
         -No, un elixir tiene el color del agua de la montaña. Éste tiene un tono marrón.
         -Veneno.
         -¡Envenenado!
         -¿Por quién?
         -No es veneno, ¡es óxido! -digo yo.
         -¿Óxido?
         -Probablemente salió al mezclar la moneda con el líquido. -señala el Sheriff.
         -¿Ahora qué?
         -¡No hay más elixir!
         -¿Que será del mundo ahora?
         Delia llora, y susurra:
         -Pobre Bernardo...

         El cantinero se lleva a su tumba su ansiado secreto. Él tenía la receta del único brebaje capaz de hacer sentir bien a la gente. No te llena el estómago, sino que te otorga la motivación y la confianza para hacer lo que sea. El elixir, el agua para el alma, seguirá siendo un misterio que la gente tratará de develar. Ahora que lo pienso, lo que hacía este brebaje, lo puedo hacer yo. Sólo tengo tener motivación, fe y confianza, la movitación para correr tras un sueño, la fe para creer que puede lograrse, y la confianza para hacerlo realidad.

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