Sunday, October 28, 2012

Tragedy


Se conocieron en el parque, ella estaba sentada leyendo y él con su cámara sacando fotos al paisaje, hasta que la vio. Se acercó y tomó un par de ella, que sonrío tímidamente. “¿Qué estás haciendo?”, preguntó ella. “Estoy contemplando la belleza del lugar”, le contestó él, sacándole otra foto. Ella sonrió, dejó el libro y se pusieron a hablar.

Con el correr de los días se fueron conociendo más. El chico sentía que había algo único en su nueva amiga. Pasearon por muchos lugares. Ella siempre con una historia para contar, él siempre con su cámara, decidido a no perder en ningún momento una captura artística, tanto del paisaje como de la chica. Ambos se reían. La conversación parecía ser inagotable, nunca con pausas incómodas.

Todo era natural, y también lo fue el sentimiento que nació ese día en el parque, y que fue creciendo con cada encuentro. El tiempo no se hizo esperar y pronto empezaron a tomarse de la mano, a caminar mirándose los ojos. Para ella, él era impredecible, irresistible, único; cualquier combinación de palabras que se le ocurría apenas raspaba la superficie de lo que realmente era. Para él, por más que sacara miles de fotos, ninguna podría capturar la esencia de ella, pero allí estaba, mirando en lo profundo de sus ojos claros, y no había otro lugar donde quisiera estar.

Y así, terminaron juntos. Sus amigos los felicitaban, algunos decían que tenían personalidades muy similares, y que por eso se llevaban tan bien. Otros todo lo contrario, que justamente eran el uno para el otro porque se complementaban. No hay que dar razones para amar y no es necesario explicar por qué ocurre. Ambos estaban felices, y no podían imaginar que no lo serían en el futuro.

El chico pasó varios de sus días planeando la cita ideal. Todo iba a ser una sorpresa. Visitarían el parque, donde le diría a ella que busque debajo del asiento. Encontraría las fotos que le sacó aquella primera vez, con palabras escritas en el dorso. Luego irían a varios de los lugares que visitaron, donde las fotos estarían escondidas en un objeto especial de cada visita. Cada palabra era parte de un acertijo, que describía un objeto final, que ella tenía que descifrar. Por último, la llevaría a un lugar nuevo, donde no habría fotos escondidas, sino un anillo. El chico había decidido que ella era todo lo que quería en la vida.

Ambos ocupados con las rutinas diarias, fijaron una fecha para salir, que él decidió que iba a ser el día ideal. Esa mañana, ella llegó a la casa de él con malas noticias: algo había surgido y tenía que irse ese mismo día del país, y no sabía cuándo volvería, si lo hacía. Él se quedó pensando en que toda su vida estaba rompiéndose en pedazos el mismo día que planeaba empezarla. Le preguntó por qué se iba, por qué justo ese día; le rogó que se quedara, o que al menos pudieran concretar su cita, pero ella no respondía ninguna pregunta y nada la hizo cambiar de parecer. Ella quería quedarse y pasar una última mañana juntos, pero él lo rechazó. Enojado y triste le gritó que se fuera, que no volviera, que todo era una mentira para romper su relación sin decirle la verdad.

Más tarde decidió juntar las fotos y todo lo que había preparado. En el parque había una multitud de gente. Pensó que había un espectáculo, y que no le vendría mal entretenerse con algo. Allí estaba ella, pálida y acostada en el suelo, sus ojos mirando al cielo. Su esencia sanguínea manando de una herida de cuchillo en su cuerpo. En ese momento se sintió tan vivo como ella. Para el chico, la única diferencia entre ambos en ese sentido era que al menos él podía respirar, pensar, sentir. Por dentro, estaba tan negro como su pelo, tan muerto como su cuerpo, tan vacío como sus ojos.

Se había ido, como había avisado, aunque no como lo había esperado. ¿Se habría sentido mejor si ella estuviera viva, en otro lado, con otra persona? No lo sabía. Su garganta estaba seca, sus ojos irritados. Su cabeza le dolía. Pensó en lo último que le dijo, en lo enojado que estuvo con ella, en lo poco que importaba ahora. Una última mañana juntos, había cambiado eso por su muerte. Si no le hubiera dicho que se fuera, ella estaría viva. Nunca encontraron al culpable del crimen, aunque él pensaba que tenía la culpa, que era como si hubiese sido su propia mano la que hizo la herida mortal. Lloró por varios días. Rezó incluso, pidiendo una oportunidad de redimirse, de retractarse, de decirle lo que mucho que lamenta lo último que se dijeron. “No puedo vivir sin vos, ya no sé cómo”.

Pero nada funcionaba, nada lo hacía sentirse mejor. Decidió probar con esos juegos que se comunican con los espíritus. Encendió tres velas, dibujó pentagramas, depositó las fotos en el centro de varios, el anillo en la figura más grande, rodeó con sal su habitación, cerró las puertas y ventanas. Apagó las luces y pidió a los espíritus por hablar con su amada. Sonó el aullido del viento y se apagó una vela, lo cual era extraño pues no había forma de que soplara dentro. Pidió hablar con su amada y un temblor en apagó otra vela. Exigió hablar con ella.

Esta vez no pasó nada. Se levantó, frustrado y de casualidad observó algo extraño en un espejo. Se acercó. Allí estaba, ella, su amada, la chica que siempre sonreía, la que tenía una historia para contar encada lugar, la que una foto no podía capturar. Ahora en un espejo, con los ojos cubiertos por el pelo, la cara pálida, las lágrimas secas. Le dijo cuánto lo sentía. Cuánto lamentaba todo. Ella no se movió, pero rió. No era su risa. Tal vez los muertos reían distinto.

Sintió una puñalada y se arrodilló. La sangre empezó a manar de la herida sin interrupción. La tercera vela se apagó. Tardó un momento en acostumbrarse a la oscuridad. Cuando lo hizo, notó que no había nadie más en el espejo. Un viento terrible rompió las ventanas, como si algo quisiera escaparse, luego las velas se volvieron a prender y se cayeron, encendiendo la habitación. Parpadeó y allí estaba otra vez. Sangrante, roja, muerta, como él. Y lo estaba esperando, del otro lado. La casa se incendió, borrando todo rastro del ritual, de su historia. Las fotos se incineraron y el anillo permaneció en el centro. La chica se lo había llevado al otro mundo. Ya no tenía que vivir sin ella. Ahora sí estarían juntos.

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