Se conocieron en el parque, ella
estaba sentada leyendo y él con su cámara sacando fotos al paisaje, hasta que
la vio. Se acercó y tomó un par de ella, que sonrío tímidamente. “¿Qué estás
haciendo?”, preguntó ella. “Estoy contemplando la belleza del lugar”, le contestó
él, sacándole otra foto. Ella sonrió, dejó el libro y se pusieron a hablar.
Con el correr de los días se
fueron conociendo más. El chico sentía que había algo único en su nueva amiga.
Pasearon por muchos lugares. Ella siempre con una historia para contar, él
siempre con su cámara, decidido a no perder en ningún momento una captura
artística, tanto del paisaje como de la chica. Ambos se reían. La conversación parecía
ser inagotable, nunca con pausas incómodas.
Todo era natural, y también lo
fue el sentimiento que nació ese día en el parque, y que fue creciendo con cada
encuentro. El tiempo no se hizo esperar y pronto empezaron a tomarse de la
mano, a caminar mirándose los ojos. Para ella, él era impredecible,
irresistible, único; cualquier combinación de palabras que se le ocurría apenas
raspaba la superficie de lo que realmente era. Para él, por más que sacara
miles de fotos, ninguna podría capturar la esencia de ella, pero allí estaba,
mirando en lo profundo de sus ojos claros, y no había otro lugar donde quisiera
estar.
Y así, terminaron juntos. Sus
amigos los felicitaban, algunos decían que tenían personalidades muy similares,
y que por eso se llevaban tan bien. Otros todo lo contrario, que justamente
eran el uno para el otro porque se complementaban. No hay que dar razones para
amar y no es necesario explicar por qué ocurre. Ambos estaban felices, y no
podían imaginar que no lo serían en el futuro.
El chico pasó varios de sus días
planeando la cita ideal. Todo iba a ser una sorpresa. Visitarían el parque,
donde le diría a ella que busque debajo del asiento. Encontraría las fotos que
le sacó aquella primera vez, con palabras escritas en el dorso. Luego irían a varios
de los lugares que visitaron, donde las fotos estarían escondidas en un objeto
especial de cada visita. Cada palabra era parte de un acertijo, que describía
un objeto final, que ella tenía que descifrar. Por último, la llevaría a un
lugar nuevo, donde no habría fotos escondidas, sino un anillo. El chico había
decidido que ella era todo lo que quería en la vida.
Ambos ocupados con las rutinas
diarias, fijaron una fecha para salir, que él decidió que iba a ser el día
ideal. Esa mañana, ella llegó a la casa de él con malas noticias: algo había
surgido y tenía que irse ese mismo día del país, y no sabía cuándo volvería, si
lo hacía. Él se quedó pensando en que toda su vida estaba rompiéndose en
pedazos el mismo día que planeaba empezarla. Le preguntó por qué se iba, por
qué justo ese día; le rogó que se quedara, o que al menos pudieran concretar su
cita, pero ella no respondía ninguna pregunta y nada la hizo cambiar de
parecer. Ella quería quedarse y pasar una última mañana juntos, pero él lo
rechazó. Enojado y triste le gritó que se fuera, que no volviera, que todo era
una mentira para romper su relación sin decirle la verdad.
Más tarde decidió juntar las
fotos y todo lo que había preparado. En el parque había una multitud de gente.
Pensó que había un espectáculo, y que no le vendría mal entretenerse con algo. Allí
estaba ella, pálida y acostada en el suelo, sus ojos mirando al cielo. Su
esencia sanguínea manando de una herida de cuchillo en su cuerpo. En ese
momento se sintió tan vivo como ella. Para el chico, la única diferencia entre
ambos en ese sentido era que al menos él podía respirar, pensar, sentir. Por
dentro, estaba tan negro como su pelo, tan muerto como su cuerpo, tan vacío
como sus ojos.
Se había ido, como había
avisado, aunque no como lo había esperado. ¿Se habría sentido mejor si ella
estuviera viva, en otro lado, con otra persona? No lo sabía. Su garganta estaba
seca, sus ojos irritados. Su cabeza le dolía. Pensó en lo último que le dijo,
en lo enojado que estuvo con ella, en lo poco que importaba ahora. Una última
mañana juntos, había cambiado eso por su muerte. Si no le hubiera dicho que se
fuera, ella estaría viva. Nunca encontraron al culpable del crimen, aunque él pensaba
que tenía la culpa, que era como si hubiese sido su propia mano la que hizo la
herida mortal. Lloró por varios días. Rezó incluso, pidiendo una oportunidad de
redimirse, de retractarse, de decirle lo que mucho que lamenta lo último que se
dijeron. “No puedo vivir sin vos, ya no sé cómo”.
Pero nada funcionaba, nada lo
hacía sentirse mejor. Decidió probar con esos juegos que se comunican con los
espíritus. Encendió tres velas, dibujó pentagramas, depositó las fotos en el
centro de varios, el anillo en la figura más grande, rodeó con sal su
habitación, cerró las puertas y ventanas. Apagó las luces y pidió a los
espíritus por hablar con su amada. Sonó el aullido del viento y se apagó una
vela, lo cual era extraño pues no había forma de que soplara dentro. Pidió
hablar con su amada y un temblor en apagó otra vela. Exigió hablar con ella.
Esta vez no pasó nada. Se
levantó, frustrado y de casualidad observó algo extraño en un espejo. Se acercó.
Allí estaba, ella, su amada, la chica que siempre sonreía, la que tenía una
historia para contar encada lugar, la que una foto no podía capturar. Ahora en
un espejo, con los ojos cubiertos por el pelo, la cara pálida, las lágrimas
secas. Le dijo cuánto lo sentía. Cuánto lamentaba todo. Ella no se movió, pero
rió. No era su risa. Tal vez los muertos reían distinto.
Sintió una puñalada y se
arrodilló. La sangre empezó a manar de la herida sin interrupción. La tercera
vela se apagó. Tardó un momento en acostumbrarse a la oscuridad. Cuando lo
hizo, notó que no había nadie más en el espejo. Un viento terrible rompió las
ventanas, como si algo quisiera escaparse, luego las velas se volvieron a
prender y se cayeron, encendiendo la habitación. Parpadeó y allí estaba otra
vez. Sangrante, roja, muerta, como él. Y lo estaba esperando, del otro lado. La
casa se incendió, borrando todo rastro del ritual, de su historia. Las fotos se
incineraron y el anillo permaneció en el centro. La chica se lo había llevado
al otro mundo. Ya no tenía que vivir sin ella. Ahora sí estarían juntos.
No comments:
Post a Comment