Abrió sus ojos. ¿Rejas? Algo estaba en movimiento. Caballos. El cielo azul, despejado. La luz del sol, que cierra sus ojos por reflejo. Sus manos atadas atras de su espalda y una vaga pregunta que apenas llega a formular.
-¿Dónde estoy?
-Ya era hora que despertaras. Vamos camino a la capital del Imperio, Dotdro.
-Dotdro...
Las imágenes ocurrieron como flashes. Una ráfaga blanca, una figura a contraluz que estaba siendo absorbida. Un grito atroz, luego nada. Una única palabra resuena, fuerte como el viento de las montañas, clara como el agua de los arroyos:
-¡Monstruo!
-¿Por qué a Dotdro? -dijo, tratando de levantarse y observando con mayor atención la escena.
Estaban yendo por un camino liso, bastante despejado. Podría decirse que están en pleno campo abierto.
-Siendo uno de los testigos de la masacre, te presentarás ante un tribunal y declararás tu versión de la historia
-¿Tribunal? ¿Masacre? ¿Qué está pasando?
-Lo último que recuerdo es estar en la granja de mi familia -dijo, haciendo un esfuerzo por traer las imágenes a su mente -. Estábamos preparando la cosecha cuando...
La figura de un jinete negro se le cruzó por la cabeza, fuera de foco. Con un grito grave que sacude la tierra, toma carrera y avanza veloz. Algo atrás lo golpea... Trata de recordar, pero no ve nada más
-Ese jinete apareció.
-Un jinete, sí. Cosas raras están pasando en Trider. Uno ya no puede cabalgar tranquilo. Muchos ataques, muchas granjas destruidas, cosechas incendiadas. El país está sufriendo mucho.
-¿Qué sabés del jinete?
-Cabalga solo, ataca solo. No deja testigos ni rastros para seguirlo.
-¿Cómo entro yo en todo esto?
-Fuiste el único que el jinete dejó vivir.
-¿El único? -murmuró para sí, manteniéndose en silencio unos segundos
La tierra empezó a ensombrecerse. Parecía que se estaba nublando. El sonido de las patas de los caballos golpeando el suelo se le hacía cada vez más sordo... Más lejano, más irreal. Se sacó un collar que tenía escondido, aquel que le había regalado su hermano, y lo sostuvo con la mano en forma de puño. Hacía mucho tiempo que no lo veía, y parecía que no lo volvería a hacer. Deseó tener esa oportunidad, de verlo una vez más.
Pasaron varios minutos, el collar en la mano, los caballos moviendo la diligencia, el sonido cortante de los latigazos. Se le caían los párpados, escuchaba menos, la sensibilidad desaparecía, el cuerpo se le estaba durmiendo. Se acostó como pudo y miró al cielo. El sol estaba negro, como en uno de esos eclipses que según la creencia popular no traen buenas noticias.
Miro lo más atentamente que podía. Mientras, la figura negra en forma de sol se fue agrandando cada vez más... Ya no podía distinguir entre realidad y fantasía. Los ojos se le cerraron. Hubo un grito, la diligencia empezo a ir más rápido, los latigazos se hacían más frecuentes y graves. Una voz inentendible gritaba cosas. Tomó fuerzas y abrió los ojos. El sol negro estaba sobre ellos. Se dividió en dos, dejando un hueco en el medio donde vio una enorme nube que parecía cubrir el cielo. Antes de dormirse, divisó en una parte de ella la cara de su hermano.
El sol ya se ponía en el horizonte. El pasto de verde amarillento estaba cambiando a un verde más oscuro. Dos jinetes aparecieron en una colina y bajaron. Un caballo negro llevaba a un hombre pelirrojo vestido de cuero. Una persona madura de pelo castaño tirando a blanco montaba al caballo blanco, vistiendo lo que parecía ser una túnica roja. Continuaron el avance, a paso rápido, tratando de ganarle a la noche. No se cruzaban palabras entre ellos. El hombre de cuero no apartaba la mirada de su objetivo. El jinete de la túnica roja permanecía con los ojos cerrados, confiado como si él fuese el caballo y viera lo que él ve. Llegaron a campo abierto y los caballos se detuvieron.
A algunos cientos de metros, pero visible a la distancia, una diligencia -que parecía haber llevado prisioneros por la jaula que tenía- yacía volcada. Al parecer, los presidiarios habían hallado la forma de escaparse y usar los caballos para huir lo más pronto posible.
-Vayamos con cuidado -dijo el de la túnica, abriendo los ojos-. Puede ser una trampa.
Avanzaron a paso lento, lo más alerta posible, esperando una emboscada o algo. Pero no pasó nada. Bajaron de los caballos y se acercaron al hombre que yacía en el suelo. El de la túnica lo tocó, cerró los ojos y murmuró algunas palabras. Poco despues, el encargado de la diligencia parpadeó varias veces hasta recuperar el conocimento, pero gritando de dolor.
-Estate calmo. No hay problema, no somos bandidos. Venimos a ayudarte -dijo el de cuero.
-¿Quien hizo esto? ¿Dónde están los prisioneros? -preguntó el de la túnica.
-Creo que lo primordial sería que se mejore antes de interrogarlo, Manrok -le comentó el jinete del caballo negro a su compañero.
-No le queda mucho tiempo de vida. No hay forma de que pueda salvarlo. Lo mejor que podemos hacer es averiguar cuanto podamos antes de que sea muy tarde.
-¿Tu magia no lo puede curar?
-¿Te parece que no lo intenté? Tiene una herida de magia negra, mortal. Lo único que pude hacer es despertarlo. Tenemos que saber qué ocurrió, quién lo hizo y por qué.
El encargado tosió varias veces y logró proferir una palabra que les puso la cara pálida a los dos:
-Senfarii.
-¿Senfarii? -dijo el de cuero.
-Algo anda mal... -dijo Manrok- Los Senfarii no salen de día, no soportan la luz del sol, si son los mismos que conozco, las sombras voladoras que se crían en Crollem. ¿Por que vendrían a este lugar?
-Se... llevaron... al... pri... sionero...
-¿Por qué harían eso? -murmuró para sí el pelirrojo.
-Mi... diario... -dijo y con tanto dolor que profirió un grito, levantó la mano y señaló una mochila.
-Anthony.
El pelirrojo se acercó a la mochila y buscó algún libro. Lo tomó y se lo entregó al herido.
-No... Usenlo... -murmuró con la fuerza que le quedaba e hizo una pausa: Dejenme... Descansar...
Los jinetes se miraron entre sí. El herido cerró los ojos y dejó de hablar. Anthony empezó a vagar por el lugar, buscando alguna señal o pista de algo. Mientras, Manrok levantó las manos y las movió por el aire, con los ojos cerrados y murmurando palabras sin sentido para su compañero. El corazón del moribundo dejó de latir, y el mago lo supo. Una pequeña briza se hizo sentir. Lo tomaron como una señal de que finalmente había partido.
Esperaron algunos minutos, en los que oraron por el alma que acababa de abandonar su cuerpo. Luego de las oraciones, Manrok reanudó su juego de manos y palabras en el aire y Anthony, con los ojos abiertos y mirando a aquel que había aceptado su destino, recitó el lema de los caballeros de la orden a la que pertenecía, mientras el cuerpo levitaba y comenzaba a arder en llamas:
-Muere con honor, y vivirás con orgullo.
Acamparon ahí. La fogata emitía un calor hogareño que los hacía sentir como en casa. Esa noche comieron un animal que cazaron hacía unos días. Manrok estaba entretenido en la lectura del diario y Anthony pensaba sobre su encuentro con aquel hombre. Cuando el mago terminó de leer inició la discusión:
-Debemos informar a Trider de este accidente. Tengo el presentimiento de que este ataque no es mera coincidencia. Los Senfarii no toman prisioneros.
-Hablando de coincidencias: encontré este colgante en la jaula, mientras buscaba pistas. -dijo Anthony y se lo entregó.
-Qué extraño... Me resulta conocido.
-¿Enserio?
-Tiene la escencia de un amigo mio en Trider. Creo que él puede ayudarnos a averiguar más. Este es un misterio que, espero, podamos resolver. ¿No había nada más?
-Nada que me pareciera importante.
-Por la mañana revisaremos bien. Tendremos que acelerar el paso, pero con suerte llegaremos a la capital por la tarde. Nimbsho, Fhntop y Senkar estarán esperando y, si tenemos tiempo, hasta podrás tener un curso rápido y desarrollar un poco tus habilidades mágicas.
-Toda ayuda es bienvenida.
Siguieron hablando de lo que harían allí, mientras Anthony notaba en el cielo una luna llena y un cielo plagado de estrellas mucho más brillantes que las que jamás había visto, en la ventana de su casa, en la capital del imperio. Allí, en un país al que llamaban Trider, la Tierra de la magia.
Wednesday, November 12, 2008
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